miércoles, 14 de marzo de 2018

Limpios del pecado


1 Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente.
2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.
Mateo 8:1-3


E
n el libro de la ley, Levítico, están dadas todas las instrucciones “y las leyes para guiar a un pecaminoso y aun así redimido pueblo en su relación con un Dios santo. Hay un énfasis en Levítico sobre la necesidad de una santidad personal en respuesta a la santidad de Dios. El pecado debe ser expiado a través de la ofrenda de sacrificios adecuados (capítulos 8-10). Otros temas cubiertos en el libro, son las dietas (alimentos puros e impuros), los partos, y enfermedades, que son cuidadosamente reguladas (capítulos 11-15). El capítulo 16 describe el Día de la Expiación cuando se ofrecía un sacrificio anual por el pecado acumulado del pueblo. Además, el pueblo de Dios debía ser sobrio en su vida personal, moral, y social, en contraste con las entonces acostumbradas prácticas de los paganos a su alrededor (capítulos 17-22).” (Tomado de la web gotquestions.org, sobre el Libro de Levítico).

El capítulo 13 del libro de Levítico, trata acerca de la lepra, de su reconocimiento, separación del leproso del pueblo (campamento) y eventual reincorporación tras la sanidad de esta enfermedad que, en algunos casos, muchos, no llegó a darse. En el versículo 45 se dice que “el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados [hoy esto es moda en nuestros jóvenes, ¿verdad?] y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo!”; y éste fue el drama del leproso que se acercó al Señor Jesús. Por norma y, después, por costumbre, ellos se acercaban al pueblo –comúnmente- por alimentos; y, conforme a la ley, las gentes estaban igualmente instruidas a ser compasivos con el leproso, llevándoles alimentos; pero, por el temor a la contaminación, estos eran llevados hasta cierta distancia y, cuando eran dejados para ser recogidos por el leproso, éstos debían acercarse y, desde una distancia no menor a los 50 metros, empezaban a gritar voz en cuello “¡Inmundo! ¡Inmundo!”. Era un drama tan triste y miserable porque, en la mayoría de los casos, los leprosos recibían un trato hasta despectivo por parte de los demás y, aunque eran instruidos a ser compasivos con el leproso para apoyarlos llevándoles alimentos, la mayoría de las veces esto no lo hacían por compasión, lo que implica amor pero, y como lo dice el apóstol en Romanos 9:32, “no por fe, sino como por obras de la ley”. Sin embargo, y porque estas personas conocían la manera en que Dios acostumbraba a visitarlos, a través de profetas; tan pronto este leproso supo u oyó, seguramente, que un profeta de Dios se había levantado en Israel, él no dudó en aprovechar de esta oportunidad para acercarse al profeta, al enviado de Dios y que, si una vez Él sanó a un leproso, a Naamán el sirio (2 Reyes 5), él estaba seguro que Él lo haría ahora a través de este profeta, el Señor Jesús.

En el libro de los Hechos, capítulo 10 y versículos 37 y 38, leemos lo siguiente:

37 Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan:
38 cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Y éste pensamiento estaba en el corazón de este leproso, por lo que se animó, aun cuando sabía que podía recibir el rechazo de las gentes, para acercarse al profeta, al Hombre de Dios para, como en días de Eliseo,  ser limpio de su lepra.

La lepra siempre representó el pecado, toda forma de pecado (la mentira, la fornicación, hoy muy común entre jóvenes, el adulterio, el homosexualismo, el robo y el crimen, entre otros). El Apóstol Pablo nos declara la triste y miserable realidad de que todos somos pecadores y que, por lo mismo, estamos destituidos o desprovistos de la gloria o apariencia de Dios (Romanos 3:23), que no nos parecemos a Él. En realidad, el Hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios y, por lo mismo, éste no solo era igual a Dios, en naturaleza, y capaz de manifestar los atributos habidos en Dios pero que, por lo mismo, él podía disfrutar de una comunión inalterada o estable en la presencia del Dios santo, siempre santo. Pero, tras el pecado en el Huerto de Edén, el hombre quedó dañado y, por esta condición, quedó afectado en esa gloria con que fue creado, para ahora ver afectada esa imagen y semejanza que tuvo en el principio. El apóstol, en Romanos 3:10-18, hace un diagnóstico de la condición de todo hombre y mujer:

10 Como está escrito:
No hay justo, ni aun uno;
11 No hay quien entienda,
No hay quien busque a Dios.
12 Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.
13 Sepulcro abierto es su garganta;
Con su lengua engañan.
Veneno de áspides hay debajo de sus labios;
14 Su boca está llena de maldición y de amargura.
15 Sus pies se apresuran para derramar sangre;
16 Quebranto y desventura hay en sus caminos;
17 Y no conocieron camino de paz.
18 No hay temor de Dios delante de sus ojos.

