miércoles, 13 de mayo de 2020

EL PORQUÉ DE LOS CHISTES IRREVERENTES Y BLASFEMOS


Y
a desde mi adolescencia, recuerdo que frecuentaban –por entonces- los chistes tocantes, por ejemplo, a los curas. El cura de la iglesia, por razones diversas (e, inclusivamente, esto lo hallamos en las obras del célebre don Ricardo Palma, en sus Tradiciones Peruanas), tradicionalmente fue objeto de la mofa, el comentario en doble sentido y la caricaturización, ridiculizándolo; y tal ha sido el nivel de la sátira que este personaje despertó que, por último, y sin reparo alguno, sin medir las consecuencias de lo que se hace, vemos que hay chistes que profanan lo santo de Dios, Sus santos y, finalmente, la majestad del mismo Dios.

El bufón, fue notorio sus actuar durante el imperio romano
Recuerdo que, en vez de que el homosexual fuera objeto de nuestra preocupación, éste fue motivo –igualmente- para el chiste, la mofa, el hazme reír (se le acostumbraba tratar de “maricón”, “marica”, etc.); porque lo que se buscaba, a fin de cuentas, era provocar la hilaridad, la carcajada; no importando si, con esto, deshonrábamos la majestad de las personas y, mucho menos, la de Dios.

Hoy hay chistes tocantes, por ejemplo, a predicadores del Evangelio que, por una conducta cuestionable, luego son objeto y comidilla para la sátira, el sarcasmo y la mordacidad. Estos burladores hierran al ignorar que, y como lo profetizó el apóstol Pablo, habrían falsos maestros en los últimos tiempos quienes, sin piedad (temor de Dios), harían mercancía de la fe; lo cual lo vemos hoy en muchas, muchas iglesias que, so pretexto de la ofrenda y el diezmo para Dios; y, prácticamente, como poniéndole un precio a las dádivas o regalos de Dios, éstos piden dinero a quienes asisten a sus reuniones con evidente credulidad y expectativa por alguna recompensa, alguna forma de bienestar a cambio de la ofrenda o diezmo que se da. ¿No es esto lo que la Iglesia Católica hizo durante la edad media con la venta de indulgencias? Pues, entonces, ya sabemos cuál es el origen de todo esto.

Siempre han habido bufones, cómicos y charlatanes y, más exactamente, entre el pueblo gentil que nunca tuvo conocimiento del Dios Santo, entre los paganos (idólatras); y, porque esto sigue sucediendo entre quienes decimos ser cristianos, quizá es señal inequívoca de que muchos, muchos que decimos creer en Dios, realmente no le conozcamos para adorarle tal y como Él espera que le adoremos, rindiéndole todo honor y reverencia.

El apóstol Pablo escribió: “Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros.” (Romanos 2:24); y esto es lo que estos perversos y falsos maestros causan con sus malas enseñanzas y malos testimonios; que las gentes, que tampoco conocen a Dios, luego se atrevan a profanar lo santo de Dios: Su Palabra, Su Iglesia o Sus santos, a través del chiste, la burla, el escarnio e, inclusive, ¡llegando a blasfemar contra Dios!

Y esto ya estaba profetizado que sucedería en estos últimos tiempos; tiempos en que, juntamente con las guerras, hambres y terremotos, ahora somos agobiados por pestilencias o epidemias como la del coronavirus que nos está afectando en la actualidad: “sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias” (2 Pedro 3:3).

¿Qué es blasfemar?

Es maldecir o decir algo malo contra la majestad de Dios; también es vituperar o escarnecerle. Vituperar es criticar algo o a alguien con dureza; y, escarnecer, es hacer mofa, burla de alguien.

En la Biblia, en el libro de Levíticos, capítulo 24 y versículos del 10 al 23, se nos narra de cómo un hombre blasfemó contra el Nombre de Dios; y que, tras hacérsele juicio, preguntando a Dios, Él determinó que al tal se le matase apedreándosele hasta morir. Ahora, alguien podrá decir que muchos hacen burla de Dios y Su Iglesia (Sus santos) por razón de los malos testimonios, o por lo que fuere pero que, aun así, “no pasa nada”; cierto, nadie ha sido apedreado porque, para tranquilidad de los tales, no estamos bajo la ley; sin embargo, el Dios omnisciente tiene buena memoria; y, en el día del Gran Juicio del Trono Blanco (Apocalipsis 20:11-15), estos irreverentes responderán por sus irreverencias, y serán lanzados al Lago de Fuego, la muerte segunda.

