viernes, 19 de marzo de 2021

¿EN QUÉ NOMBRE FUISTEIS BAUTIZADOS?

1 Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Éfeso, y hallando a ciertos discípulos,

2 les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo.

3 Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan.

4 Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo.

5 Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.

6 Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.

7 Eran por todos unos doce hombres.

Hechos 19:1-7


E

l tema del bautismo es relevante, muy importante porque, además que fue un mandamiento imprescindible durante la Iglesia primitiva, éste tiene el significado que, de ser debidamente entendido, no habría nadie que, previamente arrepentido de sus pecados, no reciba la promesa del Espíritu Santo.

En el pasaje que nos sirve de referencia para esta breve meditación, se nos dice que el Apóstol Pablo llegó a la ciudad de Éfeso, una ciudad portuaria al oeste de lo que hoy es Turquía; y, platicando con unos discípulos (12), tuvo la inquietud por preguntarles si habían recibido la promesa del Espíritu Santo, a lo que éstos respondieron que no; y añadieron algo más, que ni si quiera habían escuchado que había tal promesa del Espíritu Santo; lo que, como es de esperar de un fiel siervo de Dios, preocupó al apóstol.

El Espíritu Santo es la promesa a que todo creyente en Jesús (el nombre de Jesús se escribe en el hebreo como Yeshúa) tiene derecho. En la ocasión que el Apóstol Pedro predicó –por primera vez- al pueblo judío que, a la sazón, estaba congregado alrededor del Templo en Jerusalén por motivo de la celebración de la fiesta santa de Pentecostés o Las Primicias, respondiendo al clamor de los presentes: “…Varones hermanos, ¿qué haremos?”, él les dijo:

38 … Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

39 Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.

Hechos 2:38-39

Y, ya al término del ministerio de nuestro Señor Jesús o Yeshúa, Él declaró el advenimiento de esta importante promesa para la vida de la Iglesia, para la vida de cualesquier miembro del Cuerpo de Cristo, por causa de la fe en Él:

37 En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.

38 El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.

39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

Juan 7:37-39

Si, el Espíritu Santo, la Vida de Dios que habrían de recibir todos los que creyesen en Él, en el Señor Jesús; y, a lo largo del libro de Hechos, leemos cómo los apóstoles se preocuparon porque la Iglesia, el más pequeño de los miembros de este Cuerpo Místico de Jesucristo, fuera empoderado con la Presencia de Dios, Yehováh Dios mismo en nuestras vidas, única manera para vivir en victoria la vida cristiana (Romanos 8); y, finalmente, la única garantía “para el día de la redención”; cuando, en palabras del Apóstol Pablo, nuestros cuerpos serán igualmente redimidos o libertos de la esclavitud al pecado o ley del pecado (Romanos 8:23).

Y, a lo largo del Evangelio según Juan y, específicamente, en los capítulos 14 al 16, el Señor Jesús nos habló de la importancia del Espíritu Santo, lo que Su Presencia significaría en la vida de la Iglesia, de un creyente en Cristo Jesús. Por ejemplo:

15 Si me amáis, guardad mis mandamientos.

16 Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre:

17 el Espíritu de verdad [el Espíritu Santo], al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.

18 No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros [en la forma del Espíritu Santo].

21 El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.

22 Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?

23 Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él [en la forma del Espíritu Santo].

24 El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió.

25 Os he dicho estas cosas estando con vosotros.

26 Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.

 Juan 14:15-26

 26 Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.

Juan 15:26

4 Mas os he dicho estas cosas, para que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho. Esto no os lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros.

7 Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré.

8 Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.

9 De pecado, por cuanto no creen en mí;

10 de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más;

11 y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.

12 Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.

13 Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

14 El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.

Juan 16:4, 7-14

Y, en la carta del Apóstol Pablo a los romanos, capítulo 8, él nos da a entender que la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, en un creyente (él lo llama “la ley del Espíritu de Vida en Cristo Jesús”, v. 2), nos libra del poder “de la ley del pecado y de la muerte”.

Y, por cierto, el Espíritu Santo tiene toda la dotación de poder, inspiración y revelación para manifestar entre los creyentes, “para edificación, exhortación y consolación” (1 Corintios 14:3).

Por esto mismo, el Apóstol Pablo preguntó a los efesios si habían o no recibido el Espíritu Santo, la promesa de Dios para los creyentes en Jesucristo o Cristo Jesús. La triste respuesta de los efesios, como bien lo leemos en el v. 2 de Hechos 19, fue: “Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo”.

El Espíritu Santo no solo es importante en la Iglesia, en un creyente, por las razones expuestas por el Señor Jesús en las citas del Evangelio según Juan; sino que, si no llegáramos a tener Su Espíritu dentro de nosotros, es probable que, por el contrario, sigamos atestados de la presencia de espíritus malos o demonios. En Juan 14:17; 15:26; y 16:13, el Señor se refiere a este Espíritu como “el Espíritu de Verdad”; y que, si Él hizo énfasis en la existencia de un Espíritu de Verdad es porque, definitivamente (y así es), HAY UN ESPÍRITU DE MENTIRA O ERROR; que, contrario al propósito del Espíritu Santo o Espíritu de Verdad, nos guiará a la frustración del error; y, ¡POR FAVOR, RECONOZCAN QUE YA ESTAMOS EN TIEMPOS DE APOSTASÍA, DEL APARTARSE DE LA FE QUE NOS FUE DADA A LOS SANTOS! (Judas 1:3).

