lunes, 5 de marzo de 2018

BAUTISMO DE TRES HERMANOS EN EL RÍO CHILLÓN


A
yer, domingo 4 de marzo, tras el servicio dominical que empezó a las 10:30AM., ya al borde las 1PM, nos dispusimos acompañar al Hno. José Ballena, pastor en la iglesia que está en casa de la Hna. Rosa Mesías, para asistir al bautismo de tres jóvenes Hermanos quienes, en fe y obediencia, pidieron ser bautizados en el Nombre del Señor Jesús para, conforme a Romanos 6:3-11, identificarse o hacerse UNO con el Señor Jesús en toda Su obra redentora y de gloria:

3 ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?
4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.
5 Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección;
6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.
7 Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.
8 Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él;
9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él.
10 Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive.
11 Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.

E invocando el Nombre que es sobre todo nombre (Filipenses 2:9-11), ¡JESÚS!, para el perdón de sus pecados y que, de esta manera, esté disponible el Espíritu Santo para venir a residir en estos tres Hermanos (Hechos 2:38-39). Cómo lo podrán comprobar por el primer vídeo, titulado “Explorando por el lugar donde realizarse el bautismo, el bautismo de 3 Hermanos, en el Nombre del Señor Jesús”, varias Hermanas, entre ellas la candidata al bautismo, Hna. Elena Palomino, cruzaron uno de los causes del río, con relativa turbulencia para, desde una forma de islote, trasladarse hacia las aguas del bautismo, mientras las otras Hermanas adornaban la ceremonia de bautismo con alabanzas al Dios que nos permitió estos gloriosos momentos.

Seguidamente dejo algunas imágenes y vídeos que ilustran los hechos de ayer aunque, ya al final, y en domicilio de los Hermanos Kenny y Emma, no pude grabar la secuencia de alabanzas con que nos gozamos en la presencia de Dios, alabándolo como es digno hacerlo, por Su gracia y misericordia, por hacernos partícipes de la alegría y gozo en el corazón de estos tres Hermanos recientemente bautizados: Hna. Elena Palomino, Vladimir, y Nicolás León Hernández. Favor, recuérdenles en oración. Gracias.


Éste es el camino o corredor entre la Av. Trapiche
y el Río Chillón, lugar para el bautismo
Aquí el Hno. José Ballena, atrás otros Hermanos,
encaminándonos por el corredor hacia el Río Chillón
que, de la Av. Trapiche, no dista sino unos 700 metros

Al fondo observamos a algunas Hermanas; una
de ellas es la Hna. Linda, esposa del pastor quienes,
gozosas, acompañaron para el bautismo de los
tres Hermanos
Ya en el borde del Río Chillón, hallamos una poza o lagunilla,
pero lamentablemente nada profunda para el bautismo; por lo
que el grupo siguió explorando hasta ubicar el mejor lugar para este
rito de fe



Las Hermanas hicieron un generoso esfuerzo por empinarse
por sobre de unos montículos de piedra, que cercan el cause del río para,
desde allí, presenciar el bautismo de los Hermanos

Otra escena con las Hermanas, mientras soportan
estoicas el sol y calor que reinó la tarde de ayer

Unos pobladores, cercanos al río, lavando sus ropas, a la usansa
de la antigüedad, golpeándola contra las rocas. Fueron muy amables
para orientarnos el lugar mejor para el bautismo. Dios los recompense. Amén.


Ya en casa de los Hermanos Kenny y Emma,
en Puente Piedra, a donde los trasladamos para, a invitación de ellos,
degustar una riquísima merienda. ¡Gloria!





martes, 13 de febrero de 2018

Llamado al arrepentimiento


T
ras haber examinado cómo trataba Jesús a los individuos, y las parábolas que narró para ilustrar su verdad ante los discípulos, nos centramos ahora en el rico contenido doctrinal del mensaje que proclamaba a las multitudes. Aquí consideraremos los temas principales de sus discursos y compararemos el evangelio popularizado en nuestros días con las propias enseñanzas del Salvador. En el proceso, trataremos de obtener un entendimiento más claro de la terminología empleada por Jesús. La mayor parte de la controversia actual respecto al evangelio gira alrededor de unas pocas palabras clave, que incluyen arrepentimiento, fe, discipulado y Señor. En esta sección final, estudiaremos estos términos y veremos el uso que hizo Jesús de ellos.
Empezamos con un capítulo sobre el arrepentimiento, porque ahí es donde empezó el Salvador. Mateo 4:17 registra el principio del ministerio público de Jesús: “Desde entonces (después del encarcelamiento de Juan el Bautista) Jesús comenzó a predicar y a decir: “¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” Indiqué en el capítulo 4 que las palabras iniciales de su primer sermón caracterizaron todo el ministerio terrenal de Jesús. También hemos observado que él definió su objetivo como llamamiento a pecadores al arrepentimiento (Lúe. 5:32). El arrepentimiento es un tema reiterativo en todos los sermones públicos del Señor. Se enfrentaba con firmeza a las multitudes obstinadas y proclamaba: “Si no os arrepentís, todos pereceréis” (Lúe. 13:3, 5). 

¿Cuándo fue la última vez que escuchó presentar el evangelio en estos términos? No está de moda en el siglo veinte [hoy XXI] predicar un evangelio que exige arrepentimiento. ¿Cómo llegó a ser tan diferente el mensaje de hoy del evangelio según Jesucristo? Ya en 1937 el doctor H. A. Ironside señaló que la doctrina bíblica del arrepentimiento estaba siendo diluida por quienes deseaban excluirla del mensaje del evangelio. Escribió: “Hoy día, la doctrina del arrepentimiento es la nota perdida en círculos que, en muchos otros aspectos, son ortodoxos y fundamentalmente sanos.”1 Habló de “predicadores profesos de la gracia que, como los antiguos 'antinomianos', menosprecian la necesidad del arrepentimiento porque parece invalidar la libertad de la gracia”.2 El doctor Ironside, siendo él mismo un dispensacionalista, denunció la enseñanza de dispensacionalistas extremos en el sentido de que el arrepentimiento era para otros tiempos. También escribió: “Las solemnes palabras de nuestro Señor 'si no os arrepentís, todos pereceréis', son tan importantes hoy como cuando fueron pronunciadas por primera vez. Ningunas distinciones dispensacionales, aunque sean importantes para la comprensión e interpretación del trato de Dios con el nombre, pueden alterar esta verdad.”3
Ya en su día, Ironside reconoció los peligros de un credulismo fácil incipiente cuando dijo: “La predicación superficial que no se enfrenta con el hecho terrible de la pecaminosidad y culpabilidad del hombre 'mandando a todos los hombres, en todos los lugares, que se arrepientan', da por resultado conversiones superficiales; y por eso tenemos una gran cantidad de profesores de fácil palabra que no dan ninguna señal de regeneración. Charlan de salvación por gracia y no manifiestan ninguna gracia en sus vidas. Declaran a voces que son justificados por fe solamente y no recuerdan que 'la fe sin obras está muerta'; y que la justificación por obras ante los hombres no debe pasarse por alto como si estuviera en contradicción con la justificación por fe ante Dios.”4
No obstante, algunos dispensacionalistas continuaron promoviendo la idea de que predicar el arrepentimiento a los perdidos viola el espíritu y el contenido del mensaje del evangelio. Chafer, en su Teología sistemática, presenta el arrepentimiento como una de “las facetas más comunes de la responsabilidad humana que se añaden erróneamente con demasiada frecuencia al requerimiento único de fe o creencia”.5 Chafer señaló que la palabra arrepentimiento no se encuentra en el Evangelio de Juan y aparece en Romanos una sola vez. Hizo notar también que en Hechos 16:31 Pablo no dijo al carcelero de Filipos que se arrepintiera. Chafer consideró ese silencio como un “abrumador cuerpo de evidencia (aparentemente) clara de que el Nuevo Testamento no impone el arrepentimiento a los perdidos como condición para la salvación”.6

