viernes, 19 de agosto de 2022

NO ROBARÁS...


E

n la entrega de los Diez Mandamientos, que Yehováh Dios dio a Su pueblo, uno de estos mandamientos tiene que ver con el grado de inseguridad que, día a día, agobia a nuestras poblaciones: “No robarás” (Éxodo 20:15); y porque, además de ser objetos de robo, prácticamente todos los días, esto se agrava con la posibilidad de que, por el robo de tan solo un celular, ya muchas veces el delincuente ha optado por matar; trasgrede, de esta manera, otro de los mandamientos: “No matarás” (Éxodo 20:13).


Yo entiendo que, muchos de estas personas, faltos de moral, principios o lo que llamamos “valores”, presionados por necesidad se ven obligados a delinquir; e, ignorándolo, sin que ellos lo sepan, aún si lo robado puede causarles cierta satisfacción momentánea; eso es lo que es, una satisfacción momentánea, temporal y hasta aparente; porque, tan pronto nos vemos implicados en actos de robo o trasgredimos cualesquiera de los mandamientos dados por Yehováh Dios en Éxodo 20, somos declarados “malditos”; esto es, que Yehováh Dios ha decretado que todo mal nos siga o persiga al punto de afectarnos por completo, hasta consumirnos.


En efecto, en el libro de Deuteronomio capítulo 28, Moisés hace una lista de las bendiciones y maldiciones que vendrán y alcanzarán a todo hombre y mujer; y más para aquellos que, conociendo la voluntad de Dios, luego deciden desobedecer trayendo, sobre sí, las maldiciones contenidas en este capítulo. En el versículo 2 de este capítulo 28, Moisés declara:

Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Yehováh tu Dios. 

Y, tras listar estas bendiciones, igualmente, para quienes optamos por ignorar los mandamientos de Dios, se hace la siguiente declaración:

15 Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán.

En el libro de Romanos 2:21, el apóstol Pablo hace esta declaración:

“Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas?”

Y, si Dios realmente ha venido a nuestras vidas, muy seguramente Él nos hará tal de sensibles y honrados para con nosotros mismos para, tan pronto nos confrontamos con Su Palabra, así como sucedió con el Rey Josías (2 Reyes 22:3-20); reconoceremos que, de una u otra manera, transgredimos los mismos mandamientos dados por Yehováh Dios. Por ejemplo, ¿cuántos no nos hemos hecho los dormidos para, cuando pasó el cobrador del bus, excusarnos para no pagar por el pasaje o boleto y derecho a transportarnos en ese bus? Muchos, ¿verdad? Es toda una cultura; lo llamaríamos, “la ley del más vivo”; sin embargo, a los ojos de Dios, somos ladrones.

Pues bien, les animo a leer la lista de bendiciones (o declaraciones de bien o prosperidad) que siguen a todos los que, en fe, optamos por obedecer los mandamientos de Yehováh Dios, en Deuteronomio 28:3-14; y, seguidamente, la lista de maldiciones que siguen a todos los que, en abierta rebeldía e incredulidad, optamos en desobedecer los mandamientos de Yehováh Dios, en Deuteronomio 28:15-68.

Por lo que, si tú eres uno de tantos que se ha dedicado al robo; sea porque tengas necesidad o porque, por el hecho de que eres muy hábil y consideras es la forma más fácil de hacerte de dinero –igualmente- fácil, por eso haz hecho del robo tu costumbre; debes saber que, consciente o no, a los ojos del Dios, a Quién uno de estos días daremos cuenta, eres un maldito; y que, como bien lo podrás leer en la lista de maldiciones recopilados en Deuteronomio 28:15-68, estas maldiciones te seguirán, te destruirán; y, no solo a ti; sino, también, a toda tu familia, trayendo maldición a tu hogar. Tú bien podrías decir: “¡Pero yo solo he robado, no he matado!”; pero, según Santiago 2:10: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos [los mandamientos].” Por lo que, quien roba, también estará siendo culpable de asesinato y toda transgresión contra la ley de Dios.

¿Cuál es la solución a esta penosa y miserable condición del hombre (porque todos, todos pecamos)?