Todos queremos pasar gratos momentos, disfrutarlos; y, como en estos tiempos de coronavirus, entendiendo que la risa es una de las terapias para elevar nuestras defensas para resistirle, bien hacemos en reír; pero, si nos reímos de Dios y todo lo que Él representa (he escuchado y visto chistes que se hacen con relación al Señor Jesús y Sus apóstoles y, lo que es más indignante, usando como recurso para esta mofa Su cruz; cosas que se proyectaron por la radio y la televisión, con la hilaridad de medio mundo), no esperemos sino la más amarga tristeza cuando Él nos juzgue por blasfemos, por irreverentes. El gozo y la hilaridad son componentes naturales de un hombre o mujer saludables, pero que pueden y deben ser provocados por lo sano, por la Verdad, y la Verdad solo lo encontramos en Dios y Su Palabra. El apóstol Pablo escribió:

[El amor] no se goza de la injusticia, más se goza de la Verdad.
1 Corintios 13:6

Y, en los salmos a continuación se dice:

En tu presencia hay plenitud de gozo (16:11)
Me gozaré y alegraré en tu misericordia (31:7)
Entraré al altar de Dios, Al Dios de mi alegría y de mi gozo (43:4)
Se gozarán las hijas de Judá Por tus juicios. (48:11)
Hazme oír gozo y alegría (51:8)
Vuélveme el gozo de tu salvación (51:12)
Se gozará Jacob, y se alegrará Israel. (53:6)
Mas los justos se alegrarán; se gozarán delante de Dios, Y saltarán de alegría. (68:3)
Lo verán los oprimidos, y se gozarán. (69:32)
Por heredad he tomado tus testimonios para siempre, Porque son el gozo de mi corazón. (119:111)

El verdadero gozo es fruto de la obra de Dios en nuestras vidas a través del Espíritu Santo; don que, únicamente, nos es dado mediante la fe de Jesucristo, creyendo en Él.

22 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.
(Gálatas 5:22-23)

El rey y profeta David, se hizo esta pregunta en uno de sus salmos:

¿Hasta cuándo, oh Jehová, se gozarán los impíos?
Salmo 94:3

lunes, 13 de abril de 2020

Habría sido azotado con vara

Habría sido azotado con vara

1 Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó.
2 Y los soldados entretejieron una corona de espinas, y la pusieron sobre su cabeza, y le vistieron con un manto de púrpura;
3 y le decían: !!Salve, Rey de los judíos! y le daban de bofetadas.
4 Entonces Pilato salió otra vez, y les dijo: Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él.
Juan 19:1-4



L
os romanos tenían por práctica o técnica de investigación de un delito flagelar a un criminal para, de esta manera, castigarle por el delito cometido o, por otro lado, probarle o examinarle si realmente era o no culpable del crimen por el que se le acusaba (Hechos 22:24).

Sabemos que los romanos tenían un código de leyes bien elaborado y que, inclusive, son base para el código de leyes de la civilización actual; y, por lo mismo, Pilato estaba obligado a tratar al Señor Jesús con la justicia de sus leyes. En los pasajes relativos al juicio que se le impartió al Señor, vimos a Pilato tratando de soltarle porque, a juicio suyo, no había delito alguno por qué juzgarle siguiera; entendiendo él que, por envidia, trajeron al Señor (Mateo 27:18 y Marcos 15:10) ante él para ser –finalmente- crucificado.

Ante la presión de los sacerdotes, y el pueblo que fanáticamente les hacía coro, y porque Pilato había sido constituido por, ante todo, asegurar la paz en Israel; siendo él todo un político, y porque la presión popular era demasiado para él, Pilato accedió a la demanda del pueblo y, aún tras haber azotado al Señor con vara y, por consiguiente, debiendo soltarle porque no había hallado delito alguno en Él, finalmente accedió a la demanda del pueblo para crucificarle.

