lunes, 17 de julio de 2023

¿RECIBISTEIS EL ESPÍRITU SANTO CUANDO CREÍSTEIS?



1 Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Éfeso, y hallando a ciertos discípulos, 2 les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. 3 Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan. 4 Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. 5 Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. 6 Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.

Hechos 19:1-6

E

l Espíritu Santo es la promesa de Dios para los que creen o aceptan a Jesús como el medio por el cual Dios perdonó nuestros pecados para, libres de culpa, darnos un nuevo nacimiento o comienzo pero -ahora- con Su presencia santificadora dentro de nosotros en la forma del Espíritu Santo.

El fundamento de esta consoladora verdad está en lo declarado en el evangelio según Juan 7:38-39:

El que cree en Mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.

Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en Él [en Jesús]; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

Así, cada vez que un creyente vino a Yehováh Dios a través de Jesús (Yeshúa en hebreo), éste siempre fue instruido a ser bautizado en el nombre de Jesús, para el perdón de sus pecados y, así, justificado ante Dios; esto es, declarado “justo” por causa de la justicia de Jesucristo (Él nos representó), estar aptos para recibir el Espíritu Santo de la promesa.

El bautismo en el nombre de Jesús significa que nos identificamos con Su muerte, sepultura y resurrección, tal como el apóstol lo enseña en Romanos 6:3-4 (también en Colosenses 2.12):

¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en Su muerte?

Porque somos sepultados juntamente con Él para muerte por el bautismo; a fin de que, como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva [un nuevo nacimiento].

Por lo que, el bautismo en agua en el nombre de Jesús es -en la práctica- la confesión de nuestra fe o confianza en Él, que le estamos reconociendo como nuestro sacrificio-sustituto, que Él murió, fue sepultado y resucitó por nosotros, identificándonos con Él en Su obra redentora; y que, limpios de nuestros pecados y declarados justos, ahora Dios puede habitar en nosotros mediante Su Espíritu; siendo -en definitiva- el Espíritu Santo la señal de que hemos creído en Jesús y, por lo mismo, señal de nuestra justificación ante Yehová nuestro Padre.

Por ello, la pregunta sigue siendo la misma hoy, “¿Recibiste el Espíritu Santo cuando creíste?” Si la respuesta es “no”, o “no estoy seguro”, seguramente es porque no has creído en Jesús (y Él es el camino, la verdad y la vida para venir al Padre, el Espíritu Santo – Juan 14:6); y, si has creído, si tu confianza está puesta en Él para el perdón de tus pecados, quizá sea porque no has sido instruido para ser bautizado en el nombre de Jesús, tal como fue la práctica en el libro de Hechos 2:38-39; 8:16; 10:48; y 19:5; y, como en el caso de los efesios en Hechos 19:1-7, quienes volvieron a ser bautizados (antes habían sido bautizados en el bautismo de Juan “El bautista”); si tú fuiste bautizado en “el nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo”, el bautismo trinitario (que nunca nadie en la Biblia, jamás fue bautizado de esa manera), te exhorto a arrepentirte de esa tradición sin respaldo Escritural, y pide a tu pastor o anciano en la iglesia local te vuelva a  bautizar pero, y ahora, en el nombre de Jesús, para el perdón de tus pecados, y puedas recibir la Vida de Dios, Su Espíritu, conforme a Hechos 2:38-39; que, en palabras del Señor Jesús, nos guiará a toda la verdad (Juan 16:13), la gracia de Su bendito Evangelio para vivir vidas por encima del pecado y la debilidad de nuestra carne, hasta el día que Él retorne por Su Iglesia. Amén.


Nota: Este breve tratado bien puede ser impreso en tamaño A6 para la obra evangelista.

 



miércoles, 28 de junio de 2023

MI EXPERIENCIA CON EL DON O CARISMA DEL HABLAR EN LENGUAS

O

currió en los primeros años de mi conversión, como cristiano. Empecé mi andar cristiano a los 30 años, congregando con hermanos de una iglesia pentecostal, la Iglesia Pentecostal del Rímac, situado en el denominado “Malecón Rímac”, a escasas cuadras del Jr. Trujillo y el Palacio de Gobierno.


Por causa de mi ignorancia del consejo de Dios, por entonces –lo debo admitir- no consideré la Palabra de Dios con la seriedad que se debía; y, por esta ignorancia; y, por consiguiente, mi pobre discernimiento de los espíritus o ámbito espiritual, llegué a ser perturbado, sino poseído, por un espíritu malo que, definitivamente, me tornó incrédulo a Dios y Su Palabra.

En efecto, iba en dirección de esta iglesia local, al término de mi horario laboral; y, obstante iba cantando en mi corazón uno o más coros cristianos; de un momento a otro, sentí como que “alguien” se acercaba por delante mío e ingresó o entró dentro de mí; y, tras este hecho, cuestioné mi poca fe que, hasta entonces, parecía sostenerme para un andar mínimo o suficiente entre hermanos y hermanas que, como yo (o mejor que yo), congregaban aspirando conocer más a Dios. Desde que vine a Dios, por la vía de Su Palabra, justamente cometí este grave error; y que lo comparto que, quién pudiera leerme, aprenda de mi experiencia; que, aun cuando parecía entender la importancia de conocer la voluntad de Dios en Su Palabra; en la práctica, no fui lo suficientemente diligente para, día tras día, llenar mi alma con Su conocimiento; y, cuando ocurrió esta extraña experiencia espiritual, no tuve argumento o recurso Espiritual para resistir, y sucumbí.