La eliminación del arrepentimiento

Hoy hay voces que continúan proclamando las mismas ideas. La Biblia de estudio Ryrie contiene una sinopsis de doctrina que incluye el arrepentimiento como “una adición falsa a la fe” cuando se hace de él una condición para la salvación, “excepto cuando (el arrepentimiento) se considera un sinónimo de fe”.7 Otro maestro influyente dice esencialmente lo mismo: “La Biblia requiere arrepentimiento para la salvación, pero arrepentimiento no significa apartarse del pecado, ni un cambio de conducta. . . El arrepentimiento bíblico es un cambio de mente o actitud respecto a Dios, a Cristo, a las obras muertas o al pecado.”8 Incluso un profesor de seminario escribe: “Arrepentimiento significa cambiar la propia mente, no la propia vida.”9
Estos escritores y otros han redefinido así el arrepentimiento en una forma que elimina sus ramificaciones morales. Lo consideran como un simple cambio de pensamiento sobre quién es Cristo.10 Esta clase de arrepentimiento no tiene nada que ver con alejarse del pecado ni con la renuncia al yo. Está totalmente exento de cualquier admisión de la culpa personal, cualquier intento de obedecer a Dios o cualquier deseo de verdadera rectitud.
Esa no es la clase de arrepentimiento que predicaba Jesús. Como hemos visto repetidamente, el evangelio según Jesucristo es tanto un llamamiento a abandonar el pecado como una invitación a la fe. Desde su primer mensaje hasta el último, el tema del Salvador era un llamado a los pecadores al arrepentimiento, y esto no quería decir sólo que cambiaran de pensamiento respecto a quién era él, sino también que se apartaran del pecado y de su yo para seguirle. Él nos manda predicar el mismo mensaje: “el arrepentimiento y la remisión de pecados” (Lucas 24:47).»

¿Qué es arrepentimiento?

El arrepentimiento es un elemento decisivo de la fe que salva,12 pero no debemos considerarlo simplemente como otra palabra para creer. La palabra griega para arrepentimiento es metanoia, de meta, “después” y noeo, “entender”. Literalmente significa “reflexión” o “cambio de mente”. Pero su significado bíblico no acaba ahí.13 El uso de metanoia en el Nuevo Testamento siempre alude a un cambio de propósito y, específicamente, a un abandono del pecado.14 En el sentido en que Jesús lo usaba, arrepentimiento requiere el repudio de la vieja forma de vida [“la pasada manera de vivir” de Efesios 4:22] y acudir a Dios en busca de salvación.15 
Un cambio de propósito así es lo que Pablo tenía en mente cuando explicaba el arrepentimiento a los tesalonicenses. “Os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tes. 1:9). Nótense los tres componentes del arrepentimiento: volverse a Dios; apartarse del pecado; intento de servir a Dios. Ningún cambio de mente puede llamarse verdadero arrepentimiento sin incluir los tres elementos. El hecho simple, pero demasiadas veces pasado por alto, es que un verdadero cambio de mente [o arrepentimiento] da necesariamente por resultado un cambio de conducta.
Arrepentimiento no es simplemente avergonzarse o sentir tristeza por el pecado, aunque el auténtico arrepentimiento incluye siempre el elemento de remordimiento.16 Es un cambio de dirección de la voluntad humana, una decisión encaminada a abandonar toda injusticia y procurar en su lugar la rectitud.
El arrepentimiento tampoco es una obra meramente humana. Como cualquier elemento de la redención, es un don otorgado por Dios en su soberanía. La iglesia primitiva, al reconocer la autenticidad de la conversión de Cornelio concluyó: “¡Así que también a los gentiles Dios ha dado arrepentimiento para vida!” (Hech. 11:18; ver Hech. 5:31). Pablo escribió a Timoteo que corrigiera con mansedumbre a los que se oponían a la verdad, “por si quizás Dios les conceda que se arrepientan para comprender la verdad” (2 Tim. 2:25). Si Dios es quien otorga el arrepentimiento, éste no puede ser considerado una obra humana.
Sobre todo, el arrepentimiento no es un intento previo a la salvación destinado a poner en orden nuestra vida. El llamado al arrepentimiento no es un mandato a poner en orden los pecados antes de acudir a Cristo en fe. Es más bien un mandamiento a reconocer la pecaminosidad propia y odiarla, volverle la espalda, acudir a Cristo y abrazarle con plena devoción. Como escribió J. I. Packer: “El arrepentimiento que Cristo requiere de su pueblo consiste en renunciar definitivamente a ponerle límites a los reclamos que él pueda hacer a sus vidas.”17
El arrepentimiento tampoco es simplemente una actividad mental; el verdadero arrepentimiento comprende el intelecto, las emociones y la voluntad.18 Geerhardus Vos escribió: “La idea de nuestro Señor en cuanto al arrepentimiento es tan profunda e integral como su concepto de la justicia. De las tres palabras usadas en los Evangelios (en griego) para describir el proceso, una enfatiza el elemento emocional de pesar, tristeza por la forma pecaminosa de vivir en el pasado, metamélomai, Mateo 21:29-32; otra expresa el cambio total de actitud mental, metanoéo, Mateo 12:41; Lucas 11:32; 15:7, 10; la tercera denota un cambio de dirección en la vida, una meta sustituida por otra, epistréfomai, Mateo 13:15 (y paralelos); Lucas 17:4; 22:32. El arrepentimiento no está limitado a ninguna facultad particular de la mente. Abarca todo el hombre: intelecto, voluntad y afectos. . . Además, en la vida nueva que sigue al arrepentimiento, el principio de control es la absoluta supremacía de Dios. El que se arrepiente se vuelve del servicio a las riquezas y del yo al servicio a Dios.”19
Intelectualmente, el arrepentimiento empieza con el reconocimiento del pecado y la conciencia de que somos pecadores, de que nuestro pecado es una afrenta al Dios santo y, más concretamente, de que somos responsables personalmente de nuestras propias culpas. El arrepentimiento que lleva a salvación debe incluir asimismo el reconocimiento de quién es Cristo juntamente con la aceptación de que tiene el derecho de gobernar nuestras vidas.
Emocionalmente, el auténtico arrepentimiento va frecuentemente acompañado de un sentimiento abrumador de pesar. Este pesar o tristeza no es en sí arrepentimiento; se puede estar apesadumbrado o avergonzado sin estar verdaderamente arrepentido. Judas, por ejemplo, sintió remordimiento (Mat. 27:3), pero no estaba arrepentido. El joven rico se fue triste (Mat. 19:22), pero no estaba arrepentido. No obstante, la pesadumbre puede conducir a un verdadero arrepentimiento. En 2 Corintios 7:10 dice: “la tristeza que es según Dios genera arrepentimiento para salvación, de que no hay que lamentarse”. Es difícil imaginar un verdadero arrepentimiento que no incluya un elemento de tristeza, no una tristeza por haber sido descubierto, ni a causa de las consecuencias; sino un sentido de angustia por haber pecado contra Dios. En el Antiguo Testamento el arrepentimiento se mostraba con vestido de cilicio y cenizas, los símbolos de luto (ver Job. 42:6; Jonás 3:5, 6).
Volitivamente, el arrepentimiento incluye un cambio de dirección, una transformación de la voluntad. Lejos de ser solamente un cambio mental, constituye un deseo, más bien determinación, de abandonar la desobediencia obstinada y rendir la voluntad a Cristo. Como tal, el arrepentimiento genuino inevitablemente da por resultado un cambio de conducta. El cambio de conducta no es arrepentimiento de por sí, pero es el fruto que por seguro producirá el arrepentimiento [“Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mateo 3:8; Lucas 3:8)]. Donde no hay diferencia observable de conducta, no se puede confiar en que haya habido arrepentimiento (Mat. 3:8; ver 1 Jn. 2:3-6; 3:17).
El verdadero arrepentimiento cambia el carácter del hombre total. Como dice D. Martyn Lloyd-Jones: “Arrepentimiento significa que uno se da cuenta de que es culpable, un vil pecador en la presencia de Dios, que merece la ira y el castigo de Dios; que se dirige hacia el infierno. Significa empezar a darse cuenta de que eso que se llama pecado está en uno, que uno anhela verse libre de él y le da la espalda en todas sus formas. Uno renuncia al mundo cualquiera que sea el costo, el mundo en su mentalidad y perspectiva tanto como en la práctica; y se niega a sí mismo, toma su cruz y sigue a Cristo. Sus más allegados e íntimos, y el mundo entero, pueden considerarle a uno necio, o decir que tiene una manía religiosa [fanático, cucufato, etc.]. Puede ser que uno tenga que sufrir pérdidas financieras, pero no importa. Eso es arrepentimiento.”20
El arrepentimiento no es un acto de una sola vez. El arrepentimiento que tiene lugar en la conversión inicia un proceso de confesión progresivo de por vida (1 Jn. 1:9). Esta actitud activa y continua de arrepentimiento produce la pobreza de espíritu, el llanto y la mansedumbre de que habla Jesús en las bienaventuranzas (Mat. 5:3-5). Es una señal de un verdadero cristiano.