El hecho de que los azotes tenían por objeto probar al reo, si éste era o no culpable; esto nos da una idea de que, muy probablemente, la técnica que el romano usó para este objetivo era tal de lacerante sobre el cuerpo del castigado que, muchas de las veces, y porque el reo no quería seguir sufriendo el dolor que le causaban los azotes, éste terminaba por aceptar el crimen.

En el caso del Señor no fue así, Pilato ordenó castigarle y, terminada la sesión de azotes, se admiró que Él ni siquiera hubiera abierto Su boca.

Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.
Isaías 53:7

El apóstol Pablo escribió en su segunda carta a los corintios, lo siguiente:

24 De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno.
25 Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar;
2 Corintios 11:24-25

Los israelitas estaban ordenados a propinar no más de cuarenta azotes o golpes en castigo (Deuteronomio 25:3); pero, en el caso de los romanos era evidente que, para sonsacarle al inculpado la “verdad”, este flagelo podía superar en número.

Si somos escrupulosos, Jesús ni debió ser azotado porque, siendo ciudadano romano (en tanto había nacido bajo el imperio romano; e Israel, siendo parte de una región o provincia que comprendía el dominio romano, esto lo facultaba para gozar de los privilegios dados en las leyes romanas), era imposible dársele este castigo sin siquiera haber sido juzgado (Hechos 22:25); y aún, tras ser juzgado, como lo leemos en la cita de Juan 19:1-4, Pilato no le halló delito alguno para castigarle. Finalmente, y por la presión de los sacerdotes y el pueblo, Pilato accedió a azotarle y, no solo eso, también para crucificarle.

¿Pero fue castigado el Señor con látigos o vara?

En su primera carta, el apóstol Pedro escribió lo siguiente:

Quién llevó Él mismo nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia [obedientes a Su Palabra]; y por Cuya herida fuisteis sanados.
1 Pedro 2:24

La expresión “herida” aquí proviene del griego mólops que, traducido, significa “lunar”, “ojo negro”, “moretón”. En su primera carta a los corintios, en torno a la Cena del Señor, el apóstol Pablo escribió:

23 Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan;
24 y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.
1 Corintios 11:23-24

Sí, nuestro Señor debió sufrir tal castigo, ¡callado!, ¡enmudecido!, ¡no quejándose!; a tal punto que, porque no dijo nada para que el castigo le fuera detenido, muy seguramente Su bendita espalda fue ¡PARTIDA!, destrozada; y ya, desde ese entonces, nuestro bendito Señor empezó a derramar Su preciosa sangre en favor nuestro. El castigo que Él recibió debió matarlo porque, como lo podemos leer, Él ya ni tenía fuerzas para continuar cargando el madero donde sería clavado y levantado, ¡como un maldito!, por mí y por ti (Mateo 27:32; Marcos 15:21; y Lucas 24:26). Pienso que Él tenía puesta la mirada en el calvario; y que, porque quería cumplir TODA Escritura, eso lo esforzó para continuar con la caminata monte arriba.

Tengo la fuerte impresión que Él fue castigado con vara, y no con látigo como, comúnmente, se aprecia en las muchas obras fílmicas que del caso se han hecho; y que, buscando que examinarle o probarle, si Él realmente era culpable o no, el castigo debió seguir una cuenta casi interminable, insufrible por humano alguno hasta partirle las espaldas.

¿Por qué hubo tanto crucificado en tiempos del Señor Jesús?

Roma había conquistado Israel alrededor del año 63 a.C.; y, desde entonces y como parte de las prácticas para mantener el dominio, éste usó el patíbulo del madero o la cruz para amedrentar al pueblo; y, como muchos en Israel se rebelaban contra el gobierno abusivo romano a través de movimientos revolucionarios, la insurrección, la sediciones; cada vez que los romanos juzgaron a un judío de supuesta sedición, usaron la rudeza de la flagelación para “arrancarles la verdad”; y como quiera que el inculpado no podía sufrir la laceración de tanto golpe, finalmente terminaba aceptando su culpa, culpable o no; y, declarado culpable, era crucificado.