Como iba en dirección de la iglesia, casi como un autómata, o como buscando –confusamente- ayuda que, en tal condición, parecía no la había para mí (recuerden, ya no tenía fe); llegué a la iglesia y, sentado en una de las bancas, y porque no parecía comunicativo o expresivo con hermanos y hermanas a quienes conocía, ellos concluyeron –por último- que algo estaba sucediendo conmigo; y, conduciéndome de inmediato a un ambiente que llamábamos “el Cuarto de Oración”, intentaron ayudarme en oración y reprendiendo y, finalmente, intentando echar fuera el demonio que, según lo entendían (recuerden, era una iglesia pentecostal entendida en temas de espirituales, hasta de posesión de demonios, etc.), me estaba perturbando y causando ese extraño estado. El hecho es que, aun cuando ellos hicieron lo mejor que entendía y podían, no lograron liberarme; y, asustado y perturbado como estaba, no queriendo que siguieran molestándome, les pedí que no insistieran más, y me retiré a casa; y, desde entonces, no volví a congregar ni en esa ni en ninguna otra iglesia o congregación.

Por aquel entonces, trabajaba en un puesto público de la entonces Entel Perú S.A., en el Hall del Aeropuerto Int. Jorge Chávez, como operario de télex y cable (telegrafía internacional); y, por lo mismo, tuve contacto con regular número de clientes de habla inglesa; y, porque me era difícil entenderles e, igualmente, atenderles, decidí estudiar este idioma, lo que hice. Ingresé a un instituto o academia de inglés, de las muchas que pululaban en Lima; y, así, estuve estudiando el idioma inglés que, día a día, asimilaba con mucho agrado; lo que facilitó que, aun cuando no llegué a ser un experto en este importante idioma (solo estudié hasta la etapa intermedia, y solo unos meses de esta etapa), en mi práctica con clientes de habla inglesa me fui –como se dice- “fogueando” para entenderlo cada vez mejor. Por entonces, cerca de un año sin congregar con otros santos, me vi tal de vulnerable que, y sin aquella fe que una vez me animaba para congregar como iglesia y participar en muchas de sus actividades, cedí para volver al licor, los prostíbulos y la “vida bohemia”; y, porque reconocía que iba de mal en peor (hay aspectos de mi andar pecaminoso que prefiero omitir); cargado de pecados que agobiaban aún más mi alma, y en un acto de esperanza o desesperanza (no lo sé bien), decidí retornar a la iglesia; aun cuando temía que, a mi retorno, sería objeto del comentario de muchos, temiendo la crítica.

Fue un viernes por la noche, si mal no recuerdo, en que retorné a esta linda iglesia donde, al lado de otros hermanos y hermanas, Dios me permitió conocerle en la manifestación de Sus carismas como el hablar en lenguas, la profecía, visiones y otras manifestaciones; pero, porque estaba muy “frío”, y sin ánimo para conversar con nadie; decidí que, no bien llegara al templo de esta iglesia que, tras saludar al o los ujieres que –por lo general- estaban apostados en la entrada principal de este templo; que, tras saludarlos escuetamente, me dirigiría –raudo- hacia la instalación del llamado “Cuarto de Oración”; y, en efecto, tan luego saludé al o los ujieres apostados en la puerta principal, muy a prisa me dirigí hacia el “Cuarto de Oración”; y, allí, intenté orar.

Recuerden, ya no tenía fe; en realidad, Dios y Su Palabra me parecían ridículos; pero, porque había tenido experiencias espirituales, y que parecían hablarme más que mil palabras; y porque, de alguna manera, reputaba tales experiencias como importantes para mí, aun si las creía o no ser de Dios; y porque parecía tener una angustia tal que –y lo sabía- nada ni nadie podría quitarla de mí (parecía morirme), decidí acercarme ante un taburete que estaba dispuesto en la parte delantera de este ambiente dedicado para la oración; y, casi como desmayándome, porque estaba muy atribulado, cargando el descontento de pecados a los que volví a ceder por motivo de esta penosa experiencia espiritual, me arrodillé e intenté orar. ¿¡Pero cómo, si no tenía fe!?

E, intentando orar, oí la oración de un hombre a mi derecha; un paisano de nuestra serranía que, por su hablar motoso, ni pronunciaba bien el español, diciendo algo así como: “Oh, Papito lindo, cuánto te amo”; y, siempre con un acento motoso, diciendo cosas parecidas; pero, a la vez y por más sencillas que parecían ser, mostrando un genuino afecto por Dios; a Quién, por cómo él se expresaba, parecía conocerle; por lo menos, mucho más, muchísimo más que yo.

Impresionado como estaba por cómo este hombre oraba a Dios, Le dije: “¿Ves?, él sí que te conoce, pero yo no podría expresarme como él, con familiaridad; y, si lo hiciera, sería un hipócrita. ¡Ayúdame, por favor!”; y, lamentando no poder orar como este hermano, callaba para, en silencio, intentar pensar algo más para decir a Dios. Estaba muy atribulado, acongojado, diciéndole que tenía miedo; que, a menos que Él me ayudara a superar esa condición, nadie lo haría; y que, muy posible, temía ir de mal en peor; y, como había sido a lo largo de mi adolescencia e inicial juventud, temiendo el suicidio.