El fruto de arrepentimiento

Cuando Jesús predicaba: “¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” (Mat. 4:17), aquellos que le oían entendían el mensaje. Con su rica herencia en las enseñanzas del Antiguo Testamento y las rabínicas, sus oyentes no tendrían duda sobre el significado de arrepentimiento. Sabían que estaba llamando a mucho más que a un simple cambio de manera de pensar o a un nuevo concepto de quién era él [El único concepto que se esperaba que los judíos tuvieran acerca de Jesús, era que creyeran que Él era el profeta prometido para ellos; lo que los acondicionaría para oír atentamente al Señor]. Para ellos arrepentimiento significaba una completa rendición de su voluntad y un cambio de conducta total: una nueva forma de vida, no sólo una opinión diferente. Se daban cuenta de que les estaba llamando a admitir sus pecados y apartarse de ellos, para ser convertidos, para dar la vuelta, abandonar el pecado y el egoísmo y seguirle.
Después de todo, el concepto judío de arrepentimiento estaba bien desarrollado. Los rabinos sostenían que Isaías 1:16, 17 describe nueve actividades relacionadas con el arrepentimiento: “Lavaos, limpiaos, quitad la maldad de vuestras acciones de delante de mis ojos. Dejad de hacer el mal. Aprended a hacer el bien, buscad el derecho, reprended al opresor, defended al huérfano, amparad a la viuda.” Fijémonos con cuidado en la progresión: Empezando con una limpieza interna, el arrepentimiento se manifiesta a continuación en actitudes y acciones.
El Antiguo Testamento está lleno de verdades sobre el arrepentimiento. Ezequiel 33:18, 19 dice por ejemplo: “Si el justo se aparta de su justicia y hace injusticia, por ello morirá. Y si el impío se aparta de su impiedad y practica el derecho y la justicia, por ello vivirá.” En 2 Crónicas 7:14 encontramos una descripción familiar de arrepentimiento: “si se humilla mi pueblo sobre el cual es invocado mi nombre, si oran y buscan mi rostro y se vuelven de sus malos caminos, entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra”. Isaías 55:6, 7 presenta la invitación del Antiguo Testamento a la salvación; y el arrepentimiento es un elemento clave: “¡Buscad a Jehovah mientras puede ser hallado! ¡Llamadle en tanto que está cercano! Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos. Vuélvase a Jehovah, quien tendrá de él misericordia; y a nuestro Dios, quien será amplio en perdonar.” Jonás 3:10 dice: “Dios vio lo que hicieron, QUE SE VOLVIERON DE SU MAL CAMINO, y desistió del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo.”
Veamos con atención este versículo de Jonás. ¿Cómo valoró Dios el arrepentimiento de los ninivitas? Por sus hechos. No fue porque él leyera sus pensamientos o escuchara sus oraciones, pese a que un Dios omnisciente pudo sin duda ver la sinceridad de su arrepentimiento. Pero él buscaba obras de justicia.
Juan el Bautista exigió también ver buenas obras como prueba de arrepentimiento. Predicó el mensaje de arrepentimiento aun antes de que Jesús iniciara su ministerio (ver Mat. 3:1, 2). La Biblia dice que cuando los religiosos hipócritas acudieron a Juan el Bautista para ser bautizados, “les decía: '¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento'” (Mat. 3:7, 8). ¡Vaya saludo! Era muy distinto a decir: “Señoras y caballeros, aquí están nuestros queridos líderes.” No sabemos por qué fueron para ser bautizados, pero evidentemente sus motivos no eran correctos. Tal vez trataban de ganar el favor del pueblo o asociarse a la popularidad de Juan. Cualesquiera que fueran sus razones, no estaban realmente arrepentidos y Juan se negó a aceptar sus propósitos. Por el contrario les condenó como falsos religiosos.
¿Por qué fue Juan tan brusco? Porque aquellos hipócritas estaban envenenando a toda una nación con su engaño fatal. Nada, a juzgar por su conducta, indicaba que estuvieran realmente arrepentidos. La lección crítica aquí es que si el arrepentimiento es auténtico, podemos esperar que produzca resultados visibles.
¿Cuáles son los frutos del arrepentimiento? Esta es la pregunta que hicieron los publícanos a Juan el Bautista (Lucas 3:12). La respuesta de Juan fue: “No cobréis más de lo que os está ordenado” (v. 13). A unos soldados que le hicieron la misma pregunta les contestó: “No hagáis extorsión ni denunciéis falsamente a nadie, y contentaos con vuestros salarios” (v. 14). En otras palabras, ha de haber un cambio sincero en la propia forma de vida. Uno que está auténticamente arrepentido dejará de hacer lo malo y empezará a vivir rectamente. Además de un cambio de mente y actitud, el verdadero arrepentimiento inicia un cambio de conducta.
El apóstol Pablo consideraba también las buenas obras como prueba de arrepentimiento. Nótese la descripción de su ministerio al rey Agripa: “no fui desobediente a la visión celestial. . . a los gentiles, les he proclamado que se arrepientan y se conviertan a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hech. 26:19, 20). El que los verdaderos creyentes han de mostrar su arrepentimiento mediante una conducta adecuada era evidentemente un elemento crucial en el mensaje de Pablo.21