Y, recuerden, la palabra “pecado” y “pecar” se traduce del griego jamartía y jamartáno que se traducen como “errar al blanco”, desacierto o desacertado, error; y eso es lo que muchas, la gran mayoría de iglesias tienen como fundamento, el error; ¿por qué? Porque nunca recibieron el Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad. El Señor dijo respecto el Espíritu Santo:

17 el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.

Juan 14:17

Sí, hay muchos que, por cuanto no han visto al Espíritu Santo obrar, sea en manifestación de poder, una profecía o a través del santo testimonio de un cristiano; y no Le conocen, por cuanto no han estado interesados en saber acerca de Él, de esta vital promesa de Dios para vivir vidas justas delante de Dios, por consiguiente nunca recibirán este don prometido, el Espíritu Santo. Oh, están solo complacidos con pertenecer a una iglesia (el Profeta Branham los llamó “logias”) de “prestigio”; y, como los judíos de antaño que, por amar más la tradición de los hombres, rechazan –prácticamente- a Dios y Sus promesas en Cristo Jesús.

En la parte final de Juan 14:17, entendemos que el Espíritu Santo estaba CON los discípulos del Señor; esto es, al lado de ellos, en la persona del Señor Jesús, el Cristo o Ungido con el Espíritu Santo; pero, acto seguido, el Señor les declaró la consoladora promesa de “y estará en [o “dentro de”] vosotros”.

En 1 Corintios 3:16 y 17, el Apóstol Pablo escribió a los discípulos de Corinto, de aquel entonces, y hoy:

16 ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

17 Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.

En Apocalipsis 18:2, se habla acerca de la “Gran Babilonia”, que ésta ha caído “y se ha hecho habitación de demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible”. Así, todo ser humano, hoy, bien puede ser templo o habitación para Dios, el Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad o, por el contrario, templo o habitación de demonios, de espíritus malos.

Ahora, la pregunta sería: “¿Quieres el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, o quieres el espíritu de error, un demonio, un espíritu malo e inmundo? Todos nacemos y vivimos, en mayor o menor proporción, endemoniados. Si, algunos nacen en hogares cristianos, consagrados; en tales casos, los hijos son santificados por causa de la fe y vidas rectas de sus padres, ellos son una fuerte influencia para sus hijos; quienes, por su entendimiento de la voluntad de Dios, cuidan que sus hijos no sean influenciados por demonios a través -por ejemplo- la televisión, la música mundana, la moda inmoral que cada vez impera sin conciencia en nuestro mundo de hoy, las riñas, y el pecado en sus diversas formas. El Apóstol Pablo dijo algo al respecto:

14 Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer [creyente], y la mujer incrédula en el marido [creyente]; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos.

1 Corintios 7:14

Y, en Efesios 2:1-3, el mismo apóstol nos dice:

1  Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados,

2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia,

3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.

Sí, ésta es la condición de un incrédulo al Evangelio de Jesucristo, de uno que no tiene el Espíritu Santo o Espíritu de Verdad: Muertos en delitos y pecados, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia; en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y son, por naturaleza, “hijos de ira”.

Pero, cuando venimos al conocimiento del Evangelio o Buena Nueva o Mensaje de Dios, juntamente con la justificación concedida por razón de nuestra fe o confianza en la obra vicaria de nuestro bendito Señor Jesús (Él recibió el juicio que merecíamos en nuestro lugar, en la cruz); y, por Su causa, Dios nos da el Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad. Leamos la instrucción que el Apóstol Pablo da a los efesios para recibir la promesa del Espíritu Santo:

3 Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan.

4 Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo.

5 Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.

6 Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.

Hechos 19:3-6

En su libro Una Exposición de las Edades de la Iglesia, sección La Revelación de Jesucristo, el Hermano Branham dice lo siguiente:

74 Allí está. Esta buena gente de Éfeso había oído de un Mesías venidero, Juan se lo había predicado. Ellos fueron bautizados en el bautismo del arrepentimiento para remisión de pecados, mirando hacia ADELANTE, hacia la creencia en Jesús. Pero ahora era tiempo de mirar para ATRAS hacia Jesús, y ser bautizados para PERDON de los pecados. Era tiempo de recibir el Espíritu Santo. Y cuando fueron bautizados en el Nombre del Señor Jesucristo, Pablo impuso sus manos sobre ellos y el Espíritu Santo cayó sobre ellos.

Sí, cada vez que un creyente fue bautizado en el nombre del Señor Jesús o Jesucristo (la forma compuesta de Jesús y [el] Cristo), éste recibió el Espíritu Santo. Seguidamente, dos ejemplos cuando, por creer en el nombre del Señor Jesús (Juan 7:39), el Espíritu Santo cayó sobre los creyentes:

14 Cuando los Apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan;

15 los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo;

16 porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús.

17 Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo.