Lo que el apóstol nos está diciendo es que somos tal como el leproso de la cita y que, como tales, estamos condenados a una vida por debajo del estándar de un hijo o hija de Dios, subvaluados, para recibir el desprecio u oprobio de los demás y, lo que es peor, estar separados de la gloria de la presencia de Dios. El apóstol nos dice que el propósito de la ley fue darnos conocimiento de lo que es pecado en los ojos de Dios (Romanos 3:20) y que, si este conocimiento provoca en nosotros el necesario arrepentimiento, que esa es la única forma para empezar a restablecer una comunión con Dios afectada, antes, por el pecado.

¿Qué es pecado? Una de las definiciones para pecado es “fallar el blanco”; esto es que, por más voluntad que tengamos en querer acertar para con Dios, siempre vamos a fallar. El Apóstol Pablo, en Romanos 7:7-25, nos explica cómo es que el pecado, que habita en nuestros miembros (cuerpo), nos mueve a hacer siempre lo malo, a fallar; así, cuando por allí alguien dice que no peca, sino que comete simples errores o fallas, pues eso es pecado, y así lo debemos reconocer. Un ejemplo de pecado o fallar al blanco lo vemos en Caín:

Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; PERO NO MIRÓ CON AGRADO A CAÍN Y A LA OFRENDA SUYA. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante.
Génesis 4:3-5

¿Ve usted cómo Caín, igual a su hermano Abel, procedió a adorar a Dios? Sin duda alguna, él quiso agradar a Dios pero, aun cuando tuvo esa intención, él pecó o falló en su adoración (la adoración siempre implica un sacrificio, un sacrificio vivo en palabras del apóstol, Romanos 12:1-2). Así, no importa si hacemos todo cuanto queramos o sintamos para agradar a Dios porque, si todo cuanto hacemos no es conforme a Sus instrucciones, Su consejo, Su Palabra, nuestro esfuerzo será en vano, y nuestra ofrenda o sacrificio repugnante a las narices de un Dios santo. El libro de Levítico nos explica en tipos lo exquisito que era Dios en Su demanda para con el sacerdocio, y hoy, ya en el Nuevo Testamento, el Testamento Eterno (por consiguiente, no puede haber otro Evangelio), Él mantiene esa misma demanda, y aún mayor. El Señor Jesús dijo en el Sermón del Monte: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que CUALQUIERA QUE MIRA A UNA MUJER PARA CODICIARLA, YA ADULTERÓ CON ELLA EN SU CORAZÓN.” (Mateo 5:27-28); y lo mismo es con relación a toda forma de pecado. ¿Por qué? Porque ahora Él está tratando con el hombre y la mujer para moverlos a limpiarse de toda impureza desde el corazón mismo, no en apariencia, pero desde el ser interior, porque allí es donde Dios quiera habitar, en el corazón de todo hombre y mujer.

Por ello mismo, cada vez que escuchamos una meditación de la Palabra de Dios, debemos tener el cuidado de no decir que eso es Palabra de Dios, sino una meditación de la Palabra y que, como tal, debe estar sujeta a juicio. Hoy se predica perversión desde el púlpito y, por ello mismo, el pueblo continúa manteniendo la miserable condición de leproso, sin saberlo; porque le cree al predicador, y no lee su Biblia. Hoy estamos en tiempos harto peligrosos, los tiempos postreros o finales, y cuando todos los demonios parecen orquestadamente para destruir al que es imagen y semejanza de Dios, al hombre (mujer), y lo que es más, intentando destruir a aquellos que nos avenimos a Dios en busca de gracia y misericordia, para vivir vidas dignas y a la altura de la gloria de Dios, semejantes a Él y, para este malévolo propósito, satanás usa a ministros perversos que no tienen temor de Dios para medrar la Palabra de Dios y, de esta manera, quitar del pueblo la única forma para conocer el carácter de Dios, y a Jesucristo, la imagen de este Dios invisible, en Quién están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento (Colosenses 2:3).

Sin embargo, y todo este miserable drama del hombre y la mujer de hoy, hay buenas noticias, hay un Evangelio (la palabra Evangelio significa buenas noticias), y es que, así como hace 2000 años el Señor Jesús limpió a este leproso, y lo restauró para una vida digna y útil entre los demás, entre los santos; siendo que Jesucristo es el mismo de ayer, hoy y siempre (Hebreos 13:8); Él hoy puede limpiarnos de TODOS nuestros pecados, por virtud o poder de Su bendita obra en la cruz, en tanto allí Él murió por todos nosotros. Ésta es la buena noticia que debemos recibir y que, si bien lo hacemos, si recibimos el mensaje que la cruz transmite o proclama con el perdón de nuestros pecados, cuando Él, Jesús, se hizo pecado por nosotros (2 Corintios 5:21), eso nos justifica o declara justos a los ojos de Dios:

24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,
25 a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,
26 con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.
Romanos 3:24-26

Oh, antes estábamos destituidos de la gloria de Dios (v. 23) y, por naturaleza, éramos “hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2:3) pero, seguidamente, el apóstol hace esta gloriosa y consoladora declaración: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados [leprosos], nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros [desde Pablo hasta hoy] las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.” (Efesios 2:4-7).