Pero con el Señor no fue así; Él fue castigado y, porque no abrió Su boca, sino para orar al Padre y pedir perdón por nuestros pecados (Lucas 23:34), y para bendecirnos, Él debió haber sido liberado; pero, ante la presión del populacho que se había juntado en torno a un sacerdocio cegado por el celo por la tradición y los mandamientos de hombres (Mateo 27:18; y Marcos 15:10), y con testigos falsos (Mateo 26:60; comp. Salmo 27:12), forzaron a Pilato para sentenciar a muerte a nuestro Señor. En nuestras leyes se dice que “Nadie puede ser juzgado dos veces por un mismo delito”; sin embargo, el Señor Jesús, por el mismo supuesto delito se le juzgó y sentenció dos veces: Fue azotado, partido; y, después, fue crucificado.

En efecto, la expresión “herida” en 1 Pedro 2:24 se traduce como “lunar”, “ojo negro” y “moretón”, dando la impresión que el cuerpo de nuestro Señor sufrió golpes de vara que, además que moretearon Sus espaldas, porque fueron tantos, prácticamente partieron o rajaron las espaldas del bendito Hijo de Dios, nuestro Señor Jesús. Los entendidos concluyen que los látigos o golpes habrían sido tales de lacerantes que, muy posiblemente, Su carne abierta dejó entrever Sus huesos y algunos órganos; en tales condiciones, el Señor debió tener una fuerte infección y cuadro febril intenso, juntamente con la pérdida de sangre. ¿De dónde sacó Él arrestos de fuerza para, en tal condición, orar a Su Padre, ya colgado sobre el madero? Definitivamente, Dios mismo fue Sus fuerzas, y el amor con que nos amó para quitar nuestros pecados, nuestra maldición, mediante Su sacrificio vicario.

¿Crees que Él murió por ti? ¿Sí? Entonces estás perdonado, porque el apóstol Pablo escribió esto:

10 Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.
11 Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.
12 Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan;
13 porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.
Romanos 10:10-13

Porque Él, con Su muerte, pagó ante Dios una deuda que a nosotros nos era imposible pagar; salvo que, pagándolo con nuestras propias vidas, hallados culpables esto nos hacía merecedores del lago de fuego (Apocalipsis 19:20; 20:10; y 21:8). “El Justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).

Y si crees que Él murió por ti, entonces reconoces que eres un pecador, el pecador por quién Él murió; entonces, arrepiéntete de tus pecados, y pide ser bautizado en las aguas invocando Su Nombre: ¡JESÚS!

38 Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.
39 Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.
Hechos 2:38-39

El Espíritu Santo como señal de la justicia de la fe que nos es impartida o dada a todos los que creemos en Él, y lo que Él hizo por nosotros en el calvario (Romanos 4:11), representándonos (Romanos 6:3-4). El Hermano Branham dijo: “Pero una vez que Dios reconoce esa fe, Él le da a Ud. el Espíritu Santo.” (57-0901e-Hebreos capítulo 4).

¡Paz!

sábado, 4 de abril de 2020

La autoridad compartida de la iglesia


La autoridad compartida de la Iglesia

En efesios 1:3, el apóstol Pablo declara que hemos sido bendecidos con TODA bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, con bendiciones que comprometen la integridad, salud y prosperidad de nuestra alma o ser interior; y, en los versículos 19 y 20 de este mismo capítulo 1, que el Señor Jesús está sentado a la diestra de Dios –también- en lugares celestiales.

Silla o trono
El hecho de que el Señor Jesús está sentado, implica que lo está sobre un trono y, si esto es así, entonces Él, el Señor Jesús, está gobernando. Es más, la expresión “sobre” del v. 21 de este capítulo implica lo mismo, gobierno, que uno está sobre o por encima de otro, gobernándolo. Leámoslo:

Sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero.

Sí, el Señor Jesús está sobre o gobierna sobre todo principado, autoridad, poder y señorío, y gobierna todo nombre que podamos nombrar y, por eso mismo, es que en Su Nombre tenemos autoridad para echar fuera demonios, que es lo que se afirma en el versículo 22:

Y sometió todas las cosas bajo Sus pies [los pies del Señor Jesús, ¿verdad?], y lo dio por cabeza [¡esto es igualmente glorioso!] SOBRE TODAS LAS COSAS a la Iglesia.

¿Ve usted lo que yo veo? Que la Iglesia (me refiero a la genuina) es cabeza o gobernante sobre (otra vez implicando el acto de gobernar, de tener dominio o autoridad) TODAS LAS COSAS; y, cuando el apóstol dice “todo”, eso implica TODO, que nada queda excluido.