Como dije, este hermano oraba sin pronunciar bien el español; y, por lo motoso de su hablar, reconocía que sería un hermano procedente de nuestra serranía; y, lo que me fue igual de relevante fue que, inclusive, el tono de su voz era tal como aquellas voces que, cuando iba a las tierras de mis abuelos, por Ancash, acostumbré escuchar; voces como tímidas y apacibles, característicos del ande peruano. El ambiente del “Cuarto de Oración” estaba tenue, no había mucho alumbrado; justamente para que, mientras orábamos, nadie pudiera entretenerse mirando al otro; y, en definitiva que, quién entraba a este ambiente, se dedicara única y exclusivamente  a orar. Así, por lo mismo, nunca reconocí a este hermano que oraba; y, por su hablar motoso, tampoco recordé haberlo escuchado antes.

En tales circunstancias, de pronto empecé a oír a este hermano hablando en lenguas. Como dije, yo había escuchado hablar en lenguas a muchos hermanos; y, en una congregación pentecostal, donde el hablar en lenguas es una de sus doctrinas pilares, el escuchar hablar en lenguas a este hermano no habría sido nada raro para mí; esto es, no habría causado mayor impacto e importancia, a menos que este hombre habló –justamente- en el idioma que yo estaba estudiando, el inglés; y, lo que es más, no lo hizo con su voz queda, tímida o apacible, pero como con una voz de esos locutores que, con voz grave, parecían impactar a través de la radio; y, aun y cuando no llegué a ser un excelente estudiante del idioma inglés, yo entendí –perfectamente- lo que este hermano decía en lengua inglesa: “Oh Lord Jesus, You know that I love You…”, y cosas parecidas. Por lo general, yo había escuchado hablar en lenguas hasta difíciles de reconocer ser de tal o cual país; escuché hablar en chino, alemán u otro idioma; y, posiblemente, hasta lo que llamaban “lenguas angelicales”; pero, en mi pequeña experiencia, nunca escuché hablar inglés; pero, aquella noche, y porque el Dios Vivo sabía que yo estaba estudiando inglés, Él permitió que este hermano, a quién no distinguí nunca, hablar en inglés; y que yo, aun en mi poco entender, reconocí que era el hablar de un perfecto inglés.

En efecto, en el libro de Hechos, capítulo 2, se dice que, cuando el Espíritu Santo cayó sobre los 120 congregados en el aposento alto de una casa, que todos estos hermanos y hermanas (porque también estuvo María, la madre del Señor Jesús), empezaron a hablar en lenguas, según el Espíritu Santo les daba que fuesen pronunciadas. En esta experiencia espiritual que dio inicio o nacimiento a la Iglesia del Dios Vivo, durante la Fiesta de Pentecostés, “5 Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. 6 Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. 7 Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? 8 ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? 9 Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, 10 en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, 11 cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.” (Hechos 2:5-11).

Pues, precisamente eso fue lo que yo también, mientras oía a este precioso hermano hablar en lenguas, me preguntaba ¿Dónde había visto acontecer esta misma experiencia en la Biblia?; y, aun cuando no podía reconocer la cita bíblica exacta de donde procedía esta misma experiencia, repitiéndose para beneficio de mi alma, sabía, porque lo había escuchado en algunas prédicas que sobre el tema se predicaron en esta y otras iglesias pentecostales, que una experiencia similar estaba registrada en las Escrituras; y que, por consiguiente, esta experiencia del hablar en lenguas a través de este hermano era genuina, era la visitación del Espíritu Santo por razón de mi congoja, mi confusión, mi tribulación; y, mientras lo iba reconociendo en mi alma, empecé a emocionarme a tal extremo que, finalmente, sentí como una explosión irrumpir en mi pecho; y, al instante, empecé a gritar de tal manera que, y con lágrimas en mi ojos, en un llanto incontenible, bendecía a Dios, agradeciéndole por recuperar mi fe en las Escrituras, en Su Palabra, a través de oír una de Sus manifestaciones, el hablar en lenguas; que, como los aquellos “varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo” (v. 5), en el Jerusalén del I Siglo, entendí ese hablar en lenguas, tuve la interpretación (aunque por estudio natural del idioma); y que, como entonces, podía decir como los piadosos de entonces: “les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.” (v. 11). Esa manifestación en lenguas restauró mi fe; y, desde entonces, aun cuando he pasado muchas veces por “valle de sombra de muerte” (Salmo 23:4), pero siempre por razón de mi negligencia e irresponsabilidad, sigo en pie por Su gracia, aprendida la lección, esforzándome por ser diligente en aprender Su voluntad para agradarle en todo (Colosenses 1:10).

¿Saben qué? –Nunca supe quién fue ese hermano que habló en lenguas, en el inglés que yo estaba estudiando; y, lo que es más, ni él se acercó a mí para ultimar con alguna palabra de gracia, felicitarme o bendecirme, no; por lo que, muchas veces, he pensado que –posiblemente- este hermano no fue otro sino un ángel enviado por el mismísimo Dios, Jehová de los Ejércitos, para mi liberación. Sea quién haya sido, sé que fue el instrumento que Él utilizó para libertarme de incredulidad, restaurarme la fe, y las esperanzas vivas en Sus benditas promesas por razón de Jesucristo o Yeshúa Ha Mashíaj (en hebreo).

Si este testimonio te ayuda, bien; lo comparto, justamente con ese objetivo de que sea edificante para todo el que pasa por momentos de angustia; que, si Él me ayudó a mí, un inmundo y miserable pecador, seguramente lo puede hacer con cualquier otro.