El evangelio y el arrepentimiento

El arrepentimiento ha sido siempre el fundamento del llamamiento bíblico a salvación. Cuando Pedro hizo la invitación evangélica en Pentecostés, en la primera evangelización pública de la era de la iglesia, el arrepentimiento estaba en el centro de su mensaje: “Arrepentíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados” (Hech. 2:38). Ninguna evangelización que omita el mensaje de arrepentimiento puede llamarse con propiedad evangelio, porque los pecadores no pueden acudir a Jesucristo sin un cambio radical de corazón, mente y voluntad [una crisis por razón del pecado a renunciar, aborrecer, abandonar]. Esto requiere una crisis espiritual que lleve a un giro total y, finalmente, a una transformación completa. Esta es la única clase de conversión reconocida por la Biblia.22
En Mateo 21:28-31 Jesús utilizó una parábola para ilustrar la hipocresía de una profesión de fe sin arrepentimiento: “¿Pero, qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: 'Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.' Él contestó y dijo: 'No quiero.' Pero después, cambió de parecer y fue. Al acercarse al otro, le dijo lo mismo; y él respondió diciendo: '¡Sí, señor, yo voy!' Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?”
Podemos preguntarnos por qué este relato no incluye un tercer hijo que dijera: “yo voy”, y cumpliera su palabra. Tal vez sea porque el relato representa a la humanidad, y todos nos quedamos cortos (ver Rom. 3:23). Por ello Jesús sólo pudo describir dos clases de personas religiosas: las que dicen ser obedientes pero en realidad son rebeldes, y las que empiezan como rebeldes pero se arrepienten [o cambian de parecer respecto el mandamiento o instrucción dada].
Jesús pronunció la parábola para beneficio de los fariseos, que no se veían a sí mismos como pecadores y desobedientes. Cuando les preguntó cuál de los hijos hizo la voluntad de su padre, contestaron correctamente: “El primero” (Mat. 21:31). Al admitir esto, se condenaron a sí mismos por su propia hipocresía. ¡Cómo debe haberles dolido la reprensión de Jesús! “De cierto os digo que los publícanos y las prostitutas entran delante de vosotros en el reino de Dios” (v. 31). Los fariseos vivían en la ilusión de que Dios les aprobaba porque hacían gran ostentación de su religión. El problema consistía en que sólo era un espectáculo. Eran como el hijo que dijo que obedecería, pero no lo hizo. Su pretensión de que amaban a Dios y guardaban su ley no valía nada. Aquellos fariseos eran como muchos hoy que dicen que creen en Jesús pero se niegan a obedecerle. Su profesión de fe es vana. A menos que se arrepientan, perecerán.
Los publícanos y las prostitutas entraban más fácilmente que los fariseos en el reino porque estaban más dispuestos a reconocer sus pecados y arrepentirse de ellos. Ni siquiera el peor de los pecados puede dejar a un pecador fuera del cielo si éste se arrepiente. Por otra parte, hasta el más impresionante fariseo que atesore sus pecados y se niegue a reconocerlos y arrepentirse de ellos estará excluido del reino. No hay salvación sin el arrepentimiento que rechaza el pecado.
Hay muchos hoy que oyen la verdad de Cristo e inmediatamente responden como el hijo que dijo que obedecería y no lo hizo. Su respuesta positiva a Jesús no les salvará. El fruto de sus vidas muestra que no se han arrepentido realmente. Pero hay algunos que dan la espalda al pecado, a la incredulidad y a la desobediencia, y aceptan a Cristo con fe obediente. El suyo es arrepentimiento verdadero, que se manifiesta por los frutos de justicia que produce. Ellos son verdaderamente justos (1 Ped. 4:18). Esa es la meta final del evangelio según Jesucristo. 


Sección del capítulo “Jesús Define Su Evangelio”, del libro El Evangelio Según Jesucristo, del Dr. John F. MacArthur

jueves, 25 de enero de 2018

Creed a Sus profetas, y seréis prosperados

Y cuando se levantaron por la mañana, salieron al desierto de Tecoa. Y mientras ellos salían, Josafat, estando en pie, dijo: Oídme, Judá y moradores de Jerusalén. Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados.
2 Crónicas 20:20

La prosperidad siempre ha sido una razón u objetivo por lo cual vivir. Hoy la prosperidad está enfocado en lo económico pero, en días Bíblicos, el hombre o mujer de Dios buscó en esta prosperidad la gloria de Dios, porque él sabía que, cuando Dios era glorificado (mostrando Dios que Su Palabra no falla o fallará), éste participaría de esta gloria o prosperidad. El Señor Jesús dijo “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.” (Mateo 24:35); esto es “nunca dejarán de ser eficaces”, como se dice en Hebreos 4:12: “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz…”. Así, toda vez que un hombre, pueblo o iglesia tomó en serio la Palabra de un profeta de Dios, vindicado ser genuinamente Su profeta, creyéndola y haciéndola, éste prosperó.

10 Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come,
11 así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.
Isaías 55:10-11

Si queremos prosperad, debemos tomar en serio, creerla y hacerla, la Palabra de Dios.

Sin embargo, en estos últimos tiempos se están levantando falsos profetas, por lo que somos instruidos a no creer a todo espíritu, sino a probarlos si son de Dios; “porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” (1 Juan 4:1).

En Deuteronomio 13:1-5 se nos advierte, inclusive, que un profeta pudiera mostrar señales que –aparentemente- lo vindicarían como profeta (el don de profeta, como Balaam, por ejemplo) pero que, si este profeta guiaba hacia otros dioses, no deberíamos dar oído a este falso profeta. Hemos sido enseñados que Dios es Su Palabra (Juan 1:1); así, hay falsos profetas –prácticamente- guiando a las gentes a otros dioses, cuando trazan mal las Escrituras con interpretaciones privadas, trayendo frustración y maldición al pueblo.

Cuando Jehová Dios sacó a Israel de Egipto, les dio mandamientos (leyes) y, sobre la base de esta ley, Él estableció un pacto con Israel; bendiciéndolos si obedecían Sus mandamientos, y maldiciéndolos si desobedecían (Deuteronomio 28; 7:12-24; Levítico 26:3-46); y, porque Jehová amó a Israel, Él les envió –vez tras vez- profetas para mantenerlos en el pacto de Sus bendiciones, además que les anticipó la venida del Mesías príncipe (Daniel 9:25) y la gloria subsecuente tras esta visitación.

En Hechos 3:22-26, el apóstol Pedro les declara que el Señor Jesús fue el cumplimiento a la profecía de Deuteronomio 18:15-22 y que, por consiguiente, ellos (Israel) debían oír las palabras de este Profeta de profetas, al Señor Jesús, atendiendo a las enseñanzas, promesas y profecías que Él dejó a lo largo de Su ministerio de 3.5 años. En Juan 17:8, el Señor, orando al Padre, dice: “porque las palabras que me diste, les he dado [a los discípulos]; y ellos las recibieron…”; por consiguiente, y porque estos discípulos oyeron, creyeron y obedecieron a su Señor, a este Profeta de profetas, vindicado con señales irrefutables para mostrarlo como aquel Profeta prometido que había de venir (Mateo 11:1-6; Isaías 35:5-6; 61:1), Dios vindicó a estos discípulos dándoles el Espíritu Santo de la promesa. Todos los que oyeron, creyeron y obedecieron al Señor Jesús, recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés y, en Hechos 2:39, el apóstol nos asegura que la misma experiencia es “para cuantos el Señor nuestro Dios llamare”, y Él está llamando aún hoy; prosperando la fe de todos los que creen Su Palabra.