Hechos 8:14-17

43 De éste [el Cristo, Jesús] dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.

44 Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso.

45 Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo.

Hechos 10:43-45

Y aquí, en el pasaje de Hechos 19:1-7, sucedió lo mismo, conforme a la instrucción que, por boca del Apóstol Pedro, se dio aquel Día de Pentecostés, en Hechos 2:38-39:

38 Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

39 Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.

¿Pero, por qué el Espíritu Santo es dado por la fe en Jesucristo y, precisamente, tras ser bautizado o sumergido en las aguas invocando el nombre del Señor Jesús o Jesucristo? Romanos 6:3-4 nos lo declara:

3 ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?

4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.

El apóstol nos dice que, cuando somos  bautizados en el nombre del Señor Jesús, estamos declarando que hemos participado de Su muerte, sepultura y resurrección; que, cuando Él fue a la cruz, Él lo hizo por nosotros; por consiguiente, y a los ojos de Dios, el Juez, nosotros fuimos los que estuvimos allí, crucificados, siendo juzgados por nuestros delitos y pecados; y, con esta misma regla de representación y deducción que, cuando Él resucitó, Él resucitó para nuestra justificación (Romanos 4:25), para ser declarados justos; y, en consecuencia, siendo que no hay mancha ni culpa alguna en nosotros, por razón de la obra vicaria del bendito Señor Jesús en nuestro lugar, el Espíritu Santo viene a morar en nosotros; el Espíritu Santo –ahora- morando en hombres y mujeres santos, santificados por Su sangre (1 Corintios 6:11; Hebreos 10:14).

Oh, alguno dirá, y con algo de acierto, que solo basta en creer en el Señor Jesús, y eso es correcto; pero, por un lado, el bautismo es uno de los tres mandamientos que, a manera de rituales, nos han sido encomendados para obedecerlos (el bautismo, la cena del Señor y el lavamiento de pies); y, por otro lado, cuando somos bautizados –sencillamente- estamos confesando, con esta práctica, que –justamente- estamos creyendo en el nombre de Jesús.

Si tú has sido bautizado en el nombre de los títulos o atributos de Dios de “Padre, Hijo y Espíritu Santo”, tú no estás confesando que Jesús murió, fue sepultado y resucitó por ti; y, si tú eres católico, peor; porque, según la doctrina católica, uno tiene que ser bautizado aun desde un bebé o niño, práctica que no se condice con la práctica y doctrina apostólica o días de la Iglesia primitiva; porque, si el Apóstol Pedro ordenó arrepentimiento antes de ser bautizado, en Hechos 2, está claro que él nunca se dirigió a bebés o niños quienes, por su condición inocente, aún no tienen conciencia de lo que es pecado o error en conducta o doctrina. Yo te animo a renegar de todo lo que es anti-Escritural o anti-Bíblico y, en fe sencilla y creyendo el nombre de Jesús (Jesús en el idioma hebreo se escribe y pronuncia como Yeshúa que, traducido, significa Yehováh yoshía o Yehováh salva, según la versión hebrea de Mateo 1:21), pide a tu sacerdote, anciano o pastor, misionero, evangelista o a un sencillo hermano en la fe, que te vuelva a bautizar; pero, ahora, invocando durante este bautismo el nombre que es sobre TODO nombre que se nombra (Filipenses 2:9; Efesios 1:21), sea en la tierra o en el cielo, el nombre de Jesús o, si lo crees con todo tu corazón, en el nombre de Yeshúa, en el idioma hebreo. Y luego, pide a los ancianos o el hermano que te bautizó, que ore por ti imponiendo manos para recibir el Espíritu Santo; o, por último, ora tú mismo, como principal interesado, para recibir la promesa del Espíritu Santo.

13 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

Lucas 11:13

39 Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.

Hechos 2:39

Sí, nosotros los gentiles estábamos lejos (Efesios 2:13 y 17); pero, por Su gracia, Él nos llamó e hizo cercanos ante Yehováh Dios en Cristo Jesús o Yeshúa [el] Cristo, el Mesías, el Ungido. Y, la manera que Él manifiesta Su proximidad a nosotros, es habitando dentro de nosotros en la forma del bendito Espíritu Santo, que no es otro que Jehová o Yehováh mismo, el Espíritu de Yehováh (Jueces 3.10; 1 Samuel 10.6; 2 Samuel 23.2; 1 Reyes 18.12; 2 Reyes 2.16; 2 Crónicas 18.23; Isaías 11.2; Ezequiel 11.5; y Miqueas 2.7. ¡Aleluya!

Y te aseguro que tu vida será distinta a los dictados de este mundo pecaminoso, distinta a los dictados de la iglesia apóstata de hoy, pero agradable para Dios, creyendo y viviendo Su Palabra, hasta que Él nos llame a Su bendita Presencia.

La gracia de Jesucristo [Yeshúa Ha Mashía] sea con todos ustedes. Amén.


jueves, 4 de marzo de 2021

La teología

 La teología

 

H

ay quienes atacan la teología como siendo un concepto contrario a la voluntad de Dios, como algo propio del hombre, propio de la iglesia o propio de una religión que no honra a Dios.