La gracia de Jesucristo o Yeshúa Ha Mashíaj sea con todos ustedes. Amén.

 

 

domingo, 18 de junio de 2023

TESTIMONIO DE UN PADRE

N

o me fue fácil ser padre; es más, si tuviera que ser calificado por ello con seguridad tendría mala nota. Y es que nadie o pocos nos preparamos para ser padres exitosos, tal como lo espera Dios que lo seamos; y esta preparación, definitivamente, se da en casa, en el hogar, con la debida asistencia de nuestros padres.


En el libro de Hebreos, capítulo 12 y versículos 9 y 10, el apóstol dice, refiriéndose a la disciplina que los padres deberíamos ejercer sobre nuestros hijos:

Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía…

¿Y no es esa la manera en que obramos aún hoy en día? Muchos dicen, hasta alterados, y más cuando se les objeta no disciplinar debidamente a sus hijos, “¡Yo sé cómo crío a mis hijos!”, o “a mi manera, ¡y punto!” Y la pregunta que –de inmediato- surge sería, “¿Realmente saben criar a sus hijos?”. El hecho que tengamos una sociedad convulsionada, temerosa, irritada, temperamental, vanagloriosa y hasta criminal nos dice que, como padres, quizá no lo hicimos bien.

En la primera carta del apóstol a los Corintios, capítulo 7 y versículo 14, él enfatiza cómo la santidad afecta positivamente nuestro entorno familiar; y, precisamente, la de los padres para con los hijos:

Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer [creyente], y la mujer incrédula en el marido; pues, de otra manera, vuestros hijos serían inmundos [impuros o sucios], mientras que ahora son santos [contrarios a la inmundicia, impureza o suciedad].

Si acaso somos cristianos, nuestro rol como padres deberá –necesariamente- tener como objetivo que nuestros hijos sean santos. ¿Y qué es “santo”? –Según un diccionario bíblico, en ocasiones significa “separado”, “consagrado”, “puesto aparte”; pero, con mayor frecuencia, “puro”.

En la segunda carta del apóstol a los Corintios, capítulo 7 y versículo 1, él dice: “Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.”

¿Y cómo lograrlo, cómo es que perfeccionaremos santidad en nuestros hijos? No por imposición, pero con el ejemplo, con nuestra conducta.

1 Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, 2 considerando vuestra conducta casta y respetuosa. 3 Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, 4 sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. 5 Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; 6 como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza.

7 Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.

Yo sé lo que es vivir desorientado en la vida; porque, desde pequeño o que tuve algo de conciencia, no tuve a mi padre a mi lado para orientarme, corregirme y hasta azotarme por todo acto reprobable. Él, por circunstancias que hoy entiendo, no pudo estar a mi lado, cuando más lo necesité; y, por esta razón, crecí cohibido o temeroso, desorientado o sin un norte u objetivo noble e inteligente que perseguir; y, por lo mismo, viví angustiado y, por último, enojado hasta contra Dios que, para mí, por entonces era inexistente; ¡y vulnerable ante todo asedio de maldad! Por lo que, quienes llegan a ser padres, aun si no han pasado por la escuela del hogar para serlos; si realmente quieren ser padres exitosos, formando hijos –igualmente- exitosos; para lograrlo, anhelen ser santos y sabios, no contaminándose con un mundo que, desde que el pecado ingresó al mundo por vía de la desobediencia de nuestros primeros padres, Adán y Eva, está ya contaminado con criterios, paradigmas, ideologías y conceptos equívocos respecto muchos aspectos de la vida; y, la única manera para ser ejemplos de conducta en la vida será si solo damos cabina a Dios y Su Palabra, Su consejo en nuestras vidas. No creo que exista otra forma para lograrlo; aun cuando, y no lo dudo, la ciencia de la sicología tiene su loable aporte en tratar con la conducta de las personas: niños, adolescentes, jóvenes y hasta adultos.

Como el apóstol lo dice en su carta a los Romanos, capítulo 2 y versículos del 21 al 24:

21 Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? 22 Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? 23 Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? 24 Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros [el mal ejemplo].

Aquí, el apóstol exhorta que, por más que uno conozca lo correcto, si éste no vive lo que dice, su testimonio, conducta o ejemplo afectará negativamente nuestro entorno y, en este caso, a nuestros hijos. Vivamos de la manera más justa o recta posible, y esa conducta tendrá efecto más que mil palabras, como se enfatiza en 1 Pedro 3:1, párrafos anteriores. Que ese principio o fundamento nos sirva en la educación, formación y disciplina de nuestros hijos.