En Mateo 28:20, el Señor les dijo a Sus apóstoles, “enseñándoles que guarden todas las cosas [Su Palabra] que os he mandado”; y todo cuanto Él mandó está contenido en los Evangelios. El Hermano Branham enseña que el libro de los Hechos se sostiene en los Cuatro Evangelios:

353 Ahora, oí a un gran maestro no hace mucho, dijo, el...uno...un gran hombre, un buen hombre, lo conocí, estreché su mano, un buen hermano. Él dijo: “Pero los Hechos de los apóstoles fueron sólo la armazón para la Iglesia”. ¡Ja! En otras palabras, él tenía la armazón aquí afuera, ¿ven? Cuando, los Hechos de los apóstoles estaban adentro, y estos Evangelios son el armazón para mantenerlo unido y protegerlo. Ven cómo la—la—la mente de un hombre puede hacer cualquier cosa. Yo hubiera pensado lo mismo si no fuera por El. ¿Ven?
354 La armazón, pentecostés no fue la armazón del Evangelio. ¡Los cuatro Evangelios son la armazón para respaldar a pentecostés! Después de que ellos tenían armada esta armazón, pentecostés vino a existencia. ¿Es correcto eso? ¿Cuál fue escrito primero, el Libro de los Hechos o los—o los apóstoles? Los apóstoles. Jesús anduvo haciendo obras y prediciendo lo que vendría, y Mateo, Marcos, Lucas, y Juan, esos cuatro guardias vinieron y estaban escribiendo todo lo que ellos veían suceder, contándolo exactamente como es, cómo iba a suceder, qué iba a suceder. Entonces al mismo tiempo ellos la armaron por todos lados, ¡y aquí venía! ¡Amén! Mateo, Marcos, Lucas, y Juan, son la armazón, o la obra de guardia que protege el templo principal, el Trono, la Bendición pentecostal.
61-0108 Apocalipsis Capítulo 4, Parte 3, Jeffersonville, Indiana.

Dándonos a entender que fueron las enseñanzas del Señor, a lo largo de Sus 3.5 años de ministerio, y registrados en los Cuatro Evangelios, lo que produjo la gloriosa Iglesia del libro de los Hechos, con el advenimiento del Espíritu Santo el día de Pentecostés y que, cuando Él instruye a Sus apóstoles y discípulos a enseñar Sus enseñanzas, esto permite que Su promesa y gloria estén igualmente disponibles ahora para todos nosotros. ¿Qué tenemos que hacer, entonces? Como ellos, allá en Israel y a lo largo de Su ministerio, tenemos que oír (leer), creer y obedecer Su Palabra porque, como con Moisés bajo la ley, las palabras del Señor Jesús son el fundamento de un Nuevo Pacto –ahora- en Su bendita Sangre, un mejor pacto con mejores promesas, para prosperar –tanto- nuestras vidas al punto de llevarnos de gloria en gloria, como en la mismísima imagen de Su Hijo, Jesucristo, hasta llegar a ser semejantes a Él en gloria, como nos es prometido en 1 Juan 3:2-3. Las cartas apostólicas, y el libro del Apocalipsis, están fundados en las enseñanzas del Señor Jesús, del Profeta prometido a Israel, cuya Sangre limpia de pecado tanto a judíos como a gentiles, a nosotros.

Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.
Efesios 2:20

“Creed a Sus profetas, y seréis prosperados” (2 Crónicas 20:20b), sigue vigente hasta hoy, siempre y cuando este profeta, y todo maestro, nos guíen a las enseñanzas –incontaminadas- de nuestro Señor y Dios Jesucristo y cartas apostólicas, única manera de ser prosperados; porque ellos, como Sus apóstoles y, conforme a Sus instrucciones, transmitieron la encomienda del Señor: “enseñándoles que guarden todas las cosas [Su Palabra] que os he mandado”; para, como ellos y los 120 en Pentecostés, y toda la gloriosa iglesia del primer siglo, recibir la promesa del Espíritu Santo, la seguridad de la Presencia de Dios entre Sus santos, para el cumplimiento de Sus promesas y profecías pendientes por cumplirse para Su gloria, prosperando Su Palabra entre nosotros, para la prosperidad de nuestras almas en fe santificadora y piadosa. Amén.

¡Shalom!

martes, 2 de enero de 2018

El Diezmo

No es un Mandamiento para la Iglesia del Nuevo Pacto

L
a palabra diezmo proviene del hebreo maasér, maasor o maasrá, que se traduce como  décima [parte], diezmar o diezmo; y, desde la data de la ley a Israel, por mano del profeta Moisés, fue un mandamiento exclusivo para esta nación de parte de Jehová Dios.

22 Indefectiblemente diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año. 23 Y comerás delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere para poner allí su nombre, el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y las primicias de tus manadas y de tus ganados, para que aprendas a temer a Jehová tu Dios todos los días. 24 Y si el camino fuere tan largo que no puedas llevarlo, por estar lejos de ti el lugar que Jehová tu Dios hubiere escogido para poner en él su nombre, cuando Jehová tu Dios te bendijere, 25 entonces lo venderás y guardarás el dinero en tu mano, y vendrás al lugar que Jehová tu Dios escogiere; 26 y darás el dinero por todo lo que deseas, por vacas, por ovejas, por vino, por sidra, o por cualquier cosa que tú deseares; y comerás allí delante de Jehová tu Dios, y te alegrarás tú y tu familia. 27 Y no desampararás al levita que habitare en tus poblaciones; porque no tiene parte ni heredad contigo. 28 Al fin de cada tres años sacarás todo el diezmo de tus productos de aquel año, y lo guardarás en tus ciudades. 29 Y vendrá el levita, que no tiene parte ni heredad contigo, y el extranjero, el huérfano y la viuda que hubiere en tus poblaciones, y comerán y serán saciados; para que Jehová tu Dios te bendiga en toda obra que tus manos hicieren. (Deuteronomio 14:2-29).

Según Levítico 27:30-34, era del usufructo de los frutos de la tierra y el ganado, dedicados a Jehová; mismo que era entregado a los hijos de Leví (Números 18:21), lo que sería heredad para ellos, la tribu de Leví (v. 24), en tanto a ellos no les correspondió heredad de tierras para labrarla para sostenimiento de ellos. “Yo [Jehová] soy tu parte y tu heredad, en medio de los hijos de Israel.” (Números 18:20). A los levitas les correspondió el privilegio de ministrar en el tabernáculo, después en el templo, delante de Jehová Dios, intercediendo por el pueblo por sus iniquidades.

Como lo podemos ver, el diezmo obedeció a una necesidad espiritual y nacional, en tanto los hijos de Leví (o tribu de Leví) no recibieron tierra como heredad y, porque de esta tribu se levantó el sacerdocio para ministrar en el tabernáculo (templo), en favor del pueblo y delante de Jehová, dedicados para proveer el sacerdocio, fue justo y necesario que Dios ordenara al resto de Israel diezmar a favor de la tribu de Leví o los levitas.

En Deuteronomio 12:19, Moisés exhorta a Israel, diciéndoles “Ten cuidado de no desamparar al levita en todos tus días sobre la tierra.” (También en Deuteronomio 14:27).

El hecho es que Israel no cumplió con diezmar según la ley de este pacto, que ellos, todo Israel hubo aceptado con un: “Haremos todas las palabras que Jehová a dicho.” (Éxodo 24:3), y “Haremos todas las cosas que Jehová a dicho, y obedeceremos.” (v. 7), por lo que el profeta Malaquías reprendió a toda la nación de Israel:

8 ¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. 9 Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. 10 Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. (Malaquías 3:8-10).

Pero Dios NUNCA celebró este pacto, sobre la ley, con la Iglesia Gentil, no; es más, según las palabras del Señor Jesús en la última cena, “Ésta es la Sangre del Nuevo Pacto” (Mateo 26:28; Marcos 14:24; Lucas 22:20 y 1 Corintios 11:25), nuestra relación con Dios está basado en OTRO PACTO, distinto y superior al Antiguo Pacto, sobre la base de la Sangre de nuestro Señor y, por consiguiente, Él no nos puede demandar el cumplimiento de un diezmo que Él jamás ha pactado con nosotros, la Iglesia Gentil, la Iglesia de Jesucristo, y menos maldecirnos por un supuesto incumplimiento.