En principio la palabra teología es la composición de dos palabras griegas:

 

Teo, que significa dios, y

Logía, que proviene de la expresión logos, que se traduce como algo dicho, noticia, palabra, plática, tratado, asunto, cosa, cuenta, dicho, discurso, mensaje, prédica, doctrina.

 

Por lo que, teología, podríamos entenderlo como el tratado o asunto de Dios, un tema que trata acerca de Dios; y que, solamente, para reconocer que tal o cual tratado o asunto es de Dios, es teológico, bastaría con comprobarlo que es conforme a TODA la Palabra de Dios infalible, sin tacha o errores; es más, con este concepto podemos concluir que la Biblia misma es teológica, es un compendio de tratados acerca de Dios y Su creación y, en especial, en relación con el hombre objeto de Su interés eterno en Cristo Yeshúa (Jesús en hebreo); y que, para ser confiable al interés de nuestras almas, Ésta fue inspirada completamente por Yehováh Dios mismo.

 

16 Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia,

17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.

2 Timoteo 3:16-17

 

En este sentido, hay muchos que tratan acerca de Dios, mediante las doctrinas o enseñanzas que confiesan; pero, por la diversidad de iglesias así llamadas cristianas o de Dios, contrarias una de otras respecto sus doctrinas o enseñanzas, respecto sus teologías, es evidente que no todas están correctos en su teología, doctrina, enseñanza, asunto o tratado; por lo que, a la luz de 1 Tesalonicenses 5:20-22, bien haríamos en tomar lo bueno o correcto que cada grupo cristiano o religioso de probada reputación pudiera aportar para la edificación de la Iglesia o los “llamados fuera” para adorar, glorificar y bendecir a Dios sin la contaminación propia de un mundo que, como el presente, evidencia estar de espaldas a Dios, contrario a Sus mandamientos, preceptos y decretos y, lo que es peor, contrario a la bendita gracia y compasión contenidos en el Evangelio de Yehováh Dios o Yeshúa el Cristo (Jesucristo).

 

¿Es mala la teología?

 

Por lo que sostengo aquí, no; pero, en tanto estamos viviendo los tiempos peligrosos de que habló el apóstol Pablo (2 Timoteo 3:1-5), y tiempos de apostasía (2 Tesalonicenses 2:3); como en tiempos del apóstol, bien haremos en juzgar una doctrina, enseñanza o teología, como cuando los discípulos de Berea juzgaron la doctrina, enseñanza o teología del apóstol Pablo (Hechos 17:10-11); y, como él lo enseña en 1 Corintios 14:29, deberemos juzgar todo don o manifestación espiritual; y, en mi entendimiento, para ello será necesario habernos “comido”, sino TODO el Pan de Dios, por lo menos una gran porción de este Pan: la Biblia para, en todo momento, juzgar toda doctrina, enseñanza o revelación por el Escrito Está, y no por lo que nos imaginamos o la tradición nos haya enseñado (pudiendo ésta estar correcta), sin ser alumbrados por la Palabra de Dios, el Escrito Está, única forma de juzgarlo todo.

 

¡Paz!


 

viernes, 26 de febrero de 2021

Yehováh rapa

 

YEHOVÁH RAPA


No tengo una clara interpretación del nombre de Dios, Yehováh; algunos eruditos concluyen que hay una suerte de tiempos presente, pasado y futuro contenidos en el nombre Yehováh; pero, como lo enseñó el hermano Branham, profeta, Su nombre sencillamente significaría Yo Soy, tal como así lo hizo saber a Moisés en Éxodo 3:14; y, en el versículo 15, Él dijo: “Este es mi nombre para siempre; con él [con este nombre: Yehováh] se me recordará por todos los siglos.”

 

El hermano Branham dijo, refiriéndose al significado de Su nombre: “Yo Soy”, que esto expresan Sus atributos; como lo leemos en el v. 14, “Yo Soy el que soy” o “lo que soy”, soy mis atributos. Por ejemplo, Él es santo, apartado del pecado; y, por lo mismo, es perfecto, justo.

 

Y, cuando leemos Éxodo 15:25-27, y específicamente en el v. 26, allí se dice de Su atributo de sanador; y, lo mismo, en el Salmo 103:3:

 

y dijo: Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador.

 

Él es quien perdona todas tus iniquidades,

El que sana todas tus dolencias;

 

Sanador es uno de Sus fundamentales atributos. El hermano Branham dijo que la sanidad es señal de la vida eterna; porque, como ustedes comprenderán, se necesita el poder de la eternidad o vida eterna para vencer a la muerte, y que la enfermedad es el anticipo de la muerte, ¿verdad? Y, manifestando este atributo de sanador, lo vemos en muchas ocasiones; y, en particular, en Su trato con Su pueblo, Israel: desde el ministerio de Moisés en adelante.

 

Yehováh Dios nos ha provisto la sanidad para nuestros cuerpos a través de Su Hijo, Yeshúa (nombre hebreo para Jesús); cuando, durante los látigos que le propinaron en el pretorio de Poncio Pilato, el látigo romano –prácticamente- rompió o hizo surcos sobre el Cuerpo de nuestro bendito Salvador, Yeshúa. El profeta Isaías dijo:

 

Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

(Isaías 53:5)

 

Lo mismo dice el apóstol Pedro, en 1 Pedro 2:24:

 

quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.