Sí, antes estábamos leprosos y, por lo mismo, no podíamos disfrutar del compañerismo con los demás santificados, no se podía; pero por virtud o poder del perdón de nuestros pecados en cruz de Jesucristo, no solo podemos tener comunión con otros santos pero, mucho más sublime aún, podemos tener comunión con el Dios a Quién, tiempo atrás, ofendimos con nuestros pecados. Nuestros pecados han sido perdonados, nos ha dado el Espíritu Santo para habitar en nosotros que, y desde allí, Él nos inspire para una vida conforme a Su Palabra (la Biblia), única manera de santificarnos en Su presencia, y también la única manera de saber que no le estamos fallando al blanco o pecando. El apóstol hace esta declaración en Hebreos 10:19-23:

19 Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,
20 por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne,
21 y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,
22 acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.

Sí, para esto es que vino Jesús, “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12).

Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que Él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos.
De Éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por Su Nombre.
Hechos 10:42-43

¿Sabes que eres un pecador o leproso? ¿Cómo lo sabes? La ley de Dios te da conocimiento de lo que es pecado, “pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4); pero no aceptar la Dádiva, Don o Regalo de Dios, a Jesucristo, es el peor de los pecados; saber que somos pecadores (y lo podemos admitir sencillamente porque pecamos, siempre pecamos o fallamos), y no aceptar la cura para esta condición es lo peor que podríamos hacer. Si estuviéramos enfermo de cáncer, y nos ofrecieran una cura para ello, y no lo aceptamos, eso sería lo peor que podríamos hacer. Si sabemos que el pecado nos conduce a una muerte o separación eterna de Dios (la palabra muerte significa separación), y tan pronto nos enteramos que realmente hay un Dios interesado en nosotros y que, para restaurar nuestra comunión con Él, Él ha provisto la manera para hacer posible esa restauración y vuelto nuestra comunión con Él, pues lo mejor que deberíamos hacer es aceptar la manera de Dios; y esa manera es el perdón de nuestros pecados por el Nombre de Jesús.

14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado,
15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
De tal manera amó Dios al mundo
16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.
18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.
21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.
Juan 3:14-21

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.
Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.
Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.
1 Juan 1:9-10; 2:1-2

“Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio.”

Amén.

lunes, 5 de marzo de 2018

BAUTISMO DE TRES HERMANOS EN EL RÍO CHILLÓN


A
yer, domingo 4 de marzo, tras el servicio dominical que empezó a las 10:30AM., ya al borde las 1PM, nos dispusimos acompañar al Hno. José Ballena, pastor en la iglesia que está en casa de la Hna. Rosa Mesías, para asistir al bautismo de tres jóvenes Hermanos quienes, en fe y obediencia, pidieron ser bautizados en el Nombre del Señor Jesús para, conforme a Romanos 6:3-11, identificarse o hacerse UNO con el Señor Jesús en toda Su obra redentora y de gloria:

3 ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?
4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.
5 Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección;
6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.
7 Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.
8 Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él;
9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él.
10 Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive.
11 Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.

E invocando el Nombre que es sobre todo nombre (Filipenses 2:9-11), ¡JESÚS!, para el perdón de sus pecados y que, de esta manera, esté disponible el Espíritu Santo para venir a residir en estos tres Hermanos (Hechos 2:38-39). Cómo lo podrán comprobar por el primer vídeo, titulado “Explorando por el lugar donde realizarse el bautismo, el bautismo de 3 Hermanos, en el Nombre del Señor Jesús”, varias Hermanas, entre ellas la candidata al bautismo, Hna. Elena Palomino, cruzaron uno de los causes del río, con relativa turbulencia para, desde una forma de islote, trasladarse hacia las aguas del bautismo, mientras las otras Hermanas adornaban la ceremonia de bautismo con alabanzas al Dios que nos permitió estos gloriosos momentos.

Seguidamente dejo algunas imágenes y vídeos que ilustran los hechos de ayer aunque, ya al final, y en domicilio de los Hermanos Kenny y Emma, no pude grabar la secuencia de alabanzas con que nos gozamos en la presencia de Dios, alabándolo como es digno hacerlo, por Su gracia y misericordia, por hacernos partícipes de la alegría y gozo en el corazón de estos tres Hermanos recientemente bautizados: Hna. Elena Palomino, Vladimir, y Nicolás León Hernández. Favor, recuérdenles en oración. Gracias.