En tiempos de la ley, los judíos (donde estaba edificado el templo) edificaron alfolíes, graneros, almacenes o bodegones para depositar allí el producto del diezmo recaudado y, según estudiosos, estarían edificados contiguos al templo, no dentro del templo, pero adyacentes al templo. Aquí es necesario aclarar que, en tiempo del libro de los Hechos, la iglesia naciente NO edificó edificios donde congregar, como los hay hoy, sino que congregaban en casa de los fieles quienes, de su corazón, daban un ambiente de su casa con este propósito; y que es, ya en el siglo IV, con la unión de la naciente iglesia católica y el estado romano, que se empiezan a construir edificios para la iglesia, a los cuales se les llamó templos, cuando la verdad es que la Iglesia o los redimidos del Señor somos el único y verdadero templo para el Dios Vivo (1 Corintios 3:16-17; 6:19-20; 1 Pedro 2:4-5). Por consiguiente, en días de la iglesia primitiva o en el libro de los Hechos, el concepto de un alfolí o almacén o depósito o bodegón nunca fue considerado a la manera que fue bajo la ley [de Moisés]. El único concepto que se administró para sostén de la Iglesia (los santos, necesidades inherentes y circunstanciales)) fue la ofrenda.

En días del Señor Jesús, entendiendo que Él fue un súbdito de la ley y que, por lo tanto, estaba obligado a cumplirla, como todo israelita y judío, es entendible que Él dijera “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.” (Mateo 5:17) porque, si Él hubiera dicho lo contrario, conforme a la ley Él debería haber sido apedreado. Algunos aducen, por Mateo 23:23, que el Señor estaría confirmando el mandamiento del diezmo para la Iglesia pero, una vez más, debemos recordar que Él fue enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mateo 15:24), Él fue profeta para Israel y, en ese contexto, Él no pudo sino vindicar la ley para ellos, por lo expuesto en Mateo 5:17-20.

Y ya durante la iglesia naciente, en el libro de los Hechos, no vemos que los apóstoles hayan reclamado del pueblo diezmos, sino ofrendas voluntarias porque, si Pedro, Juan o Jacobo hubieran solicitado diezmos, cuando éstos se daban única y exclusivamente a los sacerdotes en el templo, bajo la ley (el sacerdocio participaba de los diezmos y ofrendas, aunque eran destinados primordialmente para la tribu de Leví, los levitas), ellos habrían sido denunciados con justicia ante el sanedrín por prevaricato contra la ley e, inmediatamente, igualmente apedreados. En Hebreos 8:3-4 se nos da a entender que el Señor Jesús, “si [aún Él] estuviera sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo aún sacerdotes que presentan las ofrendas según la ley”; por lo que solicitar diezmos en los días de Su carne, y después, en una nación donde ya los sacerdotes conformes a la ley recibían diezmos y ofrendas, sería una duplicidad del mandamiento que habría sido observado por el sacerdocio judío, desnaturalizando el sentido que Dios quiso darle por razón de la tribu de Leví y el servicio en el templo. Es evidente que, durante la iglesia naciente, no hubo diezmo, tanto en Jerusalén como en las iglesias establecidas entre los gentiles porque, de haber existido esa práctica del diezmo entre ellos, habría habido un fondo para las necesidades de los santos en Jerusalén que, porque no hubo esta práctica, propuso a los santos en las iglesias gentiles a solidarizarse con los santos en Jerusalén, OFRENDANDO, no diezmando.

El Hermano Branham fundamenta el diezmo para la Iglesia, hoy, en el testimonio de Abraham quién, efectivamente, dio diezmo a Melquisedec aún antes de la data de lay y, por consiguiente, bajo gracia, para argumentar que igualmente debe ser para nuestro régimen de gracia, hoy; pero, si el testimonio de Abraham fuera ejemplo a seguir por la Iglesia, su nieto Jacob no lo hubiera condicionado a su prosperidad; si el testimonio o ejemplo de su abuelo Abraham es la norma a seguir, él debió diezmar próspero o no, sí o sí, como lo exigen hoy los ministros (pastores y “apóstoles”) de muchas iglesias denominacionales, que se diezme aún de la pobreza del congregante, gravándolos hasta la angustia aduciendo que, si no lo hacen, son malditos, conformes a Malaquías 3:9, cuando fallan en reconocer que esta maldición fue en razón de que Israel falló al pacto que acordaron respetar y guardar para su prosperidad. Así, los testimonios de Abraham y Jacob (Israel) son casos aislados, y los apóstoles ni los mencionan para sostener el diezmo como un mandamiento para la Iglesia de Jesucristo; por lo que podemos concluir que los diezmos de Abraham y Jacob fueron voluntarios; el de Abraham como un reconocimiento que su victoria se debió a la intervención de Dios, “y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemigos en tu mano. Y le dio Abram los diezmos de todo.” (Génesis 14:20. En Hebreos 7:4, el apóstol aclara el concepto del “todo” de Génesis 14:20, lo que él llamó “botín” que, conforme al diccionario de la RAE significa “hist. Despojo que se concedía a los soldados como premio de conquista, en el campo [de batalla] o plazas enemigas.”); mientras que el de Jacob como resultado de un voto o promesa a Jehová Dios (Génesis 28:18-22; 35:1-15); pero que, llegada la ley, esta voluntariedad se convirtió en mandamiento y obligación por razón de la necesidad de apoyar –con el diezmo- a la tribu de Leví, dedicada por completo a proveer el sacerdocio para ministrar en el tabernáculo y, tiempo después, en el templo.

El Hermano Branham cita una porción de una crónica del siglo II donde, aunque la cita es para respaldar que las reuniones de iglesia fueron en el día de domingo, allí justamente hallamos –igualmente- respaldo para reconocer cómo se procedía para el sostenimiento de la Iglesia (los santos y otras necesidades), mediante las ofrendas y, más aún, de quiénes lo daban:

“…Aquí está lo que dijo Justino, en el segundo siglo: “El día domingo se reúnen todos aquellos que viven en las ciudades y en las aldeas, y se lee una porción de los escritos y las biografías de los apóstoles, hasta donde el tiempo permite. Cuando se termina la lectura, el que preside da un discurso en el que amonesta y exhorta a que se deben de imitar esas cosas tan nobles. Después nos ponemos todos de pie para orar unánimes. Al terminar la oración, como ya hemos dicho, nos presentan el pan y el vino y se ofrece el agradecimiento, y la congregación responde con ‘Amén.’ Luego el pan y el vino se distribuyen a cada uno, de lo cual todos participan, y los diáconos les llevan a los ausentes. Luego los pudientes y los que tienen el deseo, contribuyen voluntariamente y esta colección se entrega al que preside, de donde él ayuda a los huérfanos, las viudas, los prisioneros y los extranjeros con necesidad.” (Las Edades, Pág. 39 y 40, Párr. 19).

Como ya lo hemos leído en otros tratados sobre el tema, el diezmo volvió a considerarse a fines del siglo XVIII, por mandamiento de hombres, (favor, lea el tratado del Rev. Amós Ortiz, La Historia de Diezmar el Ingreso), pero sin considerar el estudio que hoy demuestra, a saciedad, que este concepto no lo prescribió el Señor Jesús, ni ninguno de Sus apóstoles, para Su Iglesia; y, desde entonces, el diezmo ha ido trasmitiéndose tradicionalmente, no como mandato de Dios y hoy, inclusive, de tal forma que va, no a un alfolí o su símil, que vendría a ser un tesoro o tesorero en la iglesia local, sino a los bolsillos de hombres inescrupulosos que hacen mercancía de la fe, del Evangelio, y de la ignorancia de un pueblo que no lee su Biblia, en oración, para hallar la verdad del asunto que nos ocupa. Como bien lo dijo un ministro, “es por ignorancia o por viveza de ministros, cualesquiera de los dos casos.” Vale recalcar que el diezmo SIEMPRE fue en especies (productos del campo y/o animales), NUNCA EN DINERO; y que, cuando el adorador no podía llevar su diezmo a Jerusalén (productos del campo y/o animales), por lo distante; él vendía su diezmo, llevaba el dinero de lo vendido a Jerusalén y, llegado a Jerusalén, con ese dinero volvía a comprar productos del campo y/o animales para presentarlos ante Jehová como diezmo (Deuteronomio 14:24-26). Hoy, muchas iglesias exigen el diezmo en dinero contante y sonante; ¿cuándo se prescribió ese cambio en la ley, o en la Iglesia del primer siglo? ¿Cuándo?