Y cuando llegué a la edad de la pubertad que, a mi entender, es crucial en el crecimiento de todo hijo o hija; siendo que no tuve quién me enseñara cómo reaccionar en tan delicada etapa de la vida, opté por ceder a los naturales impulsos de mi naciente sexualidad que un adolescente, a esa edad, empieza a sentir; y, porque no supe qué hacer con mi sexualidad; y, lo que es igual o peor, consulté con otros “amigos” del barrio igual de desorientados como yo, para “explorar” mi sexualidad peor que un animal que, aun siendo irracional (según se cree), obra por instinto; y, en muchos casos, lo hace mejor o más saludablemente que muchos de nosotros los seres humanos supuestamente racionales y pensantes. Y es en esa etapa de la vida que el adolescente recurrirá al padre o la madre, dependiendo del sexo; y que, si a lo largo de la vida el padre no inspiró confianza en su hijo para consigo; llegado este momento, él tampoco confiará compartir con su padre el drama por el que pasa con su sexualidad; y que, muy posible, sea motivo para que el adolescente y –después- joven crezca irresponsable con su sexualidad; y, en muchos y muchísimos casos, afectando a su entorno, fornicando y hasta prostituyéndose a cambio del inmediato placer que, en la medida que se hace costumbre o adicción, nos irá dominando para vivir desorientados respecto la responsabilidad que implican el matrimonio a futuro; y, por consiguiente, nuestro eventual rol como padres de los hijos que han de venir. Muchos, y yo me incluyo en ese grupo, hemos llegado al matrimonio afectados por inconductas sexuales y, cuando tuvimos relaciones sexuales con nuestras esposas; muchas de las veces, propusimos actos indecorosos, inmundos o sucios, contra natura; y, cuando llegué a ser padre, ¿qué podía orientar a mi hija (fuimos padres de una niña, hoy ya señora, casada y con hijos), siendo que no conocía –por experiencia- sino perversión sexual? Pero, y porque empecé a conocer a Dios a mis 30 años; desde entonces, me propuse conocer, también por doctrina y experiencia, la santidad que, con acierto, pudiera –a mi vez- compartir santidad a mi menor hija. Por entonces, afectado como estaba en mi sexualidad, poco o nada pude contribuir en la formación de mi hija; pero, transcurrido los años, aun si muchas de las veces traté de compartir mi saber algo alterado, nervioso y hasta histérico, por lo menos lo intenté. Por gracia de Dios, mi hija está, lo que diríamos, “bien casada”; pero, en mi entendimiento, reconozco que le falta reconocer a Dios –también- de manera experimental, por vía de creer el evangelio de Jesucristo (vital para la experiencia cristiana); lo que, según Sus promesas, la constituirán en una persona sabia para, a su vez, compartir sabiduría con sus hijos, nuestros hermosos nietos.

¿Estás capacitado para ser un padre exitoso, según el éxito que vemos registrado en las páginas de Su Palabra, la Biblia? –No; pues, no te angusties. El pueblo de Israel, quién vivió beneficiado por un pacto con Dios, donde Él prometió morar entre ellos; y que, por lo mismo, es que ellos llegaron a ser un reino que imperó e impactó en el mundo de entonces; el mismo Dios, mediante Jesucristo, nos ha prometido morar, ya no en un templo hecho de manos humanas; pero, a diferencia de entonces, ahora en nuestros corazones en la forma del Espíritu Santo: ¡Jehová mismo morando en el templo de nuestros cuerpos! (1 Corintios 6:19); para, y mucho más próximo a nosotros que cuando Él estuvo en medio de Israel; e, inclusive, en carne humana en la forma de Jesucristo, guiarnos a toda verdad, según nos lo prometió el bendito Señor Jesús en el evangelio según Juan, capítulo 16 y versículo 13:

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

En palabras del apóstol Pablo: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” (Hechos 19:2). Si tu respuesta es no, si no tienes al único Guía que nos puede conducir con acierto, éxito y sin frustraciones hasta el día en que nos veremos con Jehová Dios en gloria, en el retorno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, te animo que te arrepientas de todos tus pecados (errores) y pidas ser bautizado en las aguas del bautismo invocando el nombre de Jesucristo o Yeshúa Ha Mashíaj (en hebreo), para el perdón de tus pecados; y Dios, conforme lo prometió a través del apóstol Pedro, en Hechos 2:38, te concederá este don o regalo, el Espíritu Santo; Dios mismo, el Señor Jesucristo, nuestro Padre (Isaías 9:6); Quién, conforme a Hebreos 12:9-10, nos disciplinará para lo que nos es provechoso, para que participemos de Su santidad; y, consecuentemente, podamos ver a Dios en escena (Hebreos 12:14), frente a nuestros ojos, impactando nuestras almas para vivir vidas justas y santas, dando gracias a Dios por el nombre de Jesucristo. Amén.


jueves, 15 de junio de 2023

¡SUBLIME GRACIA, LA DEL SEÑOR! (Testimonio de un sueño)

Hoy desperté tarde; pero, por gracia de Yehováh, no sin antes soñar con Su sublime gracia.


A

yer, y casi todos estos días, terminé el día cansado y, en ocasiones, hasta desanimado, desmotivado, tras atender lo mejor que puedo a mi señor padre. Yo ya no soy un hombre joven que, confiando en la juventud, pueda asumir responsabilidades que exigen esfuerzo; pero, porque entiendo responsabilidad, y por el afecto que tengo por papá, hago el mejor esfuerzo por atenderle; y, últimamente, hasta logro sostener sus casi 80 kilos de peso. Él pesa más que yo pero, por razón que lo veo opacarse en sus fuerzas a causa de sus años (94), la baja de su peso me está permitiendo algunas maniobras para trasladarlo –por lo menos- de la cama a su sillón, y viceversa, y lo hago bien. Sin embargo, y porque le estuve reclamando fuerzas a nuestro bendito Yehováh (lo trato así, tal y como se pronuncia en el hebreo, según el descubrimiento de un experto judío en el idioma hebreo, Dr. Nehemia Gordon, tras leer muchas copias de manuscritos de las Sagradas Escrituras en este bendito idioma, el hebreo), Él me las ha ido dando para, sumado a técnicas que he ido aprendiendo a través del YouTube, atender a un anciano de la edad de mi padre, siendo yo también algo anciano.