Finalmente, en el capítulo 2 y versículo 6, el apóstol dice:

6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús,

En el v. 6 se nos dice que Dios nos sentó en estos mismos lugares celestiales (debe ser el Tercer Cielo porque, la expresión “celestial”, se escribe en el griego epouránios  que, literalmente, se traduce como “sobre los cielos”); y, como lo venimos entendiendo, sentarse significa estar sobre un trono de gobierno; y que, si esto es así, entonces la posición de privilegio y honor de Su Iglesia, Su Amada y Esposa, la Señora Jesucristo, es la misma autoridad que aquí se declara para el Señor Jesús; la Iglesia comparte esta misma autoridad.

Por eso es que el apóstol, en otra de sus sublimes cartas, nos profetiza que habrá una manifestación (en el griego se lee apokalypsis que, traducido, es revelación) de los hijos de Dios en gloria (Romanos 8:19); ésto es, que vamos a manifestar la plenitud de Aquel que nos llamó en Cristo Jesús.

8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará.
Mateo 8:8

27 Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?
Mateo 8:27

Ésta es la misma autoridad que nos ha sido confiada por causa del Nombre del Señor Jesús, por Sus méritos para, en Su Nombre, ordenar, expulsar, liberar… “haremos proezas” (Salmos 60:12; y 108:13).

17 Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas;
18 tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.
Marcos 16:17-18

¡Aleluya!

viernes, 3 de abril de 2020

Cree en Jesús, y vivirás


Cree en Jesús, y vivirás


4 Después partieron del monte de Hor, camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y se desanimó el pueblo por el camino.
5 Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano.
6 Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel.
7 Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: Hemos pecado por haber hablado contra Jehová, y contra ti; ruega a Jehová que quite de nosotros estas serpientes. Y Moisés oró por el pueblo.
8 Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá.
9 Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía.
Números 21:4-9



14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado,
15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
Juan 3:14-16

Miraba las noticias provenientes de Guayaquil – Ecuador; y de cómo, porque la mortalidad de este virus ha superado la capacidad de respuesta del país, cómo es que nuestros hermanos ecuatorianos dejan a sus muertos en las calles, conviven con ellos por prolongado tiempo porque no hay funeraria y tampoco disponibilidad de espacio en los cementerios; y, por último, hasta los están incinerando frente a sus casas, en avenidas y parques; y, como es natural sentirlo, sentí compasión por un país que, por ser nuestro vecino, su angustia y dolor parece afectarnos muy de cerca y fuerte. Sí, la crítica es que Ecuador no estuvo preparada para una contingencia como ésta; pero, por lo mismo, porque somos países de la región que no contamos con una logística para contingencias o crisis de esta envergadura como la que vamos viendo a lo largo de estos meses, justamente por eso es que era necesario tomar medidas rápidas, y ya, preventivas, como las que acertadamente viene tomando nuestro presidente y cuerpo ministerial, excelentemente asesorados; por lo que, en medio de lo difícil de esta crisis, Perú la viene afrontando con esperanza y expectativa de superar este trance con el menor costo social posible.

En el libro de Números, que está en el Antiguo Testamento, capítulo 21 y versículos 4 al 9, se nos narra de cómo Dios “envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel.”; y que, tras el pueblo reconocer su pecado y pedir a Moisés que mediara por ellos, Dios les dio la solución a una mortandad que iba en aumento: “Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá.”; y, en efecto, todo el que fue mordido por la serpiente, miró la serpiente de bronce suspendida sobre el asta, y vivió.

En el Evangelio según Juan, capítulo 3 y versículos 14 al 16, el mismo Señor Jesús se encarga de declararnos cómo esa sanidad ocurrida entre el pueblo de Israel, en días de Moisés, y tras haber reconocido su pecado contra Dios, cómo hoy uno puede hallar igual y superior sanidad creyendo en Jesucristo; y no tan solo para ser sanos de una eventual enfermedad o, como es el caso que nos preocupa, de una plaga o pandemia que viene matando a miles de hombres y mujeres en todo el mundo; pero, y porque la obra de nuestro Señor Jesús es superior a la que Dios hizo a lo largo del Antiguo Testamento a través de los sacrificios de animales, hoy Dios nos ofrece VIDA ETERNA a todos los creemos en Aquel a Quién Él envió –justamente- para proveernos salud integral: cuerpo, alma y espíritu, para proveernos Vida Eterna.