Éste es el camino o corredor entre la Av. Trapiche
y el Río Chillón, lugar para el bautismo
Aquí el Hno. José Ballena, atrás otros Hermanos,
encaminándonos por el corredor hacia el Río Chillón
que, de la Av. Trapiche, no dista sino unos 700 metros

Al fondo observamos a algunas Hermanas; una
de ellas es la Hna. Linda, esposa del pastor quienes,
gozosas, acompañaron para el bautismo de los
tres Hermanos
Ya en el borde del Río Chillón, hallamos una poza o lagunilla,
pero lamentablemente nada profunda para el bautismo; por lo
que el grupo siguió explorando hasta ubicar el mejor lugar para este
rito de fe



Las Hermanas hicieron un generoso esfuerzo por empinarse
por sobre de unos montículos de piedra, que cercan el cause del río para,
desde allí, presenciar el bautismo de los Hermanos

Otra escena con las Hermanas, mientras soportan
estoicas el sol y calor que reinó la tarde de ayer

Unos pobladores, cercanos al río, lavando sus ropas, a la usansa
de la antigüedad, golpeándola contra las rocas. Fueron muy amables
para orientarnos el lugar mejor para el bautismo. Dios los recompense. Amén.


Ya en casa de los Hermanos Kenny y Emma,
en Puente Piedra, a donde los trasladamos para, a invitación de ellos,
degustar una riquísima merienda. ¡Gloria!





martes, 13 de febrero de 2018

Llamado al arrepentimiento


T
ras haber examinado cómo trataba Jesús a los individuos, y las parábolas que narró para ilustrar su verdad ante los discípulos, nos centramos ahora en el rico contenido doctrinal del mensaje que proclamaba a las multitudes. Aquí consideraremos los temas principales de sus discursos y compararemos el evangelio popularizado en nuestros días con las propias enseñanzas del Salvador. En el proceso, trataremos de obtener un entendimiento más claro de la terminología empleada por Jesús. La mayor parte de la controversia actual respecto al evangelio gira alrededor de unas pocas palabras clave, que incluyen arrepentimiento, fe, discipulado y Señor. En esta sección final, estudiaremos estos términos y veremos el uso que hizo Jesús de ellos.
Empezamos con un capítulo sobre el arrepentimiento, porque ahí es donde empezó el Salvador. Mateo 4:17 registra el principio del ministerio público de Jesús: “Desde entonces (después del encarcelamiento de Juan el Bautista) Jesús comenzó a predicar y a decir: “¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” Indiqué en el capítulo 4 que las palabras iniciales de su primer sermón caracterizaron todo el ministerio terrenal de Jesús. También hemos observado que él definió su objetivo como llamamiento a pecadores al arrepentimiento (Lúe. 5:32). El arrepentimiento es un tema reiterativo en todos los sermones públicos del Señor. Se enfrentaba con firmeza a las multitudes obstinadas y proclamaba: “Si no os arrepentís, todos pereceréis” (Lúe. 13:3, 5). 

¿Cuándo fue la última vez que escuchó presentar el evangelio en estos términos? No está de moda en el siglo veinte [hoy XXI] predicar un evangelio que exige arrepentimiento. ¿Cómo llegó a ser tan diferente el mensaje de hoy del evangelio según Jesucristo? Ya en 1937 el doctor H. A. Ironside señaló que la doctrina bíblica del arrepentimiento estaba siendo diluida por quienes deseaban excluirla del mensaje del evangelio. Escribió: “Hoy día, la doctrina del arrepentimiento es la nota perdida en círculos que, en muchos otros aspectos, son ortodoxos y fundamentalmente sanos.”1 Habló de “predicadores profesos de la gracia que, como los antiguos 'antinomianos', menosprecian la necesidad del arrepentimiento porque parece invalidar la libertad de la gracia”.2 El doctor Ironside, siendo él mismo un dispensacionalista, denunció la enseñanza de dispensacionalistas extremos en el sentido de que el arrepentimiento era para otros tiempos. También escribió: “Las solemnes palabras de nuestro Señor 'si no os arrepentís, todos pereceréis', son tan importantes hoy como cuando fueron pronunciadas por primera vez. Ningunas distinciones dispensacionales, aunque sean importantes para la comprensión e interpretación del trato de Dios con el nombre, pueden alterar esta verdad.”3
Ya en su día, Ironside reconoció los peligros de un credulismo fácil incipiente cuando dijo: “La predicación superficial que no se enfrenta con el hecho terrible de la pecaminosidad y culpabilidad del hombre 'mandando a todos los hombres, en todos los lugares, que se arrepientan', da por resultado conversiones superficiales; y por eso tenemos una gran cantidad de profesores de fácil palabra que no dan ninguna señal de regeneración. Charlan de salvación por gracia y no manifiestan ninguna gracia en sus vidas. Declaran a voces que son justificados por fe solamente y no recuerdan que 'la fe sin obras está muerta'; y que la justificación por obras ante los hombres no debe pasarse por alto como si estuviera en contradicción con la justificación por fe ante Dios.”4
No obstante, algunos dispensacionalistas continuaron promoviendo la idea de que predicar el arrepentimiento a los perdidos viola el espíritu y el contenido del mensaje del evangelio. Chafer, en su Teología sistemática, presenta el arrepentimiento como una de “las facetas más comunes de la responsabilidad humana que se añaden erróneamente con demasiada frecuencia al requerimiento único de fe o creencia”.5 Chafer señaló que la palabra arrepentimiento no se encuentra en el Evangelio de Juan y aparece en Romanos una sola vez. Hizo notar también que en Hechos 16:31 Pablo no dijo al carcelero de Filipos que se arrepintiera. Chafer consideró ese silencio como un “abrumador cuerpo de evidencia (aparentemente) clara de que el Nuevo Testamento no impone el arrepentimiento a los perdidos como condición para la salvación”.6