Y ya, en varias ocasiones en que anduve con papá, sea cuando lo llevé para que le pusieran la vacuna contra el covid, o por otro motivo (hemos paseado regularmente por los alrededores del parque que está tras mi casa, por ejemplo; y, en una ocasión, cuando lo llevé al peluquero; tras esa sesión de belleza, siendo que hacía mucho calor, nos tomamos una refrescante “Cuzqueña”, y seguimos nuestro camino de retorno a casa), muchos dedujeron que éramos hermanos; y, jocosamente, hasta que yo parecía ser el mayor, lo que me causó mucha gracia.

Y, referente al sueño, aun cuando no lo recuerdo bien en todos sus detalles; recuerdo que, en un determinado momento, como que estaba sentado ante o frente a una señora a mi izquierda y un señor a mi derecha; que, al parecer, serían esposos (posible) y cristianos; que, al parecer, me estaban ministrando liberación; mientras, en esta sesión, les iba comentando pormenores de mis tribulaciones; que ellos, como ministros que parecían ser, me ayudaran. Después, me vi en un ambiente grande, como el local de una iglesia, y con algunos, pocos miembros que, al parecer, estarían dando testimonio o testificando –posiblemente- acerca de alguna gracia de Dios en sus vidas. Al rato, me entregaron un micrófono que, al parecer, tenía teclas numeradas; y que, para cuando me tocara mi turno, debía presionar la tecla o botón número “1” para, a través de este micrófono, ser escuchado por los asistentes, lo cual hice. En realidad, no recuerdo lo que dije; pero, al despertarme, parecía aún seguir testificando de Su gracia o favor, de cómo Él me había libertado; y, al rato, empecé a entonar el himno “Sublime Gracia”; que, si no lo sabían, la letra fue compuesto por John Newton (Siglo XVIII), y con una entonación algo diferente de cómo –comúnmente- se suele entonar este hermoso himno; diría yo, una cadencia latinoamericana; y, mientras lo entonaba, hasta le agregué un corto que, a mi parecer, sería como un coro:

Sublime, sublime, sublime gracia la del Señor,

Él me salvó y libertó, y por esta gracia le sirvo hoy.

Por si no lo sabían, John Newton solo compuso la letra del himno, no la música. Esto fue común en tiempos antiguos, como con los salmos de David, Asaf y Hemán en la Biblia: ellos fueron inspirados en la sección de la Biblia que conocemos como “Salmos”; y el pueblo de Israel y, después todo cristiano, inspirado igualmente cantó estos salmos con un acompañamiento musical para constituirse en los cánticos que habitualmente escuchamos. Y  así sucedió con Newton: él tuvo la inspiración de la letra del himno “Sublime Gracia”; y, hasta donde se sabe, otro, un desconocido de color habría agregado a esta letra –reveladora de la gracia de Dios- la parte musical que hoy conocemos y entonamos todos.

Al rato, y ungido como estaba por el sueño y la entonación del himno, renovadas mis fuerzas fui a atender a papá Gilberto. Me pidió un poco de agua y, después, le di su jarabe contra la tos y, después, lo desayuné. Ahora está descansando sentado sobre su sillón. Que Yehováh me permita dárselo a conocer, como intento hacerlo; que, en la persona de Jesucristo o Yeshúa Ha Mashíaj, Él se reveló en este mundo para traernos –desde Su divina gloria- salvación y vida eterna.

¡Aleluya!

 

sábado, 27 de mayo de 2023

¡QUÉ LINDA FORMA PARA MORIR!

T

odos vamos a morir; a menos que, cuando el Señor venga, según Su promesa a través de Su apóstol, Su retorno nos halle vivos; entonces, nuestros cuerpos serán transformados a la imagen de Su gloria; ocurrirá lo que el apóstol, en su epístola o carta a los romanos, capítulo 8 y versículos 18 al 25, llamó la manifestación [gloriosa] de los hijos de Dios. El apóstol Juan añade a esta consoladora verdad las siguientes palabras:

2 Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. 3 Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.

1 Juan 3:2-3

Sí, y solo los que esperan en Dios, en Jehová Dios, tienen esta vivificante y esperanzadora verdad ardiendo en sus almas; lo que, en medio de toda tribulación, los anima para vivir siempre vivificados y animados en sus espíritus. Oh, las Escrituras nos dicen que “Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos.” (Salmo 116:15), de un justo.

En los evangelios encontramos el registro de dos muertes de hombres que, porque creyeron el evangelio o buena noticia de Dios; llegada la muerte, no tuvieron temor alguno; sino, y por el contrario, la enfrentaron gozosos de que, muertos o separados de sus cuerpos mortales (porque eso es lo que la expresión “muerte” significa, “separación”, porque dejamos nuestros cuerpos), sabían que irían al encuentro del Dios que nos ha prometido Vida Eterna a todos los que hemos creído en Jesucristo:

15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

De tal manera amó Dios al mundo

16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Juan 3:15-16


Uno de estos testimonios que enfrentaron gozosamente la muerte es el anciano Simeón, en el evangelio según Lucas 2:25-35; a quién Dios le había dicho que no vería muerte; esto es, que él no moriría, sino hasta ver la consolación de Israel, al Cristo o Mesías o Ungido del Señor; y, cuando –por fin- él vio a Jesús, “la consolación de Israel”, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:

29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz,

Conforme a tu palabra;

30 Porque han visto mis ojos tu salvación,

31 La cual has preparado en presencia de todos los pueblos;

32 Luz para revelación a los gentiles,

Y gloria de tu pueblo Israel.