La respuesta es: Que creamos el evangelio (buena noticia) de Jesucristo; arrepintiéndonos de nuestros pecados y recibiendo o aceptando la gracia o favor concedidos mediante el nombre de Jesucristo; y que, tan pronto nos hayamos arrepentido (la palabra “arrepentimiento” significa en el Antiguo Testamento “lamentación”, que nos lamentemos de porqué hemos pecado; y, en el Nuevo Testamento, “un cambio de mente”; que, lo que antes no lo considerábamos malo, ahora sí, porque así es como Dios lo ve), procedamos a pedir ser bautizados en agua (la palabra “bautismo” implica ser inmersos o sumergidos en agua, no siendo rociados con agua como es la práctica en la Iglesia Católica, esa nunca fue la práctica apostólica en la Iglesia Primitiva), e invocando el nombre del Señor Jesús (no en el nombre de “Padre, Hijo y Espíritu Santo”); uno, porque así fue la práctica en todo el libro de los Hechos que registra este bautismo; y, dos, porque el bautismo en agua invocando el nombre de Jesús nos identifica con Él, con Su obra vicaria o en reemplazo de nosotros; de tal manera que, y como lo dice el apóstol en Romanos 6:3-4, somos identificados con Jesús en Su muerte, sepultura y resurrección; que, para Yehováh Dios, es como si nosotros fuéramos los que, en aquella ocasión, fuimos los crucificados pagando, con Su muerte, la pena por nuestros pecados; para ahora, declarados justos o justificados, tener derecho al bautismo del Espíritu Santo, nuestra arras, boleto o señal hacia la Vida Eterna:

13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), 14 para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.

Gálatas 3:13-14

37 Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? 38 Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

Hechos 2:37-38

¡Shalom!


domingo, 19 de junio de 2022

¡FELIZ DÍA, PAPÁ!


3 Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. 4 Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; 5 y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo:


Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor,

Ni desmayes cuando eres reprendido por él;

6 Porque el Señor al que ama, disciplina,

Y azota a todo el que recibe por hijo.

 

7 Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? 8 Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. 9 Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? 10 Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. 11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Hebreos 12:3-11

 

Hoy es Día del Padre; y, como todos los años, tan igual como con el Día de la Madre, los medios publicitarios solo hacen énfasis en aquello que, fundamentalmente, estimula el consumismo; para, entre otras cosas, hacer de este día un día comercial; aun si se intentan resaltar las virtudes –en esta oportunidad- del padre, para el reconocimiento que este día festivo debería darle con toda justicia.

 

En esta cita bíblica, el apóstol Pablo hace el énfasis en la disciplina (lo que implica instrucción y corrección); y, cuando se trata de la disciplina que deberíamos estar impartiendo nosotros –como padres- a nuestros hijos, el apóstol hace esta realista aseveración: “Y aquellos [se refiere a los padres], ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía…” (v. 10); para, de nuestra parte, reconocer que –ciertamente- disciplinamos a nuestros hijos como nos parece, según nuestro parecer o la mejor instrucción que hayamos recibido a lo largo de los años, de nuestra natural formación. ¿Recuerda usted aquello de “¡Yo educo a mis hijos como a mí me parece!”? Es común oírlo entre las gentes, entre los padres y madres. Sin embargo, porque los hijos son el fruto de nuestro mejor o peor accionar como padres, de nuestros aciertos o desaciertos, debemos reconocer –por ellos, nuestros hijos- si realmente hemos obrado correcta o incorrectamente en nuestro importante rol como padres.

 

En una sociedad que nos alarma reconocer una juventud totalmente desorientada, sin un norte inteligente a seguir, sin instrucción para la vida; y, lo que es dramáticamente peor, muchos de ellos involucrados en vicios y la delincuencia; solo nos queda aceptar, por ello, que muchos de nosotros los padres no hemos obrado correctamente como padres (y lo mismo las madres); y que, reconociéndolo humildemente, bien haríamos en buscar ayuda para ser buenos y excelentes padres; porque, en la medida que lo seamos, igualmente dejaremos un legado de buenos y excelentes hijos.