La eliminación del arrepentimiento

Hoy hay voces que continúan proclamando las mismas ideas. La Biblia de estudio Ryrie contiene una sinopsis de doctrina que incluye el arrepentimiento como “una adición falsa a la fe” cuando se hace de él una condición para la salvación, “excepto cuando (el arrepentimiento) se considera un sinónimo de fe”.7 Otro maestro influyente dice esencialmente lo mismo: “La Biblia requiere arrepentimiento para la salvación, pero arrepentimiento no significa apartarse del pecado, ni un cambio de conducta. . . El arrepentimiento bíblico es un cambio de mente o actitud respecto a Dios, a Cristo, a las obras muertas o al pecado.”8 Incluso un profesor de seminario escribe: “Arrepentimiento significa cambiar la propia mente, no la propia vida.”9
Estos escritores y otros han redefinido así el arrepentimiento en una forma que elimina sus ramificaciones morales. Lo consideran como un simple cambio de pensamiento sobre quién es Cristo.10 Esta clase de arrepentimiento no tiene nada que ver con alejarse del pecado ni con la renuncia al yo. Está totalmente exento de cualquier admisión de la culpa personal, cualquier intento de obedecer a Dios o cualquier deseo de verdadera rectitud.
Esa no es la clase de arrepentimiento que predicaba Jesús. Como hemos visto repetidamente, el evangelio según Jesucristo es tanto un llamamiento a abandonar el pecado como una invitación a la fe. Desde su primer mensaje hasta el último, el tema del Salvador era un llamado a los pecadores al arrepentimiento, y esto no quería decir sólo que cambiaran de pensamiento respecto a quién era él, sino también que se apartaran del pecado y de su yo para seguirle. Él nos manda predicar el mismo mensaje: “el arrepentimiento y la remisión de pecados” (Lucas 24:47).»

¿Qué es arrepentimiento?