Pueda que salgamos airosos de la mordida de esta “serpiente”, el coronavirus o covid-19; pero, si usted lo medita, reconocerá que tanto usted como yo estamos infectados con el virus del pecado desde que nuestros primeros padres pecaron, desde que nacimos (es congénito); y que, y solo si somos inyectados con la vacuna de Dios llamada “Jesús” (y Jesús significa Yo Soy tu salvación), solamente así seremos salvos de la destrucción que pronto, muy pronto vendrá al mundo; y solo los que miraron a esta “serpiente” suspendida en el asta, que nos representó a todos nosotros en la persona de nuestro Señor Jesús, cuando Él fue clavado y colgado sobre un madero, creyendo que Él allí llevó TODOS nuestros pecados e iniquidades (injusticias); que, en sencillas palabras, Él murió por nosotros, “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”; solo así seremos salvos del juicio que Dios ya ha decretado para este mundo pecador, para una vida eterna en Su Presencia, y en un mundo nuevo reconstituido para morada de todos los que creamos en Jesús, hoy.

¿Tiene usted el virus del pecado? Bastaría con hacernos la prueba de descarte, y resultaría que sí lo somos; somos pecadores porque pecamos, ¿o no?; y, porque pecamos, es la mejor señal para reconocer que somos pecadores; por consiguiente, busquemos el antídoto o vacuna contra esta enfermedad que nos condena para muerte eterna; y este antídoto o vacuna es la provisión de Dios en Cristo Jesús, nuestro Salvador.

Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.
1 Pedro 2:24

 Ya se está trabajando para obtener y tener expedita la vacuna que nos libre de este coronavirus o covid-19; y, no bien empiece a distribuirse, seguramente que más de medio mundo irá a los centros asistenciales para ser vacunados. Pero, la vacuna contra la muerte eterna está disponible desde el año 33 d.C., mediante la Sangre preciosa de nuestro Señor Jesús; y, paradójicamente, son pocos los que vienen a Él para ser vacunados, arrepentidos para el perdón de nuestros pecados, y para ser sellados con el Espíritu Santo de la promesa hasta el día de nuestra total redención en gloria (Efesios 4:30).

Le animo a venir a Jesucristo; y, si cree en Él, pida ser bautizado en las aguas invocando Su Nombre, justamente para perdón de pecados, y para ser incorporados en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia del Dios Viviente (Hechos 2:38-39). Le animo a leer su Biblia y, si no la tiene, a comprarse una (le recomiendo la Revisión Reina Valera 1960), empezando por leer el Nuevo Testamento.

¿Lo hará? ¡Amén!

sábado, 28 de marzo de 2020

El Agua Viva

El Agua Viva

37 En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.
38 El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.
39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.
Juan 7:37-39

Era fiesta para el pueblo de Israel y, según lo leemos a principios de este capítulo 7 del Evangelio según el apóstol Juan, era la Fiesta de los Tabernáculos; que, como casi todas las fiestas de Israel, las celebraban a lo largo de siete días; y es en el último día que el Señor hace esta proclama en torno al prometido don o regalo del Espíritu Santo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.”.

Esta misma agua viva la ofrece el Señor en Juan 4, durante su conversación con la mujer samaritana y, por consiguiente, la misma promesa del Espíritu Santo, el don o regalo de Dios por excelencia:

10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.
11 La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?
12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?
13 Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed;
14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
Juan 4:10-15



Cierto, aquí se dice que “el agua que yo… daré será… una fuente de agua que salte para vida eterna” (v. 14); mientras que en Juan 7, el Señor se refiere a esta misma agua corriendo por el interior del creyente o el adorador; sin embargo, es la misma agua viva o vivificante, es el mismo prometido don: el Espíritu Santo trayendo la provisión de la Palabra, avivándola para saciar la sed espiritual de todo hijo e hija de Dios.

El israelita acostumbró tomar agua de pozo o manantial mientras que, el agua de río, lagunas o lagos, las destinó para otros menesteres. El agua de pozo es sumamente limpia y, además, por su curso a través de los estratos rocosos del interior de la tierra, lleva consigo sales y minerales salutíferos, vivificantes.