 

El Señor Yeshúa (Jesús en hebreo) dijo: “… la sabiduría se justifica por sus hijos.” (Mateo 11:19)

 

Cierto, no hay una escuela o institución que, con mediana u óptima cordura, capacite a los padres en tan importante oficio; porque, y como bien reza el dicho: “De tal palo, tal astilla”; precisamos ser tal de buenos padres que, en consecuencia, esperemos ver –igualmente- buenos a nuestros hijos; y, como quiera que Dios ha determinado que esta capacitación, esta responsabilidad se de al interior de nuestros hogares, entre padres e hijos; en la medida que vayamos prosperando en sabiduría para, a nuestra vez, dejar este legado de sabiduría en nuestros hijos, el Proverbios capítulo 4 nos confronta con la responsable postura de un padre para con sus hijos. Leamos:

 

1 Oíd, hijos, la enseñanza de un padre,

Y estad atentos, para que conozcáis cordura.

2 Porque os doy buena enseñanza;

No desamparéis mi ley.

3 Porque yo también fui hijo de mi padre,

Delicado y único delante de mi madre.

4 Y él me enseñaba, y me decía:

Retenga tu corazón mis razones,

Guarda mis mandamientos, y vivirás.

5 Adquiere sabiduría, adquiere inteligencia;

No te olvides ni te apartes de las razones de mi boca;

6 No la dejes, y ella te guardará;

Ámala, y te conservará.

7 Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría;

Y sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia.

8 Engrandécela, y ella te engrandecerá;

Ella te honrará, cuando tú la hayas abrazado.

9 Adorno de gracia dará a tu cabeza;

Corona de hermosura te entregará.

10 Oye, hijo mío, y recibe mis razones,

Y se te multiplicarán años de vida.

11 Por el camino de la sabiduría te he encaminado,

Y por veredas derechas te he hecho andar.

12 Cuando anduvieres, no se estrecharán tus pasos,

Y si corrieres, no tropezarás.

13 Retén el consejo, no lo dejes;

Guárdalo, porque eso es tu vida.

14 No entres por la vereda de los impíos,

Ni vayas por el camino de los malos.

15 Déjala, no pases por ella;

Apártate de ella, pasa.

16 Porque no duermen ellos si no han hecho mal,

Y pierden el sueño si no han hecho caer a alguno.

17 Porque comen pan de maldad, y beben vino de robos;

18 Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora,

Que va en aumento hasta que el día es perfecto.

19 El camino de los impíos es como la oscuridad;

No saben en qué tropiezan.

20 Hijo mío, está atento a mis palabras;

Inclina tu oído a mis razones.

21 No se aparten de tus ojos;

Guárdalas en medio de tu corazón;

22 Porque son vida a los que las hallan,

Y medicina a todo su cuerpo.

23 Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón;

Porque de él mana la vida.

24 Aparta de ti la perversidad de la boca,

Y aleja de ti la iniquidad de los labios.

25 Tus ojos miren lo recto,

Y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante.

26 Examina la senda de tus pies,

Y todos tus caminos sean rectos.

27 No te desvíes a la derecha ni a la izquierda;

Aparta tu pie del mal.

 

Naturalmente, aquí se dice de la dirección de un padre que conoce a Dios, no uno que lo ignora; pero uno que, conociendo a Dios, luego aplica el mismo proceder de Dios para con nosotros para, ahora, de nuestra parte aplicarlo con nuestros hijos; porque, como bien lo leemos en esta porción bíblica de Hebreos 12, Yehováh Dios es el Padre de los espíritus, Él trata con nuestros espíritus (con nuestro ser interior); para, desde allí, ir formando el carácter noble y justo que Él espera en todos nosotros. Así, si usted, padre, no tiene la gracia de ser un padre exitoso (lo puede constatar por el fruto de sus hijos); y, como bien reza la cita bíblica de inicios de este artículo, disciplina a sus hijos como a usted le parece (y eso pueda que sea correcto o no), le animo a invocar a Yehováh Dios, al Padre de los espíritus; Quién, amorosamente, responderá al clamor de todo el que lo invoque (Jeremías 33:3); y, como Su más vital promesa y don de vida, reclame y ansíe la promesa de Su bendito Espíritu Santo; que, como bien lo dijo el Señor Yeshúa, nos guiará a toda verdad (Juan 16:13), para vidas fructíferas, y que glorifiquen y bendigan Su nombre.