El arrepentimiento es un elemento decisivo de la fe que salva,12 pero no debemos considerarlo simplemente como otra palabra para creer. La palabra griega para arrepentimiento es metanoia, de meta, “después” y noeo, “entender”. Literalmente significa “reflexión” o “cambio de mente”. Pero su significado bíblico no acaba ahí.13 El uso de metanoia en el Nuevo Testamento siempre alude a un cambio de propósito y, específicamente, a un abandono del pecado.14 En el sentido en que Jesús lo usaba, arrepentimiento requiere el repudio de la vieja forma de vida [“la pasada manera de vivir” de Efesios 4:22] y acudir a Dios en busca de salvación.15 
Un cambio de propósito así es lo que Pablo tenía en mente cuando explicaba el arrepentimiento a los tesalonicenses. “Os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tes. 1:9). Nótense los tres componentes del arrepentimiento: volverse a Dios; apartarse del pecado; intento de servir a Dios. Ningún cambio de mente puede llamarse verdadero arrepentimiento sin incluir los tres elementos. El hecho simple, pero demasiadas veces pasado por alto, es que un verdadero cambio de mente [o arrepentimiento] da necesariamente por resultado un cambio de conducta.
Arrepentimiento no es simplemente avergonzarse o sentir tristeza por el pecado, aunque el auténtico arrepentimiento incluye siempre el elemento de remordimiento.16 Es un cambio de dirección de la voluntad humana, una decisión encaminada a abandonar toda injusticia y procurar en su lugar la rectitud.
El arrepentimiento tampoco es una obra meramente humana. Como cualquier elemento de la redención, es un don otorgado por Dios en su soberanía. La iglesia primitiva, al reconocer la autenticidad de la conversión de Cornelio concluyó: “¡Así que también a los gentiles Dios ha dado arrepentimiento para vida!” (Hech. 11:18; ver Hech. 5:31). Pablo escribió a Timoteo que corrigiera con mansedumbre a los que se oponían a la verdad, “por si quizás Dios les conceda que se arrepientan para comprender la verdad” (2 Tim. 2:25). Si Dios es quien otorga el arrepentimiento, éste no puede ser considerado una obra humana.
Sobre todo, el arrepentimiento no es un intento previo a la salvación destinado a poner en orden nuestra vida. El llamado al arrepentimiento no es un mandato a poner en orden los pecados antes de acudir a Cristo en fe. Es más bien un mandamiento a reconocer la pecaminosidad propia y odiarla, volverle la espalda, acudir a Cristo y abrazarle con plena devoción. Como escribió J. I. Packer: “El arrepentimiento que Cristo requiere de su pueblo consiste en renunciar definitivamente a ponerle límites a los reclamos que él pueda hacer a sus vidas.”17
El arrepentimiento tampoco es simplemente una actividad mental; el verdadero arrepentimiento comprende el intelecto, las emociones y la voluntad.18 Geerhardus Vos escribió: “La idea de nuestro Señor en cuanto al arrepentimiento es tan profunda e integral como su concepto de la justicia. De las tres palabras usadas en los Evangelios (en griego) para describir el proceso, una enfatiza el elemento emocional de pesar, tristeza por la forma pecaminosa de vivir en el pasado, metamélomai, Mateo 21:29-32; otra expresa el cambio total de actitud mental, metanoéo, Mateo 12:41; Lucas 11:32; 15:7, 10; la tercera denota un cambio de dirección en la vida, una meta sustituida por otra, epistréfomai, Mateo 13:15 (y paralelos); Lucas 17:4; 22:32. El arrepentimiento no está limitado a ninguna facultad particular de la mente. Abarca todo el hombre: intelecto, voluntad y afectos. . . Además, en la vida nueva que sigue al arrepentimiento, el principio de control es la absoluta supremacía de Dios. El que se arrepiente se vuelve del servicio a las riquezas y del yo al servicio a Dios.”19
Intelectualmente, el arrepentimiento empieza con el reconocimiento del pecado y la conciencia de que somos pecadores, de que nuestro pecado es una afrenta al Dios santo y, más concretamente, de que somos responsables personalmente de nuestras propias culpas. El arrepentimiento que lleva a salvación debe incluir asimismo el reconocimiento de quién es Cristo juntamente con la aceptación de que tiene el derecho de gobernar nuestras vidas.
Emocionalmente, el auténtico arrepentimiento va frecuentemente acompañado de un sentimiento abrumador de pesar. Este pesar o tristeza no es en sí arrepentimiento; se puede estar apesadumbrado o avergonzado sin estar verdaderamente arrepentido. Judas, por ejemplo, sintió remordimiento (Mat. 27:3), pero no estaba arrepentido. El joven rico se fue triste (Mat. 19:22), pero no estaba arrepentido. No obstante, la pesadumbre puede conducir a un verdadero arrepentimiento. En 2 Corintios 7:10 dice: “la tristeza que es según Dios genera arrepentimiento para salvación, de que no hay que lamentarse”. Es difícil imaginar un verdadero arrepentimiento que no incluya un elemento de tristeza, no una tristeza por haber sido descubierto, ni a causa de las consecuencias; sino un sentido de angustia por haber pecado contra Dios. En el Antiguo Testamento el arrepentimiento se mostraba con vestido de cilicio y cenizas, los símbolos de luto (ver Job. 42:6; Jonás 3:5, 6).
Volitivamente, el arrepentimiento incluye un cambio de dirección, una transformación de la voluntad. Lejos de ser solamente un cambio mental, constituye un deseo, más bien determinación, de abandonar la desobediencia obstinada y rendir la voluntad a Cristo. Como tal, el arrepentimiento genuino inevitablemente da por resultado un cambio de conducta. El cambio de conducta no es arrepentimiento de por sí, pero es el fruto que por seguro producirá el arrepentimiento [“Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mateo 3:8; Lucas 3:8)]. Donde no hay diferencia observable de conducta, no se puede confiar en que haya habido arrepentimiento (Mat. 3:8; ver 1 Jn. 2:3-6; 3:17).
El verdadero arrepentimiento cambia el carácter del hombre total. Como dice D. Martyn Lloyd-Jones: “Arrepentimiento significa que uno se da cuenta de que es culpable, un vil pecador en la presencia de Dios, que merece la ira y el castigo de Dios; que se dirige hacia el infierno. Significa empezar a darse cuenta de que eso que se llama pecado está en uno, que uno anhela verse libre de él y le da la espalda en todas sus formas. Uno renuncia al mundo cualquiera que sea el costo, el mundo en su mentalidad y perspectiva tanto como en la práctica; y se niega a sí mismo, toma su cruz y sigue a Cristo. Sus más allegados e íntimos, y el mundo entero, pueden considerarle a uno necio, o decir que tiene una manía religiosa [fanático, cucufato, etc.]. Puede ser que uno tenga que sufrir pérdidas financieras, pero no importa. Eso es arrepentimiento.”20
El arrepentimiento no es un acto de una sola vez. El arrepentimiento que tiene lugar en la conversión inicia un proceso de confesión progresivo de por vida (1 Jn. 1:9). Esta actitud activa y continua de arrepentimiento produce la pobreza de espíritu, el llanto y la mansedumbre de que habla Jesús en las bienaventuranzas (Mat. 5:3-5). Es una señal de un verdadero cristiano.