En Juan 4, el Señor se refiere al prometido don del Espíritu Santo como un pozo artesiano que emerge del interior de un río o fluido de agua subterránea; en efecto, cuando el israelita descubría que había agua por cierta región, él hacía un pozo con dirección a la corriente de aguas habidas en el corazón de la tierra y, una vez hecho contacto con esa corriente de aguas, esta agua saltaba hacia el exterior para acumularse en lo que constituiría un pozo artesiano para saciar la sed y restaurar las fuerzas. En Juan 7, el Señor no se refiere a estas aguas en forma de pozo artesiano pero, porque la procedencia del agua de un pozo artesiano es la misma, porque el agua de pozo procede del torrente de aguas subterráneas que, luego, saltan por la presión contenida, hacia arriba, hacia fuera a lo largo de la perforación de un pozo; la enseñanza que el Señor imparte tanto en Juan 4 como en Juan 7 es la misma; y ambas descripciones hablan –en el fondo- de lo mismo, de la misma agua que sacia la sed y, en sentido simbólico, las más hondas ansias del alma del hombre; y ésta fue el Agua Viva que el Señor le ofreció a la mujer samaritana y, en Juan 7, en el último y gran día de la fiesta de los tabernáculos, igualmente a los judíos que celebraban esta festividad.
Recordemos que la Fiesta de los Tabernáculos fue instituida en Éxodo 23, para rememorar el peregrinaje de los israelitas por el desierto camino a la Tierra Prometida. Nosotros vemos a lo largo del Pentateuco cómo Israel, obstante que debió reconocer el poder del gran Yo Soy (así se traduce el nombre de Dios: HWHY) que los sacó con mano poderosa, librándolos de la servidumbre egipcia; que, contrariamente, se la pasaron renegando contra Dios y Su siervo, Moisés; reclamándole provisión para el día y, como era de esperarse bajo el natural e inclemente sol del desierto de arabia, agua para su sed. Es en remembranza de esa época por la que pasaron los antepasados de los judíos a quienes el Señor se estaba dirigiendo en Juan 7, que les ofrece ríos de agua viva, las mismas fuentes de agua que, en Juan 4, Él ofreció a la mujer samaritana en forma de un pozo artesiano. Leamos la traducción literal del griego al español del versículo 38:

El que cree en mí como dijo la Escritura, ríos del vientre de él fluirán de agua viva.

¿Verdad que ahora sí se nota relación entre ambos pasajes de Juan 4 y Juan 7? Es lo mismo, y el mismo prometido don de lo que el Señor está hablando y ofreciendo: el Espíritu Santo. “Si alguno tiene sed”. Esto nos recuerda la bienaventuranza del Señor en Mateo 5:6:

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Sí, esta Agua es para los que evidencian su sed de justicia. Ellos quieren andar justa y piadosamente pero, porque fallan por razón de la ley del pecado en sus miembros (1 Corintios 7), ellos anhelan la provisión de Dios para ayudarles a ser perfectos como Dios es perfecto (Mateo 5:48). El judío común y corriente conocía de las bendiciones para el que obedecía la ley; pero, igualmente, de las maldiciones para el que las desobedecía (Deuteronomio 28); así, la ley fue un ayo, tutor o guardián para mostrarnos, por un lado, la justicia que Dios exige o demanda de nosotros; pero, por otro lado, para mostrar nuestra fragilidad para cumplir perfectamente tales exigencias o demandas de la justicia o perfección de Dios; y, por razón de nuestra debilidad, es que Dios ha provisto el Espíritu Santo, como un don o regalo para ayudarnos a vivir rectamente delante de Él.

En Juan 16:13, el Señor se refiere al Espíritu Santo como “el Espíritu de verdad”; en el griego se lee con mayor precisión: “el Espíritu de la Verdad” y, como lo podemos constatar, Él se refiere así en este Evangelio hasta en tres ocasiones: Juan 14:17; 15:26; y 16:13. ¿Por qué? Yo creo que esta precisión es para distinguir al Espíritu Santo del espíritu de error, de lo cual el apóstol Juan trata más ampliamente en su primera epístola.

Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error.
1 Juan 4:6

Es evidente que la experiencia de la mujer samaritana era contraria a la voluntad de Dios; que, por razón de interpretar mal la licencia que Moisés había dejado para el pueblo de Israel, para concederse carta de divorcio; que esto, muy seguramente, fue la causa del porqué esta mujer se había casado y divorciado hasta cinco veces y que, por último, el último hombre con quién estaba (el sexto) ni era su marido (probablemente, estaría en adulterio). Es a esta mujer que, evidentemente reconocía su error, y que estaba cansada y sedienta por una guianza mejor que la conduzca en perfecta armonía con Dios y Su Palabra; a quién el Señor ofrece agua viva o salutífera, la Palabra de Dios traída por el Espíritu Santo, vivificada en su alma para ya no más pecar; sino, por el contrario, y como lo declara el profeta David, “Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.” (Salmo 23:3).

¿Qué es esta Agua?

Es la misma agua que el Señor le propone a Nicodemo en Juan 3 para nacer de nuevo (en el griego se lee “de lo alto”), y que el apóstol Pablo desarrolla más ampliamente en Tito 3:4-7; y es la Palabra de Dios, tal como nos lo refiere en Efesios 5:25-27:

25 …así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella,
26 para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra,
27 a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.

Dios nos purificó en el lavamiento del AGUA por la PALABRA. El agua siempre tipifica la Palabra, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento; y es Agua Viva en tanto es el Espíritu Santo despertando y vivificando Su propia Palabra para aplicarla a nuestras diversas necesidades. En consecuencia, siempre encontraremos al Espíritu Santo tomando Su Palabra, no nuestro equívoco entendimiento o personal meditación de la Palabra, PERO SU PALABRA; porque, de no ser así, nada saciará nuestra sed de la justicia de Dios. ¡Nada!

He escuchado muchas prédicas, de ministros connotados, y hasta de efusivos predicadores; y, con tristeza y horror, he visto y oído cómo el pueblo dice “amén” a la demanda de un “amén” por parte del predicador; cuando, en mi humilde opinión, tal declaración no se ajustaba a la sana doctrina, al Espíritu del Escrito Está; y, en el colmo del atrevimiento, al inicio de sus prédicas aducen que expondrán la Palabra de Dios; tal como, en tiempos antiguos, los profetas acostumbraron traer Palabra de Dios, pura e incontaminada; y que, por gracia de Dios, permanece como fundamento de luz para , como el apóstol lo declara en 2 Timoteo 3:16-17:

16 Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia,
17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.

No, lo que nosotros, sea un anciano, un pastor o maestro, sea un evangelista o quién se pare en un púlpito, traemos es una meditación de la Palabra; y solo, si el Espíritu Santo realmente mora en nuestros corazones, eso será garantía de que traeremos una meditación conforme al Espíritu del Escrito Está.

Ésta es el Agua Vida que el Señor ofreció a la mujer samaritana y, después, a los judíos que celebraban la Fiesta de los Tabernáculos; la Palabra de Dios traída por el Espíritu Santo, lo único que, a semejanza de las aguas salutíferas de las corrientes de aguas subterráneas, saciará nuestra sed de justicia y fortalecerá, porque esta es la única Agua o Palabra que Dios reconocerá y exaltará. ¿Cuál es el propósito de esta Agua? Darnos Vida Eterna (Juan 4:14). Éste es el propósito de la Palabra de Dios, traída mediante el Espíritu Santo y, por ello mismo, fue la proclama del Señor en Juan 7.

Ho hay por qué estar inciertos como Nicodemo, o frustrados como la mujer samaritana, o sedientos o ansiosos como los judíos en aquel último día de la fiesta; el Espíritu Santo ha llegado, y está a nuestra disposición y alcance, es para todo el que lo quiera; es para el que cree en Jesús, para todo el que Le obedece en fe (Romanos 1:5; 16:26); porque qué mejor muestra fe que la obediencia a la Palabra, y que el Espíritu Santo es para los que Le obedecen (Hechos 5:32); para los que, arrepentidos de su pecado, luego piden ser bautizados invocando el Nombre del Señor Jesús (Hechos 22:16); confesando, con este bautismo, que creemos en Su obra vicaria por nosotros en el madero, la sepultura y Su resurrección (Romanos 6:3-14).

Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en Él…
(Juan 7:39)


¡Amén!