 

Consideren que la expresión “heridas” en este versículo del apóstol se traduce del griego, lengua en que fue escrita esta carta, “mólops” que, traducido, significa “lunar” o “moretones”. En el Nuevo Testamento Interlineal Griego Español de Francisco La Cueva se traduce como “azotainas”.

 

Si Él murió por nosotros, nos representó, para que nosotros fuéramos justificados de nuestros pecados, de todas nuestras fallas, para ser declarados justos, santos y herederos de Vida Eterna por Su causa; de igual manera, cuando Él recibió las azotainas romanas sobre Su bendito Cuerpo, por nosotros, siempre en nuestro reemplazo, esto produjo sanidad para nuestros cuerpos enfermos, por lo que el profeta Isaías y apóstol Pablo declaran la bendita verdad de la sanidad que hoy pertenece a todos los que confiamos en el nombre de Yeshúa o Jesús, el pan de los hijos e hijas de Dios (Marcos 7:24-30. Sé que aquí se habla de liberación de espíritus o demonios, pero el hermano Branham dijo que toda enfermedad es un demonio); y, cuando estamos enfermos, tiempo presente, sencillamente, y con fe sencilla podemos aceptar esa excelsa verdad y, ahora, admitir que estamos sanos; tan igual como, cuando por Su muerte, confesamos en fe sencilla y viva que estamos vivos para Dios (Lean, por favor, Romanos 8). Definitivamente, las azotainas sobre Su Cuerpo son el cumplimiento de Isaías 53:4:

 

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.

 

¡Shalom!

 

jueves, 28 de enero de 2021

y todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo

Y todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo


 Esta declaración fue dada, por primera vez, por boca del profeta Joel, en Joel 2:32:

 

32 Y todo aquel que invocare el nombre de Yehováh será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Yehováh, y entre el remanente al cual él habrá llamado.

Joel 2:28-32

 

El profeta declara aquí una profecía para los últimos tiempos, sobre el derramamiento del Espíritu Santo y que, luego de ello, seguirían acontecimientos de grande envergadura en el cielo y la tierra, “sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Yehováh.”

 

Sin embargo, y toda esta impresionante y realmente espantosa declaración, el profeta continúa y declara el evangelio o buena nueva: “Y todo aquel que invocare el nombre de Yehováh será salvo…”

 

El día grande y espantoso de Yehováh está por venir, y es el día en que Dios desatará o derramará Sus juicios sobre este mundo pecador e impenitente; por lo que, si los acontecimientos que ya están sucediendo hoy, con el covid-19, nos están causando angustia, dolor y hasta desesperación entre las gentes, ¿qué no causarán los juicios de Dios sobre este mundo después de esta breve tribulación?

 

Cuando el Espíritu Santo vino sobre la Iglesia, por primera vez, en Hechos 2 se registra cómo el apóstol Pedro, dando su primer sermón o proclama, él repite –justamente- esta cita de Joel:

 

Y daré prodigios arriba en el cielo,

Y señales abajo en la tierra,

Sangre y fuego y vapor de humo;

20 El sol se convertirá en tinieblas,

Y la luna en sangre,

Antes que venga el día del Señor,

Grande y manifiesto;

21 Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

 

Como podemos ver, aquí se dice “Señor”, y no “Yehováh”; porque, desde los primeros siglos de la cristiandad, los estudiosos aseguran que el nombre de Dios y de Su Hijo o nuestro Salvador fueron ocultados por orden del imperio romano y, después, por orden de obispos quienes, tiempo después, darían lugar a la formación de la hoy Iglesia Católica. El apóstol Pablo enseñó que todo lo que hagamos, sea de palabra o de hecho, lo hagamos en el nombre de Jesús o Yeshúa (Colosenses 3:17); y, cada vez que se declaraba el nombre de Yeshúa que, traducido, es Yehováh salvará, Pablo y los santos de aquel tiempo sabían que estaban igualmente invocando al Padre, Yehováh.

 

Y, en la carta a los santos en Roma, en Romanos 10:13, se vuelve a usar el título de “Señor” (cuando es muy probable que, en el original griego, estuviera escrito el nombre de Yeshúa); y, aquí, en alusión al Señor Jesús o Yeshúa (pronunciación en el idioma hebreo). ¿Por qué? Porque, en palabras del apóstol Pedro: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12); por lo que Pablo, con el mismo Espíritu Santo morando en él, tan igual como Pedro, sabía que el nombre de Yeshúa daba testimonio del nombre del Padre, Yehováh, declarando Su solo nombre y, después por Su obra vicaria en la cruz, que efectivamente la salvación es de Yehováh.