¡Aleluya! Él no dijo, como muchos, “¡No quiero morir!”; no, esa no fue la exclamación de este hombre justo y piadoso; sino, siendo ya viejo, muy seguramente reconocía que su tiempo en la tierra ya había terminado, no tenía más que hacer aquí; excepto que espera que Jehová Dios cumpliera con Su promesa, que él no moriría sin –primero- ver al Mesías, al Cristo o Ungido del Señor, y lo vio.

¿No es una linda forma para morir, conociendo que Dios, Quién no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta [de Sus promesas], cumple Sus promesas de Vida Eterna?


Y, otro testimonio que nos dice de una linda forma para morir es el registrado en Lucas 23:39-43:

39 Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. 40 Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? 41 Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas este ningún mal hizo. 42 Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. 43 Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Sin embargo, tanto en el evangelio según Mateo 27:44, como en Marcos 15:32, se narra que ambos ladrones, crucificados a ambos lados del Señor, igualmente injuriaban al Señor. ¿Qué sucedió con este otro malhechor de quién se dice distinto a estos dos registros de Mateo y Marcos? Es evidente que, durante su crucifixión, él pudo reconocer a Jesús cumpliendo la profecía de Isaías 53:7-9:

7 Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. 8 Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. 9 Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.

Por lo que, en su espíritu, él sabía que Jesús era el Mesías, el Cristo o Ungido del Señor; y que, por palabras de David y Daniel, y todos los profetas, Él cumpliría las promesas de Vida Eterna, de un Reino Eterno; por lo que, lleno de fe dijo: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.” A lo que el Señor respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.”

Seguramente, como la mayoría de los israelitas o judíos de su tiempo, él estaba enojado por cómo Israel estaba bajo el dominio romano; y, enojado, se desorientó de seguir creyendo las singulares promesas de Jehová Dios a Su pueblo, Israel; y, rebelde como estaba, actuó en actos de sedición por lo que, al igual que Barrabas, fue apresado. Y así está todo hombre o mujer que, sin esperanza en Dios, vive enojado consigo mismo, con sus padres, con la sociedad; culpando a todos de su fracaso, y menos aceptando que, por sus pecados [errores, malas decisiones], es que él o ella vive frustrado en esta vida; hasta que, por la gracia de Dios, él ve a Dios y Sus promesas en Cristo Jesús manifestándose ante sus ojos para creer; y, en adelante, reconocer a Dios en su vida. Y eso fue lo que sucedió con este ladrón “bueno”; él, sencillamente supo que Jesús era el hombre justo de Quién Isaías, Daniel y los demás profetas hablaron; y, tan pronto él reconoció a Jesús, hizo lo que debía hacer, dirigirse a Él en oración: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.” Y hoy, por la gracia de Dios, él está disfrutando de la presencia de Dios, allá en el cielo; y, uno de estos días, si somos partes de la misma promesa de Vida Eterna por la fe en Jesucristo, seguramente le veremos, gozoso, por la eternidad. ¿No es lindo morir así?

En la epístola o carta del apóstol Pablo a los corintios, capítulo 15 y versículos 51 al 57, él dejó por escrito lo siguiente:

51 He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, 52 en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. 53 Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. 54 Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. 55 ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? 56 ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. 57 Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Y, en su epístola o carta a los santos en Tesalónica, capítulo 4 y versículos 13 al 18, él añade a esta gloriosa verdad lo siguiente:

13 Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. 14 Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. 15 Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. 16 Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. 17 Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. 18 Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.

Entonces, ¿por qué tenerle miedo a la muerte? Porque, cuando esto ocurra, sencillamente nos separaremos de nuestros cuerpos, sí; pero, y a la vez, nuestros espíritus irán al encuentro del Señor de Gloria, nuestro Señor y Dios Jesucristo; el Camino, la Verdad y la Vida; el que es, y el que era y el que ha de venir, Jehová mismo manifestado en carne glorificada, como un Hombre, Su teofanía, “y así estaremos siempre con el Señor.” ¡Aleluya!

Que Dios nos conceda gracia para morir así, reconociendo el cumplimiento de Sus promesas como Simeón; y que, aún en el lecho de la muerte, como el ladrón arrepentido, hay esperanzas que Dios alumbre Su bendita Palabra para que le veamos, y reconozcamos en nuestras vidas, rogando por el perdón de nuestros pecados y confiados en Sus promesas de Vida Eterna. Que Jehová me conceda vivir el tiempo que Él quiera; pero, si ello es posible, me agradaría vivir hasta Su retorno que, según los tiempos, no está muy lejos de cumplirse; en mi pequeña fe, viendo a Israel recibir a Su Mesías, Cristo o Ungido, a nuestro Señor Jesucristo; hecho que, a mi modestísimo entender, ungirá a la iglesia del Dios viviente para manifestar la resurrección de los muertos (Romanos 11:15); y, por consiguiente, la transformación de nuestros cuerpos y el rapto de Su bendita iglesia. ¡MARANATHA, IGLESIA!