 

Hoy tenemos en casa toda suerte de padres y madres sustitutos en los programas de televisión; donde, por lo general, se imparten temas vanos; ¿divertidos? Oh, sí, pero vanos, intrascendentes; y, luego, no nos cause admiración por qué nuestros hijos viven vidas igualmente vanas, copia de o que ven en la televisión; y, por último, a través del Smartphone, del internet e innumerables aplicativos; y, muchos de estos, impartiendo violencia; y, luego, nos preguntamos ¡¿por qué hay bullying en los colegios?! ¡Por qué de conductas sexuales pervertidas, a causa de la pornografía al alcance de adolescentes, jóvenes y aún mayores de edad!

 

Es tal la irresponsabilidad de muchos padres que, desentendidos de sus hijos; porque, claro, es más importante el partido de fulbito con los amigotes y, después, las reuniones donde se consume tiempo libando licor; y, casi siempre, mal gastando el poco dinero que se gana en el trabajo; cuando, nuestros hijos anhelan mayor tiempo interactuando con sus padres, cruzando información, recibiendo consejo; y, por lo mismo, por esta desatención luego los hijos optan por salir a la calle; donde, por lo general, se involucran con otros amigos igualmente desorientados; y, al rato, ya los vemos incursionando en el cigarrillo, el licor y las drogas; y, luego, nos preguntamos ¡¿por qué estos reveses de la vida?!

 

Saben, las Escrituras nos advierten que el mundo entero está bajo o gobernado por satanás (1 Juan 5:19); que, si realmente lo creyéramos, nos esforzaríamos por redoblar nuestro cuidado por nuestros hijos y, como en mi caso, aún de nuestros nietos. No debemos ser indiferentes, sino interesados por la formación cada vez más integral de nuestros hijos y nietos; cuidando que, cada área mental, emocional y espiritual estén debidamente atendidos. ¿Se necesita ser sabios para cumplir con este importante rol de padres? Sí; y, ¿qué hay si no lo soy? Podemos recurrir a aquellos padres que, siéndolos, comprobamos su éxito con hijos igualmente sabios e inteligentes, preparados para una vida cada vez más difícil y peligrosa; donde, el pecado (errar al blanco) es causa de decepción, desaliento y amargura. Podemos, fundamentalmente, recurrir a Yehováh, el Padre de los espíritus; Quién, como lo hizo con Salomón (2 Crónicas 1:7-12), nos dará sabiduría para ser padres y madres competentes en un mundo inclinado al pecado y sus consecuencias.

 

5 Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. 6 Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. 7 No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. 8 El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.

Santiago 1:5-8

 

¡Feliz día, papá!

viernes, 15 de abril de 2022

LA CENA DEL SEÑOR

 

E

n torno a la fiesta que el pueblo cristiano viene celebrando, acerca de La Pascua o Pesaj (del hebreo); como muchos o todos, meditaba en cómo, durante la Cena que instituyó nuestro Señor Yeshúa (Jesús del hebreo), y que ordenó tomáramos seguidamente (periódica o eventualmente), que este ritual parece comprometer a quién la toma; y, definitivamente, en igual sentido que la Pascua o Pesaj que, original o inicialmente, fue instituida en días de Israel, cuando el pueblo de Yehováh (pronunciación más acertada del hebreo) estuvo a punto de ser libertado de una dura esclavitud en Egipto.


Sí, durante la Pascua, registrado por primera vez en el libro de Éxodo, capítulo 12, Israel fue ordenado a matar (degollar) un cordero tomado de las ovejas o cabras; y que, mientras comían de su carne asada, ellos debían untar la sangre del animal sobre el dintel y columnas de la puerta; porque, según lo dio a conocer Moisés, esa noche Yehováh pasaría; y, donde Él no viera la señal de sangre sobre dintel y columnas, Él procedería a matar al primogénito en esa casa.

¿Qué significaba la sangre sobre la puerta?