El fruto de arrepentimiento

Cuando Jesús predicaba: “¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” (Mat. 4:17), aquellos que le oían entendían el mensaje. Con su rica herencia en las enseñanzas del Antiguo Testamento y las rabínicas, sus oyentes no tendrían duda sobre el significado de arrepentimiento. Sabían que estaba llamando a mucho más que a un simple cambio de manera de pensar o a un nuevo concepto de quién era él [El único concepto que se esperaba que los judíos tuvieran acerca de Jesús, era que creyeran que Él era el profeta prometido para ellos; lo que los acondicionaría para oír atentamente al Señor]. Para ellos arrepentimiento significaba una completa rendición de su voluntad y un cambio de conducta total: una nueva forma de vida, no sólo una opinión diferente. Se daban cuenta de que les estaba llamando a admitir sus pecados y apartarse de ellos, para ser convertidos, para dar la vuelta, abandonar el pecado y el egoísmo y seguirle.
Después de todo, el concepto judío de arrepentimiento estaba bien desarrollado. Los rabinos sostenían que Isaías 1:16, 17 describe nueve actividades relacionadas con el arrepentimiento: “Lavaos, limpiaos, quitad la maldad de vuestras acciones de delante de mis ojos. Dejad de hacer el mal. Aprended a hacer el bien, buscad el derecho, reprended al opresor, defended al huérfano, amparad a la viuda.” Fijémonos con cuidado en la progresión: Empezando con una limpieza interna, el arrepentimiento se manifiesta a continuación en actitudes y acciones.
El Antiguo Testamento está lleno de verdades sobre el arrepentimiento. Ezequiel 33:18, 19 dice por ejemplo: “Si el justo se aparta de su justicia y hace injusticia, por ello morirá. Y si el impío se aparta de su impiedad y practica el derecho y la justicia, por ello vivirá.” En 2 Crónicas 7:14 encontramos una descripción familiar de arrepentimiento: “si se humilla mi pueblo sobre el cual es invocado mi nombre, si oran y buscan mi rostro y se vuelven de sus malos caminos, entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra”. Isaías 55:6, 7 presenta la invitación del Antiguo Testamento a la salvación; y el arrepentimiento es un elemento clave: “¡Buscad a Jehovah mientras puede ser hallado! ¡Llamadle en tanto que está cercano! Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos. Vuélvase a Jehovah, quien tendrá de él misericordia; y a nuestro Dios, quien será amplio en perdonar.” Jonás 3:10 dice: “Dios vio lo que hicieron, QUE SE VOLVIERON DE SU MAL CAMINO, y desistió del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo.”
Veamos con atención este versículo de Jonás. ¿Cómo valoró Dios el arrepentimiento de los ninivitas? Por sus hechos. No fue porque él leyera sus pensamientos o escuchara sus oraciones, pese a que un Dios omnisciente pudo sin duda ver la sinceridad de su arrepentimiento. Pero él buscaba obras de justicia.
Juan el Bautista exigió también ver buenas obras como prueba de arrepentimiento. Predicó el mensaje de arrepentimiento aun antes de que Jesús iniciara su ministerio (ver Mat. 3:1, 2). La Biblia dice que cuando los religiosos hipócritas acudieron a Juan el Bautista para ser bautizados, “les decía: '¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento'” (Mat. 3:7, 8). ¡Vaya saludo! Era muy distinto a decir: “Señoras y caballeros, aquí están nuestros queridos líderes.” No sabemos por qué fueron para ser bautizados, pero evidentemente sus motivos no eran correctos. Tal vez trataban de ganar el favor del pueblo o asociarse a la popularidad de Juan. Cualesquiera que fueran sus razones, no estaban realmente arrepentidos y Juan se negó a aceptar sus propósitos. Por el contrario les condenó como falsos religiosos.
¿Por qué fue Juan tan brusco? Porque aquellos hipócritas estaban envenenando a toda una nación con su engaño fatal. Nada, a juzgar por su conducta, indicaba que estuvieran realmente arrepentidos. La lección crítica aquí es que si el arrepentimiento es auténtico, podemos esperar que produzca resultados visibles.
¿Cuáles son los frutos del arrepentimiento? Esta es la pregunta que hicieron los publícanos a Juan el Bautista (Lucas 3:12). La respuesta de Juan fue: “No cobréis más de lo que os está ordenado” (v. 13). A unos soldados que le hicieron la misma pregunta les contestó: “No hagáis extorsión ni denunciéis falsamente a nadie, y contentaos con vuestros salarios” (v. 14). En otras palabras, ha de haber un cambio sincero en la propia forma de vida. Uno que está auténticamente arrepentido dejará de hacer lo malo y empezará a vivir rectamente. Además de un cambio de mente y actitud, el verdadero arrepentimiento inicia un cambio de conducta.
El apóstol Pablo consideraba también las buenas obras como prueba de arrepentimiento. Nótese la descripción de su ministerio al rey Agripa: “no fui desobediente a la visión celestial. . . a los gentiles, les he proclamado que se arrepientan y se conviertan a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hech. 26:19, 20). El que los verdaderos creyentes han de mostrar su arrepentimiento mediante una conducta adecuada era evidentemente un elemento crucial en el mensaje de Pablo.21