 

Cuando se le dio el nombre a nuestro Salvador, Su nombre fue Yeshúa (no Jesús. Este nombre, tal como es mencionado en todas la mayoría de Biblias, no apareció sino hasta el siglo XVI) porque, en el idioma hebreo, éste significa: “Yehováh salvará”, llegando a ser el nombre de nuestro bendito Salvador Yeshúa un testimonio, un pregón de que Yehováh Dios salvaría a Su pueblo. Por lo que, cuando el apóstol Pablo vuelve a repetir la declaración de Joel, refiriéndose a Yeshúa como autor de esta salvación, es porque, como bien sabemos, el nombre mismo de Yeshúa significa “Yehováh salvará”; y que, cuando Él entregó Su vida en la cruz por nuestros pecados, llevando nuestra maldición allí, Su cruz, sangre o muerte fueron causa y efecto de esta salvación lograda y disponible para todo aquel que, ahora, invoca al Señor, a Yehováh Dios o a Yeshúa, llamándolo para ayudarle en sus necesidades del alma, de su organismo (enfermedad, etc.) o, como en esta ocasión, para que Él nos proteja de la muerte del covid-19.

 

Por lo que te animo, amigo mío, a invocar o llamar (la palabra invocar significa llamar) a Dios, y Su nombre es Yehováh, que significa “Yo soy el que es, era y será”, el Eterno; o, si lo prefiere (y es lo mismo), invoque o llame a Yeshúa que significa “Yehováh salvará”; porque, aún si no lo entiende (y yo no digo entenderlo todo), Yehováh del Antiguo Testamento es Yeshúa o Jesús del Nuevo Testamento, en palabras del profeta, Hermano William M. Branham; no son tres, sino una sola Persona, el único y sabio Dios manifestado en carne para redimirnos de la muerte y concedernos vida eterna.

 

13 porque todo aquel que invocare el nombre del Señor [Yeshúa], será salvo.

Romanos 10:13

 

¡Shalom! O, traducido, ¡Paz!


 

jueves, 21 de enero de 2021

 Y TODO AQUEL QUE INVOCARE EL NOMBRE DEL SEÑOR, SERÁ SALVO

 

16 Mas esto es lo dicho por el profeta Joel:

17 Y en los postreros días, dice Dios,

Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne,

Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán;

Vuestros jóvenes verán visiones,

Y vuestros ancianos soñarán sueños;

18 Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días

Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.

19 Y daré prodigios arriba en el cielo,

Y señales abajo en la tierra,

Sangre y fuego y vapor de humo;

20 El sol se convertirá en tinieblas,

Y la luna en sangre,

Antes que venga el día del Señor,

Grande y manifiesto;

21 Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

(Hechos 2:16-21)

 


E

stas palabras fueron citadas por el Apóstol Pedro en la ocasión que, por primera vez, el Espíritu Santo descendió sobre la Iglesia; y que, evidentemente, para todos aquellos que hoy disfrutan de tener la promesa de Dios por los méritos de Jesucristo o Yeshúa el Cristo, la declaración del apóstol: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”, es garantía del cuidado de Yehováh Dios.

 

Hoy tenemos noticias que crean incertidumbre, turbación y angustia entre las gentes; y, seguramente, inclusive entre muchos de nosotros los cristianos profesantes; sin embargo, la promesa de Yehováh Dios sigue en pie, porque Él no cambia; y hoy, como aquel Día de Pentecostés o Shavuot (Chag Ha-Katzir, la Fiesta de la Cosecha (Exodus 23:16) y Yom Ha-Bikurim, Día de los primeros frutos (Numbers 28:26), podemos decir, con total confianza, “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”

 

El apóstol citó al Profeta, en Joel 2:28-32 y, cuando leemos allí la cita Bíblica, allí sí que se menciona el nombre “del Señor” que se dice en Hechos 2:21:

 

32 Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.

(Joel 2:32)

 

Este versículo lo vuelve a recordar el Apóstol Pablo, en su carta a los romanos:

 

11 Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.

12 Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan;

13 porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

(Romanos 10:11-13)

 

Y, como ustedes lo podrán notar, tanto aquí como en Hechos 2:21, el apóstol solo dice: “el nombre del Señor”, sin mencionar realmente Su nombre: Jehová o Yehováh (así figura en los manuscritos más antiguos de que se tiene conocimiento); y, muy posiblemente, y a la usanza de la tradición de los rabinos de la antigüedad hasta hoy, tanto el nombre del Padre como de Su hijo fueron ocultados para, en todo momento, reemplazarlos por el título honorífico de “Señor” cuando, en Joel 2:32, la promesa es para quienes invocamos o llamamos a Yehováh, llamándolo por Su nombre, no por un título. Y, lo que es más relevante aquí es que, cuando el Apóstol Pablo se refiere al “Señor”, haciendo referencia a Joel 2:32, claramente Él está dando a entender que Yehováh y Yeshúa son la misma persona, lo que descarta la doctrina de una supuesta trinidad.

 

Con esa confianza, y porque ahora Yehováh llegó a ser Yeshúa, que traducido es “Yehováh salva”, porque no hay otro salvador sino Yehováh Dios, para Él rescatarnos de nuestros pecados llegó a ser Yeshúa, Emanuel, Dios [está] con nosotros (Juan 1:14; Mateo 1:21), es importante que usted y yo lo invoquemos o llamemos por Su nombre, no solo por Su título honorífico de “Señor”.