En palabras del Rev. William Branham, sencillamente, la sangre significaba que algo había muerto, el cordero; y, el hecho de que dentro de la casa estaban comiendo la carne asada de este cordero, significaba que, y para un hebreo, israelita y judío aun el día de hoy esto tiene mucho sentido, que ellos reconocían esa carne como saludable para sus organismos; y, en la coyuntura de la liberación de que eran objeto, que la sangre derramada y el comestible de la carne del cordero significaban el salvo conducto que los protegería de la inminente muerte si acaso ellos no aplicaban la sangre y, tampoco, degustaban la carne asada del cordero.

Como ustedes reconocerán, tiempo después muchos de los israelitas, la mayoría, fustigó a Moisés para retornar, vuelta, a Egipto; aduciendo que, porque la peregrinación que ellos empezaban en el desierto –aparentemente- no les proveía para los alimentos, mejor era volver a Egipto (aun a costa de volver a ser esclavos); para, como ya el paladar de ellos se había acostumbrado, seguir degustando el habitual alimento que ellos acostumbraron comer durante 400 años de esclavitud: “Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos;” (Números 11:5); así, cuando ellos degustaron el cordero asado; tanto porque ellos, originariamente, eran cultores o criadores de ganado ovino; ahora, y con mayor razón, ellos debían degustar el cordero en este especial momento de sus vidas; en tanto, de esta manera, ellos estaban demostrando gustar del cordero; que, por bien de ellos, había sido degollado. Cuando ellos comían el cordero; con esto, ellos estaban declarando que lo estaban aceptando; y, de la misma manera; cuando, en la Cena del Señor, Él instituyó esta Santa Cena; comer de esta Cena: el pan y, después, la copa de vino; significaban que, quién comía de esta Cena, estaba aceptando, aprobando los términos, significado y sentido de la misma.

Como recordarán, durante la Cena, el Señor dijo:

26 Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. 27 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; 28 porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.

Mateo 26:26-28

Así; cuando los discípulos procedían a comer el pan partido, y beber de la copa; con esto, ellos estaban declarando, afirmando o confesando aceptar el sentido que el Señor daba a los elementos de la Cena. En el v. 28, el Señor afirma “esto es mi sangre del nuevo pacto”, y eso es lo que estábamos a punto de ver en ejecución, el establecimiento de un nuevo pacto; y, a diferencia del primer pacto, también con sangre, entre Yehováh e Israel, esta vez mediante la Sangre de un Justo; que, en tanto valemos más que los animales (Mateo 6:26; y Lucas 12:24), entonces debíamos ser comprados mediante mayor precio, la Sangre de Yeshúa el Cristo, y así lo afirmó el Apóstol Pedro:

18 sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, 19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, 20 ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros,

1 Pedro 1:18-20

En definitiva; cuando los discípulos comieron del pan partido y, después, tomaron de la copa; con esto, ellos estaban declarando estar conformes con el significado de los elementos que intervienen en la Cena: el pan y el vino; aceptando, mientras comían y bebían, el pacto que el Señor les estaba declarando; que, por causa de ellos (nosotros), Él fue partido, Él sangró. El Apóstol Pablo, en varias de sus enseñanzas, él nos da a entender que, cada cosa que el Señor Yeshúa hizo fue por nosotros, es más, él afirma que el Señor, ahora mismo y como Sumo (Máximo) Sacerdote, Él nos está representando en el cielo; y, tanto así es real esta representación Suya a favor de nosotros; que, en Efesios 2:6, el apóstol afirma que nosotros –ahora mismo- “nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”. ¡Aleluya! Y todo esto por razón de Su muerte, sepultura, resurrección y exaltación; porque, cuando Él obró todo esto, Él lo hizo en nuestro reemplazo, en representación nuestra.

Por lo mismo es muy vital que, cuando decidimos aceptar a Yeshúa o Jesús, por lo que Él hizo en nuestra representación, que decidamos ser bautizados en agua; y que, mientras somos bautizados o “sepultados” en agua, que el bautizador invoque el nombre del Señor Yeshúa (o Jesús), ¡NO EL NOMBRE DE UNA INEXISTENTE TRINIDAD!; porque, cuando lo hacemos tal y como fue la práctica en la Iglesia primitiva, naciente y llena del Espíritu Santo (lean, por favor, el libro de Hechos; y, allí, verán que, cada vez que un creyente fue bautizado, fue invocando el nombre del Señor Yeshúa o Jesús, nunca en “el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”; lo que, finalmente, quedó instituido desde el Concilio de Nicea; cuando, hombres malvados al interior de la Iglesia, y con el apoyo de un incrédulo como el Emperador Constantino, quitaron el bendito nombre de nuestro Señor Yeshúa de la práctica del bautismo y otras prácticas; como, por ejemplo, para echar fuera demonios, etc.