El evangelio y el arrepentimiento

El arrepentimiento ha sido siempre el fundamento del llamamiento bíblico a salvación. Cuando Pedro hizo la invitación evangélica en Pentecostés, en la primera evangelización pública de la era de la iglesia, el arrepentimiento estaba en el centro de su mensaje: “Arrepentíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados” (Hech. 2:38). Ninguna evangelización que omita el mensaje de arrepentimiento puede llamarse con propiedad evangelio, porque los pecadores no pueden acudir a Jesucristo sin un cambio radical de corazón, mente y voluntad [una crisis por razón del pecado a renunciar, aborrecer, abandonar]. Esto requiere una crisis espiritual que lleve a un giro total y, finalmente, a una transformación completa. Esta es la única clase de conversión reconocida por la Biblia.22
En Mateo 21:28-31 Jesús utilizó una parábola para ilustrar la hipocresía de una profesión de fe sin arrepentimiento: “¿Pero, qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: 'Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.' Él contestó y dijo: 'No quiero.' Pero después, cambió de parecer y fue. Al acercarse al otro, le dijo lo mismo; y él respondió diciendo: '¡Sí, señor, yo voy!' Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?”
Podemos preguntarnos por qué este relato no incluye un tercer hijo que dijera: “yo voy”, y cumpliera su palabra. Tal vez sea porque el relato representa a la humanidad, y todos nos quedamos cortos (ver Rom. 3:23). Por ello Jesús sólo pudo describir dos clases de personas religiosas: las que dicen ser obedientes pero en realidad son rebeldes, y las que empiezan como rebeldes pero se arrepienten [o cambian de parecer respecto el mandamiento o instrucción dada].
Jesús pronunció la parábola para beneficio de los fariseos, que no se veían a sí mismos como pecadores y desobedientes. Cuando les preguntó cuál de los hijos hizo la voluntad de su padre, contestaron correctamente: “El primero” (Mat. 21:31). Al admitir esto, se condenaron a sí mismos por su propia hipocresía. ¡Cómo debe haberles dolido la reprensión de Jesús! “De cierto os digo que los publícanos y las prostitutas entran delante de vosotros en el reino de Dios” (v. 31). Los fariseos vivían en la ilusión de que Dios les aprobaba porque hacían gran ostentación de su religión. El problema consistía en que sólo era un espectáculo. Eran como el hijo que dijo que obedecería, pero no lo hizo. Su pretensión de que amaban a Dios y guardaban su ley no valía nada. Aquellos fariseos eran como muchos hoy que dicen que creen en Jesús pero se niegan a obedecerle. Su profesión de fe es vana. A menos que se arrepientan, perecerán.
Los publícanos y las prostitutas entraban más fácilmente que los fariseos en el reino porque estaban más dispuestos a reconocer sus pecados y arrepentirse de ellos. Ni siquiera el peor de los pecados puede dejar a un pecador fuera del cielo si éste se arrepiente. Por otra parte, hasta el más impresionante fariseo que atesore sus pecados y se niegue a reconocerlos y arrepentirse de ellos estará excluido del reino. No hay salvación sin el arrepentimiento que rechaza el pecado.
Hay muchos hoy que oyen la verdad de Cristo e inmediatamente responden como el hijo que dijo que obedecería y no lo hizo. Su respuesta positiva a Jesús no les salvará. El fruto de sus vidas muestra que no se han arrepentido realmente. Pero hay algunos que dan la espalda al pecado, a la incredulidad y a la desobediencia, y aceptan a Cristo con fe obediente. El suyo es arrepentimiento verdadero, que se manifiesta por los frutos de justicia que produce. Ellos son verdaderamente justos (1 Ped. 4:18). Esa es la meta final del evangelio según Jesucristo. 


Sección del capítulo “Jesús Define Su Evangelio”, del libro El Evangelio Según Jesucristo, del Dr. John F. MacArthur