 

En el versículo 14 de Romanos 10, el apóstol dice: ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?”; por consiguiente, conocer Su nombre es importante, necesario para invocarle o llamar, y más hoy cuando la muerte quiere herirnos en la forma de un covid-19.

 

El apóstol escribió en Romanos 8:31: “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”; de manera que, confiadamente, podemos decir que, por causa de Yeshúa, tenemos a un Dios comprometido en cuidarnos, inclusive, de esta pandemia, del covid-19 o el nombre que quieran ponerle.

 

El Señor Yeshúa dijo:

 

17 Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas;

18 tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.

(Marcos 16:17-18)

 

Y este covid-19 es un demonio, es un mensajero de satanás para abofetearnos o zarandearnos, como el Señor Yeshúa mismo lo profetizó que sucedería; y, es más, Él dijo que era necesario que esta peste, plaga o pandemia sucediera (Mateo 24:6), ¿por qué? Yo creo que para probar nuestros corazones y, reconociendo que no hay salvación sino en Yehováh, invoquemos Su bendito nombre, Yehováh de los Ejércitos o, por el nombre de Su hijo, Yeshúa que, traducido, es “Yehováh salva”. ¡Aleluya!

 

32 Y todo aquel que invocare el nombre de Yehováh será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Yehováh, y entre el remanente al cual él habrá llamado.

(Joel 2:32)

 


 

martes, 29 de diciembre de 2020

 ¡Un próspero año 2021!

 

2 Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.

3 Juan 1:2

 

P

róximos para ingresar a un nuevo año de nuestro común calendario (porque los budistas, chinos, hebreos y/o judíos, musulmanes y persas usan de otro calendario), este 1 de enero de 2021, quisiera compartir mi personal reflexión que, muy posible, tenga mucho en relación con la de muchos de ustedes.

 

Trabajé para una empresa dedicada a la logística y, concretamente, como auxiliar de almacén; y, de mi experiencia todo el tiempo que trabajé como almacenero, supe de un práctica que, año a año, cada seis meses o a-cíclicamente (por alguna emergencia), fue parte importante del control que hay en todo almacén, por pequeño que éste sea: El Inventario; y, cuantas veces participé de un inventario, principalmente los de fin de año, esto nos dejaba lecciones para, en el año que venía, asumiéramos las acciones que convenían a la empresa para que, si por allí habían errores que causaron daño a la empresa, a su activo (que era enorme), en el próximo año asumiéramos las acciones y correcciones para que tales errores no volvieran a suceder. De esta manera, podríamos decir que nos asegurábamos que, en el próximo año, tendríamos prosperidad respecto los casos que en el año que terminábamos nos eran objeto de observación, crítica y corrección. Esto me dejó una lección de vida; para, al igual que toda empresa, proponerme un año nuevo mejor no sin antes aceptar, con humildad, las observaciones y correcciones que me dejaba el inventario de mi vida a lo largo del año que terminaba.

 

Estamos próximos para entrar al año 2021; y, como bien nos “bombardean” día a día las noticias, por razón de una pandemia que aún sigue siendo nuestro más incómodo compañero, se nos vaticina una “segunda ola” o el brote de un cuadro pandémico con mayor estrago que el habido hasta hoy; y que, para que esto lo consideremos como cierto, este cuadro ya lo estamos viendo en la experiencia de los países de Europa; donde, por ejemplo en Inglaterra, se registraron poco más de 900 fallecidos en un solo día, lo que volvió a alarmar a toda Europa; y, por supuesto, a todo el mundo.

 

Como muchos de ustedes que frecuentamos diversos medios de comunicación o redes sociales como el Facebook, Messenger, WhatsApp y otros, a diario nos llegan buenas noticias, notas que tienen la intención de animarnos en el día presente; por ejemplo, con un “¡Que tengas un lindo día!”, ¿verdad?; pero, igualmente, o hasta quizá con mayor frecuencia, recibimos malas noticias relativos a la pandemia y cómo nuestros científicos y autoridades lo están afrontando; y, a esto, con el agregado nada grato de críticas contra los protocolos que se han ido desarrollando para controlar el covid-19 y, finalmente, contra las vacunas que se estarían elaborando con mucha crítica. A veces termino el día y, no sabiendo a quién creer (obstante las críticas parecen estar algo significativamente fundadas y expuestas por profesionales de la salud), quisiera eliminar mi cuenta de Facebook, Messenger o WhatsApp; pero, al rato, con algo de aliento decido entregar esta y toda carga a Aquel que sabe cómo confortarnos y darnos aliento para un día próspero, a nuestro Señor y Padre Yehováh (nombre hebreo para Dios).

 

El Señor Jesús (Yeshúa en hebreo) dijo: “Venid a mí todos los que estáis cargados y cansados, y Yo os haré descansar…” (Mateo 11:28-30); y, ciertamente, estoy aprendiendo a depositar mis cargas y buscar reposo y recuperación para un nuevo día, en Cristo Yeshúa; porque Él es Aquel a Quién Dios ha designado para ser nuestro Propiciatorio, Aquel Quién puede compadecerse de nuestros errores y fallas en la vida.