Una vez más, cuando el apóstol Pablo declara los requisitos para los que aspiraban ser obispos (pastores y maestros), él da a entender que los tales deben ser hombres que ya trabajan o administran un negocio: “no codicioso de ganancias deshonestas” (1 Timoteo 3:3), no holgazanes que pretendan vivir del Evangelio, aunque hay que hacer la salvedad de que hay tales quienes, porque dedican sus vidas –a tiempo completo-  para servir a la iglesia local y que, para los tales, el Señor y los apóstoles reconocen un salario (Mateo 10:10; Lucas 10:7; 1 Corintios 9:14. Lean, por favor, todo el capítulo 9 de 1 Corintios) pero, en ningún caso, la ofrenda –único concepto que se debe administrar para las economías de la iglesia local- debe ser entregado en manos del pastor o maestro, sino al tesoro o un tesorero elegido o designado en asamblea de la iglesia para, desde allí, destinar los dineros para las diferentes necesidades de una iglesia local: el salario de los evangelistas o ministros dedicados a tiempo completo, para los extranjeros, viudas, prisioneros y huérfanos; para los pobres, como el apóstol lo reconoce en Gálatas 2:10.

En realidad, hay mucho estudio y tratados sobre este tema y que, con buen fundamento, reconocen que el diezmo no debería ser impuesto en nuestras iglesias; sin embargo, debo reconocer que los hay con torpes interpretaciones de una cita Bíblica, fuera contexto, lo que no respaldo. Dejo al comentario serio este pequeño tratado, y que estoy dispuesto a la crítica fundada en Biblia, en su debido contexto, para bien de una iglesia que aspira una saludable ministración de la Palabra, sin la interpretación privada por parte de algunos hombres interesados en su propio beneficio.

La gracia de Jesucristo sea con todos ustedes. Amén.


domingo, 10 de diciembre de 2017

¿Cuándo Nació Jesús?

N
os acercamos a la temporada del año cuando el mundo celebra el supuesto nacimiento de Jesucristo. Comerciales en radio y televisión invaden nuestra salud mental cada año más temprano, las decoraciones las ponen aun antes de Halloween! Dondequiera que vamos, "Feliz Navidad" es inescapable. Para la mayoría de nosotros es una época de tensión constante, deseando que el tiempo vuele y que todo esto pase pronto.

Aun así, en esta temporada del año debemos estar preparados, en guardia. El hecho que nosotros no celebramos la Navidad, hacemos llamar la atención en un grupo. Estas diferencias despiertan la curiosidad en algunos, y pueden preguntarnos por qué no la celebramos. Si respondemos: "Cristo no nació el 25 de diciembre," ¿podemos probarlo? Si no nació en esa fecha, ¿entonces cuando nació? ¿Cuáles son los hechos?

Cuando se aborda este tema, muchos protestantes y católicos se pueden poner muy emocionales, con frecuencia se ponen muy firmemente arraigados en la fecha del 25 de Diciembre, a pesar de los hechos. Muchos simplemente disfrutan de la temporada y se dejan llevar por la sensación del momento y de que el día real del nacimiento de Cristo es irrelevante. Los eruditos bíblicos e históricos están también igualmente divididos sobre esta cuestión. Navidad, sin embargo, se basa en la premisa de que Jesús nació el 25 de diciembre, y una persona que está realmente tratando de seguir la Biblia vera que la celebración de la Navidad se basa en mentira.

Las Pistas En El Evangelio De Lucas

Si miramos superficialmente, los relatos de Mateo y Lucas revelan muy poco acerca de cuándo fue el nacimiento de Jesús. No hay fechas que se dan, ni la estación del año es nombrada. Como un buen considerado historiador, Lucas, sin embargo, presenta una narración sólida y ordenada de los acontecimientos que elimina cualquier duda sobre el tiempo general del nacimiento de Jesús. Todas las pistas están ahí, y todo lo que se necesita es sacarlos a luz y ponerlos en orden para descubrir la verdad.

En una larga sección que cubre de Lucas 1:5 a través 2:8, Lucas escribe de una serie específica de eventos en orden cronológico. Comienza contando la historia de Zacarías, un sacerdote, y su esposa Elizabet, que no tenían hijos. Mientras administraba sus deberes sacerdotales durante el grupo de Abías, Zacarías fue visitado por el ángel Gabriel, quien le dijo que sus oraciones habían sido contestadas y que él y Elizabet tendrían un hijo. Y le llamarían Juan.

Debido a que Zacarías dudó de que esto fuera a suceder, Gabriel le informó que no sería capaz de hablar hasta el nacimiento de su hijo. Tan pronto como su servicio en el templo se terminó, regresó a su casa. Elizabet pronto concibió y se escondió por cinco meses, no segura de cómo su embarazo seria visto por los demás.

En el sexto mes del embarazo de Elizabet, Gabriel visitó a María y le informó, "Y he aquí, concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús" (versículo 31). Poco tiempo después, María visitó a su prima Elizabet y se quedó con ella hasta la última parte del noveno mes, dejándola poco antes del nacimiento de Juan. Jesús, entonces, nació aproximadamente seis meses después de Juan.

¿Qué información tenemos hasta este punto?

» Zacarías, un sacerdote, ejerció sus funciones durante el curso de Abias.
» A su regreso de Jerusalén, Elizabet concibió.
» María concibió en el sexto mes del embarazo de Elizabet.
» Juan nació aproximadamente seis meses antes que Jesús

El Grupo De Abias

Para poner una fecha al nacimiento de Jesús, necesitamos un punto de partida. Afortunadamente, Lucas suministra uno al mencionar "el grupo de Abias" (Lucas 1:5) ¿es posible saber si este grupo existía entonces, cuando cayó durante el año, y cuanto tiempo duro?

¡Efectivamente!

En I Crónicas 24 hay una lista de los grupos, divisiones o los turnos de los sacerdotes que servían en el Templo durante todo el año. El versículo 1 dice: "Estas son las divisiones de los hijos de Aarón." De los hijos de Eleazar, dieciséis cabezas de casas paternas, mientras que de los hijos de Itamar había ocho cabezas de casas paternas adicionales, por lo que hace veinticuatro cursos (versículo 4).

Estos grupos de sacerdotes fueron divididos al azar para ser funcionarios del santuario y de la casa de Dios (v. 5). A partir del 1 de Nisán, estos cursos rotaban durante todo el año, sirviendo en el templo durante una semana cada uno. El curso de Abías, el grupo en el que Zacarías fue el encargado de obra, fue el octavo turno (versículo 10).

Josefo, el historiador judío del primer siglo fue, por cierto, de linaje sacerdotal del grupo de Joiarib, el primer grupo y nos da adicional información sobre los grupos sacerdotales.

"Él [David] los dividió también en grupos: y cuando él hubo separado a los sacerdotes de entre ellos, fundó con estos sacerdotes veinticuatro grupos, dieciséis de la casa de Eleazar, y ocho de la de Itamar, y ordenado, que un grupo debe servir a Dios [durante] ocho días, a partir de [el mediodía] Sábado a [el mediodía del siguiente] Sábado. Y así fueron los grupos distribuidos por sorteo, en presencia de David, y Sadoc y Abiatar, el sumo sacerdote, y de todos los gobernantes, y el grupo que vino primero fue escrito como el primero, y en consecuencia el segundo, y así sucesivamente hasta el vigésimo cuarto, y esta partición ha permanecido hasta nuestros días "(Antigüedades de los Judíos, 7:14.7).