¡Shalom! ¡Paz!

domingo, 21 de mayo de 2023

NO TEMAMOS A LA MUERTE, LA MUERTE HA SIDO VENCIDA

C

omúnmente, la muerte afecta emocionalmente a toda familia, por causa de un ser amado que fallece; que, si esto fuera algo normal o natural, viviríamos aceptándola como todo lo que nos sucede en la vida y lo atribuimos como natural o normal, que no hay por qué alarmarse o afectarse en demasía; y, más, cuando nos encontramos afectados por enfermedades crónicas; o, eventualmente, sufrimos un accidente repentino. Sin embargo (y esto es la manera en que lo medito), el hecho de que ésta causa un shock emocional en casi todo ser humano, eso demuestra de que –la muerte- no es normal, natural y, por consiguiente, algo que debamos admitir. Nuestro subconsciente, en algún momento fue afectado con la aparición de este dramático hecho; y, desde entonces, cada vez que un pariente nuestro se enferma o muere, esto nos afecta profundamente.


Allá, en el huerto de Edén, en Génesis 3, se nos narra cómo el pecado ingresó a la raza humana a través de nuestros primeros padres: Adán y Eva; y de cómo, por causa del pecado, es que la muerte también entró y afectó la humanidad y toda la creación. Sí, en Génesis 1 se nos narra que Jehová creó todo perfecto, “bueno en gran manera” (Génesis 1:31); por lo que podemos concluir que, en definitiva, el hombre y la creación en general debieron permanecer eternos.

En el capítulo 2 de este libo, el Génesis, Jehová dijo a Adán (el nombre “Adán” significa “Hombre”):

16 Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; 17 mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.

Esa fue la instrucción que Jehová Dios dio al Hombre: “De todo árbol del huerto podrás comer”; y, seguidamente, “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás”; ¿Por qué le dijo esto?; porque, seguidamente, Él le dijo “porque el día que de él [del árbol de la ciencia del bien y del mal] comieres, ¡CIERTAMENTE MORIRÁS!”, y es así como la muerte llegó a ser parte de nuestra realidad; porque, como lo leemos en el capítulo 3 de este libro, ambos llegaron a comer del “árbol de la ciencia del bien y del mal”; y, consecuentemente, al tiempo murieron. Y nosotros hemos heredado este gen corrompido o pervertido; por lo que, llegado el tiempo, nuestros cuerpos envejecen, enferman y morimos; pero, como bien lo dijo el Señor Jesús: “mas al principio no fue así” (Mateo 19:8); cuando, como bien lo hemos leído en Génesis 1:31, todo fue creado “bueno en gran manera”.

Pero, como todo constructor o empresa constructora que, no bien termina su obra, éste está obligado a garantizar su trabajo o construcción mediante una cláusula donde éste, si acaso hubiera falla en la construcción, se obliga a repararla la falla o darle su debido mantenimiento; así, de igual, las Escrituras nos dan cuenta que Jehová Dios, habiendo creado la creación en Cristo; esto es, con el objeto de que todo gire en torno de Su manifestación, para gloria Suya (tanto así que el Hombre fue creado a Su imagen y semejanza), en Cristo Jehová proveyó el rescate de la creación que, en Su previo conocimiento (omnisciencia), Él sabía que pecaría; por lo que, y en el cumplimiento de los tiempos, Jehová envió a Jesús como la manera en que Él reconcilió, vuelta, al Hombre consigo mismo, mediante nuestra justificación (declararnos justos) mediante la fe en la obra de Jesucristo por nosotros. Éste es, en definitiva, el punto clave sobre el cual gira la obra de redención; y que, por lo mismo, es que tanto el Señor como Sus discípulos, y en estos días es predicado el evangelio (buena noticia) de Jesucristo; exhortando, a todo hombre, a creer el evangelio, a arrepentirse de sus pecados y ser bautizado en las aguas en el nombre de Jesús; para el perdón de nuestros pecados y, así, justificados o declarados justos estar en condición para recibir el Espíritu Santo; que, según palabras del apóstol Pablo en Efesios 1:13-14, es la garantía de nuestra herencia de la posesión adquirida (entre estas posesiones ya adquiridas, la Vida Eterna, lo que incluye la sanidad de nuestros cuerpos).

¿Y qué es el Espíritu Santo en un creyente? Sencillamente, Jehová Dios viniendo a morar en uno tan igual como moró en Jesús; y, conforme a la promesa en el evangelio según Juan, capítulos 13 al 16, para guiarnos a toda verdad; y, conforme a las enseñanzas del apóstol Pablo en su epístola a los romanos, capítulo 8, fortalecernos para, en adelante, resistir todo pecado, y guardarnos justos.

El apóstol Pablo hace esta declaración en su epístola a los romanos, capítulo 5, versículos 12, 17 y 19:

12 Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. 13 Pues antes de la ley, había pecado en el mundo;

17 Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.

19 Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos

Finalmente, en 1 Corintios 15, versículos 51, 52, 55, 56 y 57, el apóstol hace esta gloriosa y esperanzadora declaración de Vida Eterna:

51 He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, 52 en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. 

55 ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? 56 ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. 57 Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Y en este mismo capítulo 15, y versículo 26, el apóstol concluye:

26 Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte.

En consecuencia, ¿por qué hemos de tener miedo a la muerte? Cuando ésta toque nuestra puerta, sea por accidente o enfermedad; o porque, por los años, nuestros cuerpos ya no estén aptos para seguir conteniendo el espíritu de vida; en palabras del Señor, dormiremos; para, uno de estos días, no muy lejano ya, ser despertados para vivir por la eternidad al lado de Aquel que dijo:

De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.

(Juan 6:47)

¡Halellu-Yah! ¡Maranatha!