El Apóstol Pablo profetizó que lobos rapaces entrarían en la Iglesia, “que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos.” (Hechos 20:29-30); y, en 2 Tesalonicenses 2:7, él reconoció que ya, en aquel tiempo, ya estaba en acción “el misterio de la iniquidad”, lo que el Apóstol Santiago llama pecado:

y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.

Santiago 4:17

¿Qué es iniquidad? Esta palabra deriva del griego “anomos”, que se traduce como “no estar sujetos a la ley”; lo que, en nuestros días, en un juzgado civil, llamaríamos “prevaricato”; conocer la ley; pero, igual, no aplicarla, no practicarla.

Del mismo modo; éstos inicuos de hoy, saben que el Espíritu Santo se recibe por causa del nombre de Yeshúa o Jesús; pero, cuando bautizan a un nuevo creyente, solo invocan títulos de Dios, no el nombre que Él, el único Dios, Yehováh, usó en Su oficio como Hombre, como el Justo que pagó por nuestros pecados. Oh, ellos llaman “herejes” a quienes no creemos en la Trinidad, a quienes usamos el Nombre que es sobre todo nombre (Filipenses 2:9); pero, a mi entender, serían ellos los herejes con tamaña herejía de una Trinidad inexistente; contrariando lo que Yehováh mismo nos dijo, mediante Su profeta, “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Isaías 8:20); cuando la ley dice, con total claridad, “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.” (Deuteronomio 6:4); y el testimonio de los profetas: “5 Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, 6 para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, 7 que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto.” (Isaías 45:5-6).

El Apóstol Pablo, reconociendo la vitalidad del nombre de Yeshúa o Jesús, o como quiera que este nombre fue traducido y pronunciado entre los gentiles de entonces, enseñó el bautismo en este Nombre: “Yeshúa” o “Jesús”, no en títulos; porque, si acaso lo ignoran, el nombre del Señor en hebreo, Yeshúa, significa literalmente “Yehováh yoshía o salva”; por lo que, cuando se le dio el nombre al Salvador, Yeshúa (Mateo 1:21), con este nombre Él estaba declarando y reconociendo que la redención es de Yehováh o Jehová (Isaías 41:14; 44:24; y 54:5 y 8); y que, cuando somos bautizados, según él lo enseña en Romanos 6:3-4, nos estamos identificando o reconociendo nuestro vínculo con este Nombre; motivo por lo cual, tan pronto somos bautizados, tenemos autoridad para pedir y recibir el Espíritu Santo, la promesa de Su redención, de Su justificación, que realmente hemos creído en la provisión de Su salvación mediante este Nombre: Yeshúa o Jesús.

¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.

Romanos 6:3-4

De igual manera, cuando participamos de la Cena del Señor, comiendo el pan y bebiendo el vino, nos estamos identificando con Su bendito Cuerpo y preciosa Sangre; que las estamos aceptando, creyendo, admitiendo como importantes en la obra de redención a nuestro favor.

¿Qué vas a comer el día de hoy? Pescado, como es la tradición. Te animo a participar de Su Cena; y que, cuando celebren la Cena del Señor en tu iglesia local, o lo hagas en tu casa reunido con los tuyos, celebres nuestra Pascua en Cristo Yeshúa o Jesús (1 Corintios 5:7), nuestro Passover (en inglés); que, traducido, significa “pasar por alto”; porque, ciertamente, cuando Él murió por nuestros pecados, Él proveyó la única salida por la cual, Yehováh Dios, pasa por alto nuestros pecados, mediante Su juicio en Aquel que nos representó en la cruz, donde Él llevó nuestra maldición. ¡Aleluya!

a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,

Romanos 3:25

¿Saben? Yeshúa (o Jesús) es la verdadera Pascua; de lo cual, Israel solo tuvo el tipo y sombra. Amén.