Estos grupos fueron seguidos estrictamente hasta que el Templo fue destruido en el año 70.

El Talmud describe los detalles de la rotación de los grupos, a partir de Nisán 1. Con solamente veinticuatro grupos, es obvio que cada grupo se requiere para trabajar dos veces al año, dejando tres semanas adicionales. (El año hebreo normalmente tiene cincuenta y una semanas. Años Intercalares, o bisiestos, con un período adicional de cuatro semanas.) Las tres temporadas de días santos, Pascua, Pentecostés y Tabernáculos, en la que todos los grupos son requeridos para servir, formado con estas tres semanas extras. Por lo tanto, cada uno de los grupos trabajaron cinco semanas al año: dos en sus grupos específicos y tres durante la temporada de días santos.

Juan el Bautista fue enviado para preparar el camino para el Mesías (Malaquías 3:1, Lucas 1:13-17). Los relatos de los evangelios dejan muy claro que había nacido cerca de la mitad de un año antes del nacimiento de Jesús. A partir de datos históricos en el relato de Lucas sobre todo, así como la exactitud de la profecía de setenta semanas (ver "Setenta semanas están determinadas...", P. 2), está claro que Jesús nació alrededor del año 4 AC. Esto significa que, contando hacia atrás los nueve meses de gestación y la diferencia de seis meses de edad, Juan debió haber sido concebido en el primer semestre del año 5 AC.

Este hecho nos obliga a elegir el primer turno del grupo de Abías el momento en que Gabriel visitó a Zacarías en el Templo. (Frederick R. Coulter, en su Una armonía de los Evangelios (p. 9), calculada de esta manera:)

En el año 5 AC, el primer día del primer mes, es el mes de Nisán, de acuerdo con el Calendario Hebreo, era un Sábado. Según los cálculos de computación sincronizar el Calendario Hebreo y el estilizado Calendario Juliano, fue el 8 de Abril. Proyectándolo hacia adelante, y asignando grupo por grupo, y semana tras semana, fueron los siguientes: Grupo 1, la primera semana; Grupo 2, la segunda semana; todos los grupos para la Pascua y la Fiesta de los Panes sin Levadura, la tercera semana; Grupo 3, la cuarta semana; Grupo 4, la quinta semana; Grupo 5, la sexta semana; Grupo 6, la séptima semana; Grupo 7, la octava semana; Grupo 8, la novena semana; y todos los grupos [sic] la décima semana, que era la semana de Pentecostés.

Zacarías del curso de Abías trabajó la novena semana de su grupo asignado y la décima semana para el día de Pentecostés con todos los grupos, y este período se desarrolló entre Iyar 27 hasta Sivan 12 (Calendario Hebreo) o el 3 de junio al 17 (Calendario Juliano). Es probable que regresara a su casa inmediatamente después que sus turnos se terminaron, y Elizabet probablemente concibió en el siguiente período de dos semanas, 18 de junio al 1 de julio, 5 AC.

Con esta información podemos calcular el sexto mes de Elizabeth en Diciembre, en la que María concibió también (Lucas 1:26-38). Es probable, debido a las circunstancias que se muestran en Lucas 1, que María concibió durante las últimas dos semanas del sexto mes de Elizabeth. Por lo tanto, Juan nació en la primavera del año 4 AC, probablemente entre el 18 de marzo y 31. Haciendo una proyección de otros seis meses para el nacimiento de Jesús, el momento más probable de su nacimiento se produjo entre septiembre 16 y 29. Es un detalle interesante que el 1 de Tishri, la fiesta de las trompetas, es uno de los dos días en el medio de este período de tiempo.

Rebaños en el Campo

Hay una prueba adicional de que Jesús nació en el otoño. El censo de Quirino que requirió a José viajar desde Galilea a Belén, lo más probable es que haya ocurrido después de la cosecha de otoño, cuando las personas eran más capaces de regresar a sus hogares ancestrales (Lucas 2:1-5). Además, era costumbre en Judea de hacer la recaudación de impuestos durante este período, ya que el grueso de los ingresos de los agricultores venia en este periodo.

Otro punto es que José y María tuvieron que buscar refugio en un granero o algún otro tipo de refugio de animales como una cueva o gruta, porque las posadas estaban llenas (versículo 7). Esto indica que los peregrinos de todo el mundo habían comenzado a llegar a Jerusalén y las ciudades circundantes. Por lo tanto, la temporada del festival de otoño ya había comenzado. No habría habido afluencia similar de peregrinos en el mes de diciembre.

Además, como los pastores estaban en los campos con sus rebaños (versículo 8), el nacimiento de Jesús no pudo haber ocurrido durante los meses de clima frío del invierno. Las ovejas eran llevadas normalmente a los corrales centrales ya que el clima se vuelve más frío y la temporada de lluvias comienza, especialmente en la noche. Si esto no fuera significativo, se plantea la pregunta: "¿Por qué Lucas lo habría de mencionar con tanto detalle, si no para expresar una referencia de tiempo?"

Note lo que el comentarista Adam Clarke escribe sobre esto:

Era una costumbre entre los judíos de enviar a sus ovejas al campo abierto, acerca de la Pascua, y traerlos a casa al comienzo de la primera lluvia: durante el tiempo que estaban afuera, los pastores los vigilaban de noche y de día. Como la Pascua se produjo en la primavera, y la lluvia comenzó a principios del mes de Marchesvan, que responde a una parte de nuestro octubre y noviembre, nos encontramos con que las ovejas se mantuvieron en el campo abierto durante todo el verano. Y como estos pastores no habían traído aún a casa sus rebaños, se trata de un argumento de presunción de que octubre no había comenzado aún, y que, en consecuencia, nuestro Señor no nació el 25 de diciembre, cuando no hay rebaños en los campos, ni Él podía haber nacido después de septiembre, ya que los rebaños aún estaban en los campos por la noche. Por este solo motivo la natividad en diciembre debe ser dado por falsa. La alimentación de los rebaños por la noche en los campos es un hecho cronológico, lo que arroja mucha luz sobre este punto en disputa. (Comentario de Clarke, vol. V, p. 370)

¿Por qué es importante que sepamos cuando nació Jesús? Desde luego, nosotros no utilizamos este conocimiento para celebrar su cumpleaños – El nos dice que conmemoremos su muerte, no su nacimiento (I Corintios 11:23-26). La verdadera fecha, sin embargo, destruye todo el fundamento de las fiestas de Navidad. También se refiere al debido tiempo de su ministerio, la crucifixión y la resurrección, lo que ayuda a refutar el Viernes Santo/Pascua tradición del domingo también. Por último, y tal vez lo más importante, que renueva nuestra fe en la Palabra de Dios-que es cierto, verificable e históricamente preciso.

Además, debemos saber incluso estos detalles para que podamos dar razones de sentido común de nuestras creencias. Vivimos en un mundo de compromiso y confusión, especialmente en el ámbito de la religión - y por lo tanto debemos estudiar y seguir lo que es verdad para que no se nos deje engañar por lo que es falso. El tiempo de Navidad promueve una mentira sobre la fecha del nacimiento de Jesucristo. Tenemos que hacer algo más que rechazar la explicación del mundo, tenemos que conocer, probar y seguir lo que es verdad.

Por John O. Reid (1930-2016)
Forerunner, diciembre1994, Iglesia del Gran Dios