 

¿Qué balance nos merece este año 2020 que estamos próximos a despedir? En lo personal, puedo calificar mi año 2020 como positivo; porque, aún y cuando no he logrado aquello que es motivo de mi llamamiento en Cristo Yeshúa, aun así he aprendido para afirmarme aún más en Sus promesas, Sus mandamientos, Su verdad absoluta; creyendo, un poco más que ayer y en palabras del apóstol, que Él es poderoso para cumplir lo que ha prometido (Romanos 4:21).

 

Éste año 2020 ha sido uno de los más duros por los que hombre alguno haya pasado; y, para todo cristiano, que aspira adorar a Yehováh Dios en toda circunstancia, no importando las vicisitudes por las que uno atraviese, éste año ha significado una de las más claras pruebas para nuestra fe: en lo personal, fui sacudido y turbado hasta la angustia (Mateo 24:6; Marcos 13:7) que, de no haber sido por esta pequeña medida de fe que confío haber recibido de Dios, seguramente habría reaccionado en la anarquía como muchos están obrando, revelándose contra nuestras autoridades.

 

El Dios que dijo que estas cosas iban a suceder (Mateo 24), tiene la gracia para sostenernos en todo momento y ayudarnos para mostrar un testimonio que diga de una fe que agrade a Dios; y que, seguramente, nos dará parte y suerte con todos los bendecidos en Cristo Jesús o Yeshúa.

 

Así, cuando muchos vaticinan un año 2021 sombrío para este 2021; yo espero, con Su ayuda, Su gracia o favor, vivir por encima de todo ello, porque “Sobre una roca me pondrá en alto.” (Salmo 27:5).

 

¿Qué deberíamos hacer para asegurarnos un próspero año 2021? ¿Vestirnos con prendas de color amarillo, comer pasas, un baño personal u otro ritual; o, como algunos seguramente lo harán, consultar con el tarot, las cartas, la huija o ouija? Por qué no mejor invocar o llamar al Dios que tiene control del futuro; y, tanto así que, en el libro del Apocalipsis o Revelación, ya están escritos los sucesos que acontecerán en los próximos años para alegría de los justos y tristeza y angustia del pecador. Si Dios hasta aquí ha cumplido casi todas Sus profecías, siendo la principal de todas éstas el advenimiento de Su Mesías o Cristo, nuestro Señor Jesús o Yeshúa; y, con Él, toda promesa que por Su causa es dada a la Iglesia; entonces, ¿cómo no creer en las promesas que están por suceder en adelante? Está prometido el arrebatamiento de la Iglesia (los santos en Cristo Yeshúa), juntamente con la resurrección de los muertos en Cristo (la primera resurrección); y, según lo enseñó el Rev. William M. Branham, Él quitará a Su Iglesia de la tierra para, después, desatar toda la ira de Sus juicios contra un mundo pecador que se complació en el pecado, que nunca procedió al arrepentimiento. Vienen Sus juicios, amigos, familia, hermanos en Cristo (1 Tesalonicenses 5:1-11; 2 Tesalonicenses 2:1-17; 2 Pedro 3:1-18; Apocalipsis 16:1-21); y, en aquel día, el Día del Señor, no prosperará nada sino Su ira, Su enojo.

 

¿Qué deberíamos hacer para tener parte y suerte con Sus promesas de bien, de paz y prosperidad, para proveernos un año 2021 promisorio, con la promesa de Sus promesas que Él siempre cumple? Respuesta: solo creer en Aquel a Quién Dios envió, en Jesucristo, Yeshúa el Cristo; porque Él llevó la ira y el castigo de Dios por nosotros; para que nosotros, siendo justificados por la fe en la obra vicaria del bendito Yeshúa, tengamos paz y prosperidad, no solo este año 2021 sino por toda la eternidad.

 

El apóstol Juan hizo esta declaración a Gayo, un anciano y condiscípulo suyo de aquel tiempo: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.” (3 Juan 1:2); y, cuando leemos la expresión “deseo”, ésta contiene las mismas raíces para la expresión “orar”; por lo que, igualmente podríamos leer: “Amado, yo oro que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.” Yo podría desear muchas cosas; pero, si no son la voluntad de Dios, quedarán como deseos incumplidos; pero, si reconozco que el alma de una persona está prosperando en fe, virtud, conocimiento, dominio propio (templanza), paciencia, piedad, afecto fraternal y amor (2 Pedro 1:5-7), mi deseo es más que un simple deseo; para, en oración, pedir porque tal persona sea prosperada en todo lo demás, en su salud, tanto como su alma, lo más profundo de su ser ya está prosperando por la ministración de la bendita Palabra de Dios.

 

Este año 2021 es mi oración, más que mi deseo, es un deseo puesto en acción mediante la oración al Dios que escucha, porque tú conozcas a Dios, Yehováh es Su nombre; y que, conociéndole, sepas cómo conducirte delante de Él hoy y siempre, agradándole, para una vida próspera y confiable para el porvenir. ¿Y cómo Le conocemos? Sencillo: mientras lecturamos Su bendita Palabra, en oración, clamando porque Él nos ayude a entenderlas.

 

17 Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

1 Juan 2:17

 

¡Un Próspero Año 2021, en Cristo Yeshúa. Amén!